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Tiendas, Cantinas y Molinos de la Nacozari

Por: Francisco Ramos Aguirre
agosto 9, 2026
in Opinion
Alfabetizadores con Stalin en la Calle Hidalgo (2)
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Los barrios y colonias populares de México tienen sus propias y disímbolas características históricas y sociales. Al recorrer calles y callejones de las ciudades podemos remontarnos al siglo pasado, y transitar por la epidermis del cuerpo urbano y cada uno de los elementos que conforman su identidad. Los barrios son la cuna donde florecen y sobreviven los primeros amigos de la infancia, aquellos amores juveniles, aventuras memorables, sueños mágicos, los ingeniosos apodos, convivencias festivas, recuerdos inolvidables y pequeños placeres festivos propios de la noche.

Para quienes esporádicamente caminan por los rincones de la Colonia Nacozari de la capital tamaulipeca, representa una irrepetible oportunidad para trasladar al presente los mostradores de aquellas tiendas, changarros, tendajos y abarrotes indispensables para la subsistencia familiar. O bien es posible percibir a lo lejos el inconfundible olor de los chicharrones recién salidos del cazo; así como recordar la esponjada masa del molino de nixtamal; el aserrín y el sabor de las botanas cantineras.

Los residentes de antaño saben que aún existe mucha vida en las calles; además de numerosos vestigios para entender la realidad que envuelve a esta comunidad victorense, cercana a la Sierra Madre Oriental. Con deseos de revivir aquellas noches de entretenimiento cuando cerraban las calles para presenciar funciones de cine ambulante y participar de rifas de vasos y refrescos.

Sigo siendo El Rey

 


En una esquina al poniente de la calle Guerrero y 27 subsiste la tienda El Rey, un almacén de abarrotes fundado en 1945 por el señor Rey David Mandujano quien llegó a la Colonia Nacozari en los años cuarenta de siglo pasado, procedente de Tula, Tamaulipas. Al principio instaló una panadería, pero andando el tiempo prefirió dedicarse exclusivamente a la venta de abarrotes y otros productos. Por ejemplo, quesos, huaraches, calzado, ropa, piloncillo, maíz, frijol, dulces, refrescos, carne oreada, petróleo, café, harina, sal, mezcal, galletas, aguardiente y cerveza.

Su hijo David Mandujano González, heredero del negocio recuerda emocionado “… durante mi niñez, la población llegaba a media cuadra de donde ahora estamos. Había bastantes trabajadores henequeneros y ferrocarrileros. A la vuelta estaba la tienda El Solito y lo demás eran puros henequenales, pertenecientes al Rancho La Garra, administrada por varios socios entre ellos los Sepúlveda. Había una desfibradora y desde las cuatro de la mañana iniciaba el movimiento, porque llegaban los trabajadores a surtirse. Les fiábamos y cada fin de semana nos pagaban puntualmente…todo era a la palabra. Había muy buenas ventas.”

Los Mandujano lograron fama de comerciantes y muy pronto lograron un pequeño capital económico, suficiente para mantener a sus familias y abrir otras tiendas propiedad de sus hermanos. A Manuel lo ayudó a instalar El Solito; lo mismo sucedió con su hermano Ángel Mandujano con La Sorpresa en el 28 Morelos; mientras a Juan lo apoyó para que reabriera la cantina Los Dos Amigos en el 30 Morelos. De todos estos establecimientos, únicamente permanece El Rey, el resto cerraron sus puertas.

Llegó el lechero y Tienda de Don Agapito

Ahí mismo operaba un expendio de leche recién ordeñada, conocida como “bronca”. Para su compra en litros, medios litros y cuartos los clientes preferentemente mujeres, acudían a la tienda con jarros de barro, ollas de peltre, botellas de vidrio y otros recipientes adecuados. El proveedor del producto lácteo no pasteurizado, era don Víctor Valdés quien llegaba muy temprano en una carreta tirada por un caballo, donde cargaba varias garrafas metálicas.

