Estimado hermano, en este trigésimo domingo del Tiempo ordinario (Ciclo A), la Palabra de Dios nos habla con el Libro del Éxodo (Ex 22,20-26); el Salmo 17 (Tú, Señor, eres mi refugio); la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (1Tes 1,5-10); y el Evangelio de San Mateo (Mt 22,34-40. El tema central: amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, y con todo el ser” significa amar al prójimo con toda mi persona y como a mí mismo.
Deseo compartir esta reflexión en tres pequeños apartados:
El contexto del texto evangélico. El pasaje de este domingo forma parte de un contexto complicado. Es el tercero de cuatro temas de discusión que aparecen seguidos: el tributo al César (pasaje del domingo pasado), la resurrección de los muertos, el mandamiento principal (nuestro texto de hoy), y la filiación davídica de Jesús (texto del próximo domingo).
Ahora son los fariseos los que se acercan a Jesús para preguntarle, no con la intención de aprender, sino de tenderle una trampa. Ellos conocían perfectamente las 613 prescripciones de la Ley (365 prohibiciones y 248 prescripciones). Ellos sabían que no había nada que escapara al yugo de alguna tradición o norma. Es muy importante resaltar que esta lista solo estaba al alcance de los muy iniciados o estudiosos, no para el pueblo pobre y sencillo.
No nos engañemos. La pregunta de los fariseos nos lleva a descubrir la originalidad de la respuesta de Jesús. Los 613 preceptos insistían en tres grandes apartados: el sábado, la pureza ritual, y los diezmos. Así que el amor al prójimo no tenía cabida en esa lista.
La originalidad de Jesús está en que sintetiza y centra la inmensidad de preceptos en un solo punto doble que aparece como núcleo de todos ellos, y que une con idéntica importancia y considera inseparables el amor a Dios y al prójimo.
Con esta síntesis, una vez más, Jesús supera el legalismo. No se trata del primer mandamiento entre otros muchos, como lo planta la pregunta del fariseo, sino del centro y núcleo de todos ellos. Jesús va al centro, pone a la persona humana cara a cara ante Dios y ante el prójimo: amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma, y con todo el ser” significa amar al prójimo con toda mi persona y como a mí mismo.
Amar a Dios y amar al prójimo. La respuesta de Jesús a los fariseos es también para nosotros. ¿Cómo amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, y con todo el ser? Esta importantísima pregunta para todos nosotros los creyentes, se responde entiendo que el amor a Dios nos lleva a amar al prójimo.
Amar al prójimo como a nosotros mismos une radicalmente el amor a Dios y el amor al prójimo y nos ofrece un criterio muy claro de discernimiento: No puedo afirmar que amo a Dios, si no soy capaz de servir y atender al prójimo. El amor a Dios se comprueba y se valida en el amor efectivo a los demás.
En la expresión, amar al prójimo “como a ti mismo” Jesús concreta la medida sin medida del amor. Simplemente, hay que poner todo el empeño en amar. Para ello, es necesario partir del amor propio. Es decir, hay que romper toda forma de egoísmo, hay que pasar a la igualdad efectiva, la que no supone primero yo y los míos, sino la que hace a todos los otros iguales a nosotros mismos.
Estimado hermano, pido a Dios te bendiga y te conceda todos los deseos y anhelos de tu corazón. Bendecido domingo, y por favor, no te olvides rezar por la conversión de un servidor y la de todos los sacerdotes de nuestra iglesia diocesana.
Saludos y bendiciones

Discussion about this post