Antes de empezar a hablar del tema de hoy, debo decir que profeso la religión católica y salvo causa de fuerza mayor acudo los domingos al templo más cercano a participar en la misa.
El último año, la mayor parte de los domingos me acompañan dos buenos amigos, los tres somos adultos mayores, de edades escalonadas por poco más de una década.
En la misa del 26 de julio del 2026 hubo un tema final, que incorporó el sacerdote que ofició la ceremonia religiosa en la Catedral del Sagrado Corazón de Jesús, frente a la Plaza Juárez de Ciudad Victoria.
Una petición por las abuelas y abuelos en ocasión la VI Jornada Mundial de Los Abuelos y de las Personas Mayores (Fiesta de los Santos Joaquín y Ana, 26 de julio de 2026).
La reflexión es en dos sentidos.
Primero dirigida a los adultos mayores para que en esta etapa de la vida se acerquen más a Dios a vivir con mayor fuerza la espiritualidad porque dará fortaleza para aceptar la llegada gradual de la fragilidad y vulnerabilidad.
Y segundo, a las familias cristianas, para que estemos muy cercanos de los abuelos y adultos mayores de nuestras familias y entornos, para ser el apoyo de quienes requieren vivir esta etapa de manera digna. Que siempre haya alivio para el dolor físico o emocional, así como en los casos de merma mental.
Un asunto en el que la Iglesia en general y la católica en particular, siempre ha tratado para que como comunidad cristiana veamos por nuestros abuelos, padres y hermanos en todas las etapas de la vida, pero especialmente en la vejez.
Vale recordar que, en Tamaulipas, de acuerdo al censo de población y vivienda de INEGI del 2020, de los 3 millones 527 mil 735 habitantes, un 8.2 por ciento, eran mayores de 65 años.
Mientras que rebasaban los 60 años 426 mil 227 personas, un poco más mujeres que hombres.
Y al tener una esperanza de vida de los mexicanos de 79 años para las mujeres y 73 para los varones (según indicadores de la Organización Mundial de la Salud), esas cifras podrían ampliarse, además de que las nuevas generaciones son menos prolíficas.
Sin duda, un gran reto para las instituciones de salud públicas y privadas, la atención a los problemas de salud y bienestar de esta población adulta mayor que enfrenta padecimientos crónico-degenerativos, que requieren prevención, tratamiento y cuidados especiales.
Pero de la misma forma para las familias, comunidades y sociedad en general, que deberán rescatar, fomentar y acentuar las acciones de solidaridad, empatía, corresponsabilidad y responsabilidad con los ancianos, adultos mayores o abuelos, de manera general, como prójimo, como hermanos y personas en situación de fragilidad.
Una reflexión importante en este nuevo mundo más individualista y poco empático con el otro, en especial con el ajeno a los lazos familiares.
En virtud de ello, reproduciré el mensaje íntegro de la VI Jornada Mundial de Los Abuelos y las Personas Adultas Mayores que dio el Papa León XIV recientemente en El Vaticano.
Lo pongo a su consideración, por ser valioso en la búsqueda de sensibilizar a la comunidad mundial sobre la atención a este importante y valioso segmento de la población. Y también para que quienes estemos en esa etapa de la vida, estemos más cera de Dios y de su Casa para afrontarla de mejor manera.
MENSAJE DEL SANTO PADRE LEÓN XIV
Yo no te olvidaré (Is 49,15)
Queridos hermanos y hermanas:
Por boca del profeta Isaías el Señor promete que no se olvidará nunca de ninguno de nosotros. Nos asegura que nuestros rostros los lleva tatuados en las palmas de sus manos (cf. Is 49,16) y que su amor es más grande que el de una madre por su hijo (cf. Is 49,15). El profeta nos permite entrever un diálogo íntimo y personal en el que Dios se dirige a cada uno y al pueblo tratándole de “tú”. También hoy podemos leer estas palabras dirigidas a nosotros y cada uno puede escuchar ese “nunca te olvidaré” como referido a sí mismo.
Son palabras que nos llenan de consuelo y de confianza. Son la respuesta a un angustioso sentimiento que agita el corazón: «Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado» (Is 49,14). ¡Cuántas veces en la Sagrada Escritura, en particular en los salmos, la oración nace de la desorientación de quien tiene la impresión de que la propia vida no le interesa a nadie y se desprecia a uno mismo! La dolorosa sensación de ser olvidados, desafortunadamente, es común en muchas personas, especialmente entre los mayores.
Sin embargo, el amor de Dios, que no olvida a ninguno, se presenta como acto de justicia y respuesta al anonimato, en el cual muy frecuentemente la vida humana acaba por perderse. En particular, sobre la vida de muchos mayores parece haberse extendido un velo que difumina los rasgos de los rostros y los cubre con el olvido. Es lo que sucede en las casas donde reina la soledad y también en aquellos lugares de hospitalización donde la singularidad de cada persona corre el riesgo de ser reducida al número de su cama o a su patología.
