La idea que generalmente se tiene de la frontera norte mexicana en el resto del país es la de una zona altamente peligrosa, convulsa y agringada. Quienes vivimos en ella o cerca de ella sabemos que no hay nada más alejado de ese mito, estigmatizada por las películas y el centralismo chilango.
El académico Jorge Bustamente, estudioso de la frontera, señala en forma muy acertada que, si pudiéramos comparar el mapa de México con una carpa de circo, la parte más baja, la que está a ras de suelo, sería la frontera, de tal forma que esa sería la parte de mayor arraigo a la identidad, la más cercana a la tierra, a lo propio, a lo nuestro.
Quienes estamos familiarizados con el paisaje fronterizo lo entendemos muy bien; las ciudades cerca del Bravo, al menos en Tamaulipas, tienen una gran variedad de patrimonio edificado, tangible e intangible que puede rivalizar con el de cualquier otro pueblo mexicano, en fiestas religiosas, comida, memoria, etcétera, y es frecuente que muchas personas minimicen la riqueza histórica y cultural de la frontera por desconocimiento o prejuicio.
Y esto viene a cuento porque hace algunas semanas realicé, junto con mis alumnos de la licenciatura en Historia y Gestión del Patrimonio Cultural, una ruta cultural para visitar los museos de la frontera: cinco museos de Matamoros y el de Reynosa. Las frases más frecuentes por parte de quienes se enteraron del viaje fueron: “¿A poco Matamoros tiene tantos museos?”, “¿En Reynosa hay museos?”, lo cual evidencia el desconocimiento generalizado de los valores patrimoniales de los que cuentan estas ciudades.
Aunque salimos muy temprano de Ciudad Victoria, el cambio de horario hizo que llegáramos a las 11:00 de la mañana al Museo del Agrarismo en Matamoros, el primero del recorrido; ahí ya nos esperaba Martín Rodríguez Arellano, cronista de la ciudad, encargado del archivo histórico y además mi alumno; quien fue el guía en los museos como parte de su evaluación semestral del curso de Gestión y administración de museos del que él y quienes nos acompañaban formaban parte.
El museo del agrarismo fue construido como un museo de sitio en un lugar donde se asume fue realizado el primer reparto agrario por Lucio Blanco en la Hacienda de los Borregos, aunque el edificio se encuentra en la mancha urbana de la ciudad, su ubicación es un tanto complicada para su acceso y su entorno un tanto descuidado; su concepto y la calidad de sus instalaciones están muy bien cuidadas, son cómodas y su museografía bien presentada y amigable.
De ahí nos fuimos a visitar el Museo de Casamata, donde Martín nos hizo un recorrido por el archivo histórico y explicó el trabajo de digitalización que están realizando de forma titánica. Durante el recorrido por las dos salas del museo explicó la historia de Matamoros, sus guerras y sus momentos heroicos. De manera generosa, nos ofreció una comida en el patio del edificio histórico y, después de recuperar fuerzas, continuamos hacia el museo de Rigo Tovar, un espacio compuesto por una gran explanada, donde, en una de sus bardas, está escrito: “a orillas del río Bravo, hay una linda región…” en el centro una banca y muy cerca la estatua de cuerpo completo de Rigo, ambientado por la música que sale del museo donde se puede apreciar videos, portadas de sus discos, algunos objetos personales, una figura del ídolo en cera y una escultura de la Sirenita.
De ahí nos fuimos al Museo de Arte Contemporáneo, donde recorrimos una exposición de Cascarones de Candela y nos topamos con una librería de Educal que nos hizo sacar nuestros pesos y centavos. Ya con el calor bochornoso de la tarde y el cansancio, nos fuimos al Museo del Ferrocarril, que, aunque tiene pocos objetos originales de Matamoros, nos muestra y ambienta la importancia de los trenes en México, tanto en el comercio, en el transporte de pasajeros como en su papel en la Revolución Mexicana. Además, hay un vagón al que se puede subir para tomarse la foto. Como la tarde todavía no había terminado, nos despedimos de Martín y nos enfilamos hacia Reynosa. En el camino hicimos una parada en Río Bravo para visitar la Sauteña, el edificio emblemático de esa ciudad. Ya casi al atardecer llegamos a Reynosa; nos hospedamos en el Hotel San Carlos; cenamos en El Aljibe, restaurante-bar subterráneo que en el siglo XIX fue un depósito de agua y que fue restaurado hace poco. Al día siguiente, nos fuimos caminando al Museo del Ferrocarril. Historia, Arte y Maquila (MUFHAM), donde Gloria Caro nos recibió cálidamente e hizo un espléndido recorrido por las salas. Después de tomarnos la foto, fuimos al Parque Cultural Reynosa para conocer la Laguna Escondida y el Centro Cultural.
Dice el estudioso y experto en museos Joan Santacana que el museo, en sí mismo, es un agente de transformación porque proporciona conocimientos y que, cuando uno visita un museo, al salir de él nunca volvemos a ser los mismos, porque en su recorrido la persona aprende cosas nuevas que la transforman. Y eso es justamente lo que nos sucedió en este viaje: al regresar, traíamos más preguntas de las que pudimos aclarar. No solo por lo que los contenidos de los espacios museísticos nos proporcionaron, sino también porque nos cuestionamos todo, desde las formas en que se hace la política pública hasta por qué en la capital del estado no tenemos un museo como el MUFHAM. Por ejemplo, en Matamoros, cuatro museos pertenecen al municipio; son totalmente gratuitos, están bien cuidados e impecables, con museografía en perfectas condiciones, aire acondicionado en funcionamiento, servicio de guías, etc.
Por otra parte, el MUFHAM en Reynosa, se puede considerar actualmente el gran museo de Tamaulipas; hecho con financiamiento municipal, es desde su estructura, diseño, proyección y museografía un espacio de primer mundo -que supera en mucho a los que administra el gobierno del estado- y demuestra la voluntad cultural para dignificar no solo la zona donde se ubica, sino también la ciudad de Reynosa y la frontera misma, siendo además de acceso gratuito.
Al recorrer estos museos, no podemos dejar de preguntarnos qué se necesita para que las políticas públicas transformen la opinión que la mayoría tiene sobre estas ciudades y promuevan su riqueza, su patrimonio y su cultura. Me llamó la atención cuando les pregunté a mis alumnos si ya habían visitado alguna vez estas ciudades y una de ellas me dijo: “Yo sí, había venido, pero no con el propósito de conocerla, sino por cuestiones familiares”. Esta confesión encierra un poderoso significado para replantearse el propósito de quien visita estas ciudades: nunca, o casi nunca, lo hace con la intención de recorrerlas, disfrutarlas y conocerlas. Y aquí vuelve la pregunta: ¿qué se necesita hacer para cambiar el propósito del viaje e ir exclusivamente a ellas para conocer sus museos, sus edificios, su gastronomía y su cultura? Entonces descubrimos que tenemos tareas pendientes para mejorar la reputación de nuestra frontera.
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