En los últimos meses he tenido la oportunidad de recorrer distintos municipios de Tamaulipas como parte de las comisiones de trabajo.
Algunos viajes han tenido como propósito acercar la colección “25 para el 25” a jóvenes estudiantes; otros, visitar y supervisar bibliotecas municipales, conocer sus condiciones y, sobre todo, escuchar a quienes todos los días acuden a ellas.
Estos recorridos permiten confirmar algo que a veces olvidamos cuando pensamos en nuestro estado desde las ciudades: Tamaulipas también se cuenta desde sus comunidades.
Se cuenta desde una biblioteca municipal donde una persona bibliotecaria conoce por su nombre a quienes llegan cada tarde.
O desde una escuela en la que recibir un libro puede convertirse en la posibilidad de descubrir una historia que hasta entonces parecía lejana.
También desde una plaza, una conversación con un cronista, una antigua fotografía familiar o la memoria de quienes todavía recuerdan cómo era su pueblo varias décadas atrás.
Cada municipio tiene una manera distinta de explicar qué significa ser tamaulipeco.
Recorrer el estado permite descubrir que nuestra identidad no es una sola. Tamaulipas es frontera y es huasteca; es costa, sierra y semidesierto.
Es la dinámica de las grandes ciudades, pero también la vida cotidiana de comunidades pequeñas donde las distancias, los servicios y las oportunidades se viven de otra manera.
Y precisamente ahí adquieren otra dimensión las bibliotecas públicas. Hay necesidades que no pueden ignorarse: espacios que requieren mantenimiento, acervos a renovarse y bibliotecarias y bibliotecarios operando con recursos limitados.
Porque una biblioteca municipal no es solamente un inmueble con libros. Es uno de los espacios públicos donde todavía pueden encontrarse generaciones distintas.
Es el niño que llega buscando información para una tarea, la adolescente que descubre una novela, el adulto que consulta un documento y el adulto mayor que conserva historias que ninguna plataforma digital sustituye.
Por eso llevar libros a las comunidades importa. La colección “25 para el 25”, dirigida a las juventudes, adquiere un significado diferente cuando llegan a manos de estudiantes. Es acercar posibilidades, decirles que la lectura les pertenece y que en ella pueden encontrar preguntas, ideas y otros mundos por descubrir.
Estos recorridos obligan a escuchar. Cada biblioteca y cada comunidad tienen necesidades diferentes. No se pueden imaginar políticas culturales únicamente desde un escritorio ni pensar que una misma respuesta funciona para todos los municipios.
Para entender un territorio hay que caminarlo, conversar con su gente y reconocer tanto sus fortalezas como aquello que todavía hace falta atender.
Se descubre, que recorrer Tamaulipas también es una manera de leerlo. Se lee en sus carreteras, paisajes, edificios, bibliotecas y las historias de quienes habitan cada lugar.
En apreciar las diferencias entre un municipio y otro, pero también esos pequeños hilos que terminan uniéndonos: la memoria familiar, tradiciones, comida, palabras, relatos y ese sentido de pertenencia que aparece cuando alguien comienza a hablar del lugar donde nació.
Quizá por eso las bibliotecas tienen tanto que aportar a la construcción de nuestra memoria colectiva. En ellas no solamente se conservan libros; también se preservan las historias de nuestras comunidades.
Todavía hay mucho Tamaulipas por recorrer, escuchar y leer. Porque la historia de un estado no se escribe únicamente desde sus capitales ni desde los grandes acontecimientos.
También se construye todos los días en sus municipios, en sus ejidos, en sus escuelas y en esas pequeñas bibliotecas donde alguien abre un libro y, sin saberlo, comienza a escribir una nueva historia.

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