La celebración de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una oportunidad para redescubrir que la Iglesia está llamada a ser madre de todos y que en cualquier edad es posible descubrirse siempre como hijos e hijas de Dios. Que esta Jornada sea, por lo tanto, un estímulo para todos, en particular para los más jóvenes, y así retomar la bella costumbre de visitar a los propios abuelos, los mayores de la familia y también a aquellos que no reciben ninguna visita. Llévenles, junto con este mensaje y su presencia, la cercanía y el afecto del Papa. Háganlo de tal modo que las palabras del profeta “Yo nunca te olvidaré” adquieran la forma de un tierno y afectuoso encuentro. «En una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad» (Carta enc. Magnifica humanitas, 239).
La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso; es sabedora de que una economía concentrada sobre el beneficio debilita las relaciones familiares; sabe que muchos ancianos son abandonados por los hijos que se ven obligados a migrar o, en algunos casos, a combatir en la guerra. Por cada uno de estos motivos, se alegra de anunciar la promesa del Señor: “Yo nunca te olvidaré”.
Es agradable descubrir a cualquier edad, pero especialmente cuando no se es ya joven, como dijo el beato Juan Pablo I, que somos destinatarios «de parte de Dios de un amor atemporal. Sabemos: tiene siempre abiertos los ojos sobre nosotros, incluso cuando parece que sea de noche. Es padre; más aún, es madre» (Ángelus, 10 septiembre 1978). Aunque no sea espontáneo pensar así, la verdad es que ni siquiera cuando somo mayores dejamos de ser hijos e hijas, y por eso sigue siendo válida cada día la invitación a volver a los brazos de Dios, cuyo amor es paternal y maternal a la vez.
El descubrimiento de la ternura de Dios, para muchos, sucede en el transcurso de la existencia, muchas veces propiamente en el último tramo de la vida. De hecho, cada vez más frecuentemente, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, es posible hacerse mayores sin haber tenido una experiencia real de fe. La edad avanzada, en este caso, a partir de las preguntas que nos hacemos con más urgencia en esta etapa de la vida, puede convertirse en el tiempo oportuno para iniciar o retomar una vida espiritual. En este nuevo camino se puede reconocer que Dios, como dice san Agustín, «es madre porque calienta, porque nutre, porque amamanta, porque custodia» (Comentario al Salmo 26, II, 18). Es una conciencia que ayuda a no sentir vergüenza por la fragilidad que aparece y también a comprender que todos, siempre, tenemos necesidad los unos de los otros y requerimos atención y cuidados. A Dios, que se hace prójimo y al que aprendemos a reconocer en su ternura, podemos dirigirnos ahora con filial confianza en la oración. Nunca es demasiado tarde para comenzar a dirigirse a Él. Puede ser un gran don para todos.
Queridos mayores, el Papa Francisco hablaba de ustedes como de un “nuevo pueblo” (Catequesis, 23 febrero 2022), en tanto que el número de personas avanzadas en edad nunca había sido así de elevado en la historia humana. Es cuanto más importante, pues, con ustedes, “nuevo pueblo”, reflexionar sobre cuál puede ser nuestra vocación cuando la fragilidad, que acompaña al hombre desde su nacimiento, parece tomar el control. Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad! Propiamente esta debilidad lleva consigo una nueva potencialidad que ilumina también las demás edades de la vida. De hecho, cuando es aceptada y reconocida, la fragilidad «abre el corazón a la ayuda mutua y a la invocación de Aquel que puede dar lo que ningún poder humano es capaz de garantizar: la reconciliación profunda de los corazones y con ello la paz verdadera» (Encuentro con la comunidad argelina, Basílica de Nuestra Señora de África, Argel, 13 abril 2026).
De esta forma podemos vivir como cristianos el tiempo de la ancianidad: “frágiles”, pero al mismo tiempo “llamados”. Un hombre y una mujer pueden renacer cuando son mayores (cf. Jn 3,4-6) y exclamar con el profeta: «Su salvación está en convertirse y en tener calma, su fuerza está en confiar y estar tranquilos» (Is 30,15). Una fuerza que puede convertirse en una invitación a no recurrir a los caminos de la arrogancia y del poder para garantizar la convivencia humana, sino a los caminos de la reconciliación y de la paz verdadera. En este tiempo, marcado de una manera tan fuerte por la violencia bélica y social, muchos se interrogan acerca de cómo será el mundo en el cual crecerán los propios nietos. Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero.
Hermanas y hermanos mayores: les agradezco porque me sostienen cada día con sus oraciones, especialmente cuando recitan el santo rosario. Se lo agradezco de corazón y les dejo este deseo: que el Señor les renueve siempre en la fe, en la esperanza y en la caridad, ¡Él, que nunca se olvida de nosotros!
Gracias, si es que llegaste al final del texto.
Necesitamos una comunidad mundial más consciente y corresponsable de la vida digna de los más vulnerables y olvidados en esta etapa de mayor fragilidad por la disminución de sus capacidades físicas o mentales y quebrando de la salud y bienestar en general.
Se parte de ese equipo solidario y empático con esta noble casa.
Un abrazo y bendiciones.

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