Ciudad Victoria no está mal por accidente, está así porque durante años, ya varias décadas, la han administrado como si fuera botín, trámite o escalón político.
La capital de Tamaulipas carga con agua insuficiente, calles destrozadas, servicios públicos cuestionados y una sensación de deterioro que ya no se puede maquillar con boletines.
Victoria no necesita que le expliquen todos los días que ahora sí viene la transformación. Necesita que se note, y no se nota, pese a que desde hace 5 años lo están presumiendo.
La administración municipal encabezada por Eduardo “Lalito” Gattás llegó con discurso de cambio, pero la ciudad sigue atrapada en los problemas de siempre.
La diferencia es que ahora el desgaste ya no se puede esconder detrás del pasado, después de años en el poder, gobernar también significa asumir culpas, no sólo repartir excusas.
Victoria es capital del estado, pero parece municipio olvidado, aún cuándo el propio gobernador y la mayoría de sus funcionarios, son originarios de esta ciudad.
Tiene Palacio de Gobierno, Congreso, dependencias, oficinas, eventos oficiales y fotografías de funcionarios, pero en las colonias la conversación es otra: falta agua, sobran baches, los servicios fallan y la gente siente que paga impuestos para recibir promesas recicladas.
El problema ya no es sólo administrativo, el problema ya también es político.
Porque mientras la ciudad se deteriora, crece una conversación incómoda para la 4T sobre el supuesto enriquecimiento de algunos funcionarios municipales de la actual administración.
Se comenta en cafés, oficinas, colonias y pasillos políticos, pero no puede tratarse como sentencia sin pruebas, y tampoco debe desecharse como simple rumor cuando la confianza pública está lastimada.
Si no hay nada que esconder, que se transparente, que se revisen declaraciones patrimoniales, que se expliquen bienes, negocios, estilos de vida y posibles conflictos de interés, que se aclare quién llegó con qué y quién se va con qué. Porque en una ciudad con calles rotas y servicios deficientes, cualquier señal de prosperidad inexplicable desde el poder se vuelve una burla pública.
No es envidia social, es simplemente rendición de cuentas.
El ciudadano tiene derecho a preguntar por qué algunos servidores públicos parecen vivir mejor mientras en la ciudad vive peor, tiene derecho a exigir explicaciones, tiene derecho a sospechar cuando el gobierno no responde con claridad.
Y si a esa percepción se le suman las observaciones por más de 515 millones de pesos a la Cuenta Pública 2024 del Ayuntamiento de Victoria, el problema deja de ser sólo un chisme de pasillo y se convierte en asunto público.
“Lalito” Gattás ha minimizado esas observaciones al señalar que son administrativas, de forma o de documentación, y puede decirlo, pero para eso existe
el proceso de solventación. Políticamente el golpe ya está dado, una capital con tantas carencias no puede darse el lujo de tener cuentas bajo sospecha, menos cuando sus calles parecen auditorías abiertas.
Cada bache, cada fuga, cada colonia sin presión de agua, cada esquina con montones de basura, cada servicio deficiente, cada obra inconclusa y cada respuesta evasiva se convierten en evidencia de una ciudad mal atendida.
La administración municipal tiene una obligación básica: demostrar que el dinero público se usó bien, que los funcionarios no se beneficiaron indebidamente y que la ciudad recibió algo más que fotografías, eventos y promesas.
Si hay irregularidades, que se sancionen, si no las hay, que se aclare con documentos, no sólo con la soberbia y la prepotencia que caracterizan a los actuales responsables de la administración pública.
Victoria está cansada de esperar, cansada de que le pidan paciencia, de que le digan que el problema viene de antes, de que sus necesidades se usen en campaña y se olviden en el presupuesto, de ver cómo la capital del estado se administra como si fuera municipio de segunda o tercera.
Ahí está el punto más delicado para Gattás, incluso para los perfiles que pretende imponer para sucederlo: el desgaste ya no viene sólo de la oposición, viene de la calle, viene de colonias que no ven mejora y viene de ciudadanos que ya no compran explicaciones cantinflescas.
Una administración puede sobrevivir a la crítica, pero a lo que no puede sobrevivir eternamente, es a la comparación entre lo que prometió y no que entregó

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