Hermanos y hermanas en el Señor, cuarenta días después de la resurrección del señor, Jesús ascendió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. ¿Por qué no se quedó con nosotros? ¿Por qué tuvo que irse? ¡Jesús no nos abandonó! Cuando ascendió al cielo, nos ha concedido tres maravillosas bendiciones.
Primero, nos muestra una hoja de ruta. No estaremos en la tierra para siempre. Nuestra vida aquí es solo una preparación para la vida eterna en el cielo. Toda nuestra inversión, nuestro tiempo y esfuerzo, debe estar dirigida a la vida celestial.
¿Acaso pensamos que viviremos para siempre? ¿Acaso agotamos todas nuestras fuerzas para establecernos en la tierra? Solo estamos de paso. El cielo es nuestro hogar y Jesús ascendió al Padre para prepararnos un lugar a todos.
En segundo lugar, Jesús ascendió al cielo para enseñarnos la RESPONSABILIDAD. Así como el ángel se despidió de María tras darle instrucciones, Jesús fue al Padre después de dar su vida como ejemplo a seguir.
Dios nos confía esa responsabilidad hoy. ¿Somos fieles al mandato de Jesús?: «Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado» ¿Será que rechazamos esta responsabilidad por temor a asumir roles de liderazgo o porque deseamos vivir una vida despreocupada? Cuando Dios nos da una misión, también nos concede la gracia de dar mucho fruto. No temamos decir que sí.
Finalmente, cuando Jesús ascendió al cielo, se sentó a la derecha de Dios. Desde allí vela por nosotros. Jesús ve todo lo que hacemos y todo lo que nos sucede. De hecho, nos promete enviarnos al Espíritu Santo para que nos acompañe. ¿Confiamos en él? ¿Vivimos rectamente, aunque nadie nos vea?
Queridos hermanos y hermanas, la Ascensión es una buena noticia para nosotros. Jesús ascendió al cielo para darnos una guía en la vida, la responsabilidad de nuestros actos y la confianza en que él nos rescatará, como dice: «Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo». No nos quedemos parados mirando al cielo. Vivamos bien nuestras vidas, anticipando y anhelando nuestro glorioso reencuentro en el cielo. Amén.
Con mi oración, cercanía y gratitud.
Padre Andrés Figueroa Santos

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