LO CLARO. Radio UAT se ha convertido en uno de los principales vehículos de divulgación científica de Iberoamérica.
Por quinto año consecutivo, la emisora de la Universidad Autónoma de Tamaulipas recibirá un reconocimiento internacional de la Asociación de las Televisiones Educativas y Culturales Iberoamericanas (ATEI), distinción reservada a las instituciones con mayor aporte de contenidos científicos y culturales difundidos a gran escala en medios y plataformas digitales.
Este nuevo reconocimiento confirma la calidad de sus producciones, fortalece la proyección internacional de la UAT y consolida el liderazgo impulsado por el rector Dámaso Anaya Alvarado en la democratización del conocimiento más allá de las fronteras nacionales.
LO OSCURO. México llegó al Mundial de 2026 acompañado por una colección de advertencias. Durante meses, analistas y especialistas construyeron escenarios donde la inseguridad, las protestas, la infraestructura, la movilidad y la capacidad institucional aparecían como factores capaces de comprometer el éxito del torneo.
El diagnóstico partía de una premisa sencilla. Colocar a México bajo el reflector más intenso del planeta equivalía a exponer cada una de sus debilidades ante una audiencia global.
El 11 de junio comenzó la Copa del Mundo y los hechos empezaron a describir una historia distinta.
México inauguró el torneo con una victoria de 2-0 sobre Sudáfrica. Días después derrotó 1-0 a Corea del Sur. Los estadios registraron altas asistencias.
Los aeropuertos operaron con normalidad. Los hoteles elevaron sus niveles de ocupación. Los comercios vinculados al turismo comenzaron a registrar una derrama económica superior a los pronósticos más conservadores. Las imágenes transmitidas desde Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey proyectaron un país dinámico, funcional y plenamente integrado a uno de los eventos más complejos del mundo.
La distancia entre los pronósticos y los resultados generan una reflexión más profunda.
México suele ser analizado desde sus problemas y juzgado desde sus excepciones. La inseguridad ocupa titulares internacionales con una frecuencia comprensible. Los desafíos estructurales generan preocupación legítima.
Las estadísticas relacionadas con violencia, extorsión o desapariciones alimentan debates necesarios. Sin embargo, existe una diferencia considerable entre reconocer los problemas de un país y reducir toda su realidad a ellos.
Eso es precisamente lo que ha ocurrido durante años.
La conversación internacional sobre México terminó atrapada en una simplificación cómoda. Un país de más de 134 millones de habitantes, con una economía cercana a los 1.8 billones de dólares, con una de las plataformas manufactureras más importantes del continente y con una posición estratégica para América del Norte se resumía solamente a inseguridad.
Esa reducción ha sido particularmente útil para ciertos actores políticos.
Donald Trump construyó buena parte de su narrativa sobre México a partir de esa visión. Lo hizo durante sus campañas presidenciales. También a su llegada a la Casa Blanca.
Lo acaba de enfatizar durante las reuniones del G7. En cada escenario repite esencialmente el mismo argumento. Un país desbordado por los cárteles, limitado para ejercer control sobre amplias regiones de su territorio y dependiente de la capacidad estadounidense para enfrentar amenazas comunes.
La insistencia revela más sobre las prioridades de Washington que sobre la realidad mexicana.
México aparece constantemente en los discursos estadounidenses porque ocupa una posición central en la economía, la migración, la seguridad fronteriza, la manufactura, la energía y el comercio continental. Ningún presidente norteamericano dedica tiempo político a países irrelevantes. Las preocupaciones de las grandes potencias suelen concentrarse en los actores que influyen directamente sobre sus intereses.
Pero esa narrativa enfrenta hoy una dificultad inesperada.
Millones de personas de todo el planeta observan a México sin intermediarios.
Durante semanas, visitantes provenientes de distintas partes del mundo recorren sus calles, consumen en sus comercios y participan en su vida cotidiana. La experiencia directa comienza a competir con los relatos construidos desde una oposición mal encaminada. La percepción empieza a confrontarse con la evidencia.
Las ciudades sede muestran capacidad organizativa. La actividad económica se multiplica. Los visitantes regresan a sus países con impresiones propias. La conversación internacional empieza a incorporar elementos que durante años permanecieron fuera del encuadre.
Ahí se encuentra la principal enseñanza de este Mundial.
Los riesgos existen; los desafíos continúan existiendo; las advertencias sí tienen fundamento.
Pero el país que hoy observa el mundo resulta bastante más sólido, más moderno y más funcional que el descrito por muchos de sus críticos.
La Copa del Mundo terminará dentro de unas semanas. Los estadios recuperarán su rutina. Las selecciones volverán a casa.
Lo que permanecerá será una pregunta incómoda para quienes durante años apostaron a la narrativa del fracaso.
Si México era exactamente el país que describían ¿cómo explicar el éxito de un Mundial que según tantos pronósticos estaba destinado a exhibir sus debilidades?
La respuesta es más simple de lo que parece.
Durante demasiado tiempo algunos observadores confundieron los problemas de México con la totalidad de México.
Y los mexicanos somos mucho más, que nuestros problemas. Más que ni los opositores a México. Más que Trump.
COLOFÓN: México, su permanencia; más allá de sabernos descendientes de aztecas, españoles, panistas, priistas, morenistas o cualesquier simbolismo que nos pretendan identificar… somos una gran nación. ¡Que vengan más mundiales!
P.D. Tan violentos y ya contamos tres Copas futbolistas como sede. Por encima de cualquier nación del planeta.
@deandaalejandro

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