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Verónica Cándido orgullosa de su origen indígena

Por: Miguel Garay Ávila
agosto 9, 2026
in Opinion
Auge Petrolero del Sur
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Este 9 de agosto se conmemora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, una fecha que desde el púlpito oficial es aprovechado para adornar discursos solemnes y homenajes de papel a la mujer autóctona.

Sin embargo, detrás de la retórica institucional se esconde una farsa aplastante. Mientras en los presídiums se exalta el orgullo originario, en las calles, en las oficinas y en las instituciones públicas, las mujeres indígenas continúan enfrentando a diario violencia física, psicológica, acoso laboral y un racismo estructural que ni el esfuerzo ni el mérito académico han logrado erradicar.

Existe una paradoja dolorosa en nuestra sociedad: la formación universitaria y el talento no siempre es suficiente cuando el origen y el tono de piel determinan opiniones de miradas cortas.

El clasismo y el racismo rancio de la sociedad solo permite el éxito de aquellos que encajan en los estándares de belleza y personalidad, mientras se condiciona el avance de las personas de extracción humilde. Y lo desgarrador es que, con frecuencia, son sectores de la propia clase media los que asumen el papel de verdugos, ejerciendo una crueldad cotidiana para marcar distancias sociales e imponer subordinación.

Prueba viviente de esta dinámica institucionalizada es el reciente y lamentable suceso que involucra a la Licenciada Verónica Cándido Reyes y a la regidora panista Carmen Díaz Barrios.

Frente a la mirada pública, se atestiguó la exhibición y el desdén con el que se trató a una servidora pública preparada, con tres títulos universitarios, cuya respuesta humana y digna fue pedir compostura: resolver cualquier falla en privado y exigir un trato con respeto.

La escena dejó al descubierto una soberbia política que desentona violentamente con la sensibilidad social que debe imperar en la función pública, ignorando la trayectoria de tres décadas de trabajo cercano a la gente que respalda a la afectada.

El caso de la Licenciada Cándido no es un incidente aislado; es el reflejo de una vida entera nadando contracorriente.

Originaria del norte de Veracruz, procedente de una comunidad ubicada distante de todo progreso; y orgullosa hablante de la lengua náhuatl, ha tenido que sobreponerse a las agresiones que la sociedad reserva para quienes se niegan a someterse.

Desde una profesora de preparatoria que la agredió físicamente, hasta universitarios que le aseguraron que las mujeres de campo solo servían para el oficio de la costura, pasando por la injusticia de ser despedida en su primer puesto como fiscal por el simple hecho de ser mujer, un litigio que, por cierto, ganó con la ley en la mano.

Celebrar a los pueblos indígenas un solo día al año mientras el resto del calendario se solapan los atropellos, las mofas a la vestimenta y la discriminación sistemática, es una hipocresía insostenible.

La verdadera inclusión no se mide en discursos solemnes ni en fotografías de protocolo, sino en la capacidad de reconocer el talento sin prejuicios de origen, detener la prepotencia en el servicio público y garantizar la dignidad para todas aquellas mujeres que, con inteligencia y carácter, se abren paso a pesar de las adversidades.

Está de más observar que en este caso, la agresora, profesionista en medicina, actuó sin pudor, ni recato en contra de quien fácilmente le supera en títulos universitarios, en sensibilidad social y en gestión humanitaria.

La humillación hecha por la regidora María del Carmen Díaz Barrios pudiera entenderse, más no justificarse, porque ella también es “originaria” de sangre azul, aunque la alcaldesa jaiba trate de pintarla de guinda.

Definitivamente hay quienes maman la educación y respetan el civismo; otras por el contrario solo maman el presupuesto y viven del cinismo.

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