Hace 50 años operaban en nuestra ciudad tres canales de TV. A diario pasaban juegos de beisbol de Ligas Mayores, box, fútbol y toros los domingos. En el centro del país dominaba el fútbol, era el deporte fan.
Azcárraga midió esta oportunidad y desplazó de la programación al beisbol, el box y los toros e intensificó su apoyo económico al fútbol haciendo de este deporte el sustituto del milenario circo romano.
Tan poderoso es el negocio alrededor del balón, que la FIFA otorgó a México en tres ocasiones ser sede de una justa mundial.
Los fanáticos en el Mundial de 1970 en cuanto la selección que nos representa quedó fuera de la competencia adoraron a Brasil, lidereado este equipo por el gran Pelé. La respuesta emotiva de los fanáticos agradó a muchos equipos extranjeros, al igual que sucedió en esta justa que está por concluir.
Huérfanos de triunfo, los fanáticos se arrodillan y adoran a equipos extranjeros; sacan su frustración convirtiéndola en enorme y descontrolada fiesta sin percatarse del gran negocio que se realiza a costa de la asistencia con costos exorbitantes, sumas que dudarían pagar en una cuenta médica.
Los cronistas y analistas impulsan el embelesamiento emocional a pesar de su postura errática.
Por ejemplo, cuando Bellingham anotó dos goles para vencer a México, se volcaron en críticas a Gallardo, Romo y Jorge Sánchez, sin embargo, cuando anotó otro par de goles a Noruega hablaron del enorme jugador que es Bellingham, cuya capacidad le permitió superar a la defensa; no criticaron a la defensa noruega, alabaron el talento y la capacidad del jugador inglés.
Esa entrega emocional es la razón en la que Azcárraga basó su poder y dominio sobre el fútbol en México.
Claro que los fanáticos se merecen gozar de esta fiesta pues están dispuestos a pagar por ella y la federación Mexicana de Fútbol, las cadenas televisoras y FIFA lo saben.
Prueba es que el estadio azteca es el único estadio sede de tres justas mundiales de fútbol.

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