
Históricamente, Tamatán es el sitio donde los colonizadores dieron los primeros pasos de la fundación de la Villa de Santa María de Aguayo en 1750. Desde entonces se han escrito numerosas crónicas, noticias y testimonios relacionadas con sucesos relacionados con este emblemático sitio. Este territorio de una próspera hacienda que fue propiedad del hijo del presidente General Manuel González, ha sido escenario no sólo de acontecimientos militares, políticos y sociales, sino también de la explotación agropecuaria en el municipio de Victoria.
Por tal motivo, se le asignó el nombre de San Isidro -patrono de los agricultores- a uno de los predios de este sector, propiedad del señor Guadalupe Treto ¿García? (1810-1896). Es decir, lo que ahora se conoce como Las Vegas de Treto, bañadas en otro tiempo de manera permanente por las cristalinas aguas del Río San Marcos, surgidas de las pozas La Peñita y Guerrero que nacen en la Sierra Madre Oriental.
Aquí existían huertas de árboles frutales y se realizaron los primeros cultivos experimentales de algodón, tabaco y henequén. Lo mismo por sus características campestres naturales, sus propietarios le dieron uso relacionado como parque recreativo y esparcimiento, a donde acudía a divertirse la clase alta de la capital tamaulipeca desde antes del porfiriato. En Tamatán se realizó una ceremonia solemne, durante el traslado de los restos del emperador Agustín de Iturbide a la Ciudad de México. A principios del siglo XX operó la primera escuela de agricultura en el noreste mexicano, que posteriormente se transformó en Escuela Central Agrícola Campesina y Normal Rural.
Esta ocasión ofrecemos la primera de una serie de crónicas, escritas por algunos visitantes locales, militares y viajeros quienes las dejaron plasmadas principalmente de periódicos, documentos oficiales, cartas y libros. En la que hoy publicamos, fechada en junio de 1868, destacan los momentos que vivieron algunos victorenses, luego de la Guerra de Intervención Francesa.
Sobre la “función” como antes le llamaban a cierto tipo de fiestas o reuniones sociales, el cronista hace un recuento de diferentes aspectos de la vida cotidiana, usos, costumbres y formas de divertimiento y convivencia entre amigos. Por ejemplo, los medios de transporte a través de coches y calesas que sorteaban los caminos pedregosos. Lo mismo sobre la música particularmente de la presencia de los géneros musicales que se tocaban en aquella época y de los instrumentos que utilizaban los filarmónicos para ejecutarlos.
Convivir en el pintoresco Tamatán que se denominaba también San Isidro, Aranjuez o La Roca y equivalía permanecer en el mismo paraíso terrenal. O cómo el cronista anónimo menciona en uno de sus párrafos que publicó el 11 de junio de 1868 en el periódico La Independencia -Periódico Oficial del Estado Libre y Soberano de Tamaulipas-, sobre este lugar bien acompañado “…con una Eva, me quedaría aquí para
siempre.” ¿Quién pudo ser el cronista de la nota, con dotes intelectuales o literarios? Probablemente se trata de Darío Balandrano o Alberto Villasana Ortiz de origen tulteco.
Función de San Isidro
Querido amigo: Me encargaste decir algo sobre la función de San Isidro que se celebró en Tamatán, o más bien en Aranjuez el domingo, 14, y martes últimos, en razón de que no habiendo tú concurrido no podrías dar noticia de lo que en ella pasó y te piden de alguna parte. Para obsequiar tus deseos, renuncio a mi habitual poltronería y te espeto la narración siguiente que publicarás o no según te acomode; advirtiéndote que como no estuve allá más que el domingo, solo de lo que vi en ese día puedo hablarte
Has de saber que como no tengo carruaje ni caballo, no esperaba ir a la concurrida fiesta, porque nunca aprobaré que los que carecemos de ciertos muebles nos hurtamos de los que los tienen, cuando a ellos les ha costado algún sacrificio adquirirlos y causando tanto disgusto prestar lo que uno tiene para su servicio; pero afortunadamente fui invitado, me dieron un asiento en un carruaje y me puse en camino para San Isidro.
La calzada que conduce a aquel punto estaba pintoresca y era gusto ver la variedad de los trajes y la viveza de sus colores que ponía en relieve la multitud en sus movimientos de locomoción. Aquella gente andando a pie, a caballo, en carros, y en coches y calesas de diversas hechuras y distinta categoría de lujo, se chocaba, se empujaba, se cruzaba, se abría paso para ir a disfrutar de los goces de la función preparada.
Llegado allá penetré por entre la multitud compacta, jadeante y bulliciosa que se dirigía a las cantinas para refrescar, a las fondas para restaurarse, a la huerta para tomar sombra, a la acequia o al rio para bañarse y a todas partes para divertirse.
Desde luego me llamó la atención el orden que reinaba donde quien parte del Batallón que se halla en esta Ciudad, se encontraba en la plaza que los soldados disfrutaren del alegre festín, aunque otros era el fin para tranquilizar al sexo encantador que temía los desórdenes de la embriaguez…
La casa del Sr. Treto estaba enchida de lindas jóvenes que allí tomaban refrescos; la música distraía el oído con sus metálicos y vibrantes melodías, los aficionados a la lid de gallos disputábanse allá a la sombra de los naranjos la providencia de sus campeones y los jóvenes susurraban como abejas en derredor de esas seductoras flores que hechizan nuestra vida. Un amigo me decía al ver sitio tan delicioso y pintoresco: con una Eva me quedaría aquí para siempre.
Por la tarde, una vistosa danza con trajes extraños que me recordó la gravedad de nuestros primitivos monarcas, la traidora conducta de la célebre Doña Marina, el despotismo aristocrático de los conquistadores y la educación que nos dieron los hijos de Pelayo, distinguieron grandemente al pueblo, ávido de ese espectáculo que siempre ve y del que jamás se sacia. Después de la danza, unas lindas niñas, botones helios que prometen ser exquisitas flores, bailaron al son del arpa y del violín, polkas, danzas, walses y demás sones de estrado.
Por la noche, las rosas mecidas por el viento que hacía un loar en su seno, se movían fragantes y delicadas, a los sonidos armoniosos de la música y despedían dulces sonrisas, a su derredor embriagado a los dichosos mortales que asidos de su talle de su talle giraban
en mil vueltas voluptuosas. En suma, el baile estuvo animadísimo, las loterías conaturbidas, el baile popular estrépito y por todas partes:imbia, bullicio y vida. A pesar de esto, y como ya sabes que lloro pesares de ausencia, no pude vencer mi melancolía y me retiré de aquel edén cuando la hermosa Feben mostraba su pálida faz; ¡Ay! también lloré porque llorar es un arte. Me vine en la ciudad no sin dejar un suspiro y una mirada para aquellas preciosas mujeres que me distinguieron con una bondadosa sonrisa.

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