El notable incremento poblacional del sector poniente de la ciudad, derivó en la apertura de más tiendas a partir de la década de los cincuenta del siglo pasado. Entre ellas la de don Agapito García –una de las primeras en 26 Bravo y después en 29 Privada-; Tiburcio Hernández -28 Morelos-; Pancho Guzmán -27 Abasolo- y un señor de apellido Cano -26 Allende y Abasolo-; don Romualdo Vázquez y Emilio Vázquez “Los Vázquez” del 28 Hidalgo quienes distribuían en Ciudad Victoria, quesos de vaca elaborados en Tamuín, Veracruz que llegaban en hieleras por ferrocarril. Don Agapito tenía un hermano apodado El Güero, propietario de una tienda en “El Mercadito” de la Plaza Primero de Mayo.

Los propietarios de las tiendas surtían su mercancía en los almacenes de la célebre Distribuidora de Víveres, lo mismo hacían comerciantes de los ejidos La Libertad, La Misión y La Presita. Algunos productos se envolvían en papel estraza y cada cliente tenía un morralito o bolsa de ixtle.

En las cantinas dejé mis primaveras

Las primeras cantinas que existieron en la Colonia Nacozari eran Los Dos Amigos; otra era propiedad de Agustín Torres -27 Morelos- y El Acapulco del 26 Juárez donde sirven espléndidas botanas. Anteriormente funcionó en ese sitio, una tienda de abarrotes propiedad don Julián Reyes Guerrero. Este mismo personaje era dueño de un molino de nixtamal y una tortillería en el 28 Hidalgo. En el 27 Morelos o Lauro Rendón se encuentra el Bar La Bomba, con experiencia en micheladas y clamatos.

¿Don Trinidad ya está el pan?

Todos los días muy temprano, don Trini Sánchez preparaba pan en un modesto horno de ladrillo. Cómo en el corrido de Domingo Arenas del poeta Miguel M. Lira cada mañana hacía “…pan de dulce, pan de sal, rosquitas para los niños que lo miran hacer pan.” Su negocio del 27 Hidalgo y Morelos, permaneció por muchos años atendido por sus hijos. Todos los días, los residentes de la Nacozari acudían puntualmente a comprar el delicioso pan para el desayuno y merienda.

Nunca fallaron las charolas y canastos con una rica variedad de pan francés, conchas, chilindrinas, hojaldrados, ojos de buey, donas azucaradas, polvorones y otros manjares. Al fallecer su original propietario, sus hijos continuaron la tradición panadera y con el tiempo cambiaron el negocio al poniente de la calle Berriozábal, donde aún atienden con esmero a la clientela.

El Molino de don Maurilio

Uno de los primeros molinos de nixtamal de la Nacozari se llamaba El Vencedor, y su origen se remonta a 1943. Estaba en el 27 Hidalgo y Morelos, y pertenecía a José Soledad Hernández Aguirre. El equipo fue fabricado como edición única en la fábrica Siller de Saltillo, Coahuila. Existía otro en el 27 Juárez de don Julián Reyes; uno más en el 17 Matamoros y Morelos y otro cerca del Cementerio del Cero Morelos.

El molino fue heredado por don Maurilio Hernández Álvarez, quien acaba de cumplir 103 años de edad; es originario de Ciudad Victoria y fundador de la Colonia Nacozari. En aquellos tiempos, recuerda su hija Leticia Hernández Walle que las calles eran empedradas y en época de lluvias corría el agua por un arroyo de las calles 29 y 30. Desde las primeras horas de la madrugada, las amas de casa hacían largas filas para moler el nixtamal. Preparaban masa principalmente de maíz blanco, porque a las familias no les agradaba la masa de maíz amarillo.

La masa para tamales era de textura quebrada y para tortillas el molido era normal. En molino cerró sus puertas alrededor de 2010 porque dejó de ser negocio y no poder competir con las tortillerías que saturaron el mercado. Don Maurilio contrajo matrimonio con Jovita Walle García, proveniente del Cuarto Distrito con quien procreó cuatro hijos Leticia, Mario Alberto, Nora Elba y Lina Edith. Era aficionado al deporte y patrocinó al equipo de fútbol Los Bravos del 26 y jugaban en un campo llanero de media manzana, donde actualmente está el Jardín de Niños Herlinda Lavín Gómez. (Entrevista a David Mandujano González y Leticia Hernández Walle).

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