Los impactos económicos y sociales de la pandemia por COVID-19 en el mundo,
en la región Latinoamérica y en México, fueron anunciados con mucha
anticipación y han tenido un riguroso seguimiento y atención por parte de centros
internacionales de investigación especializada de la ONU, la OCDE, el Banco
Mundial, la CEPAL y los nacionales como el CONEVAL en el caso de México,
mismos que han dedicado enormes esfuerzos por realizar estudios, formular e
impulsar recomendaciones de política para enfrentar los efectos de la pandemia
en los diversos sectores y ámbitos
De modo que no es una sorpresa lo que está ocurriendo y que tiene seriamente
preocupados a los responsables de gobierno, organizaciones civiles e
investigadores diversos. La razón es que la difícil recuperación que ya se
esperaba, se puede complicar aún más con la tercera ola (cuarta y quinta para
algunos países europeos) y la propagación de la variante Delta del SARS-CoV-2.
Esto ha cambiado la perspectiva de un impacto post COVID-19, a una de impactos
agregados transCOVID-19, características de una pandemia que no acaba por
terminar.
La situación originalmente ya se consideraba difícil, antes de la pandemia porque
el mundo mostraba graves signos de aumento de la desigualdad; sin embargo al
mismo tiempo alentaba observar la disminución de la pobreza, lo cual llevó a la
promoción internacional del compromiso para emprender cambios estructurales
con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030.
En el contexto pre pandemia con las políticas neoliberales inducidas
mundialmente, tal como lo señaló Ginette Azcona de ONU Mujeres, “Los sistemas
de protección social fueron debilitados…” lo cual con la irrupción del COVID-19,
“dejaron indefensas a las personas más desfavorecidas de la sociedad, sin
ninguna salvaguardia para capear el temporal”.
Las radicales y prolongadas restricciones sanitarias que ahora con la tercera ola,
amenazan con reinstaurarse, causaron la pérdida masiva de empleo, la
contracción de la economía y la escasez o pérdida de medios de subsistencia. La
ONU estimó que la pandemia en 2021 causaría 96 millones de pobres, de los
cuales la mitad son mujeres y niñas.
El Banco Mundial advirtió en junio de 2020, que la economía mundial se reduciría
un 5.2%, causando una recesión aún mayor que la de la 2ª Guerra Mundial, con
una disminución efectiva del producto per cápita.
Sin embargo, en su informe de junio de 2021, este mismo banco informó que ya
se podía advertir una reactivación mundial firme, con una acelerada expansión de
un 5.6%, debida a las economías avanzadas de los países con mayor desarrollo
(EEUU alcanzará un 6,8 % y China 8.5%), lo cual no ocurría en las economías
emergentes de países en desarrollo, que no terminan su lucha contra el COVID-19
y sus efectos.
Para México la expectativa estimada en ese informe fue de 5% (Perú 10.3%,
Argentina 6.4%, Chile 6.1%, Colombia 5.1 y Brazil 4.2%). Pero, pese a esa
reactivación mundial y tregional, se estima que para el final del año, la producción
será 2% inferior a la espera antes de la pandemia.
El pronóstico, es que esta recuperación desigual, causara en los países de
economía de bajo ingreso y con escaso o lento avance de la vacunación, que se
anulen los logros en reducción de pobreza e inseguridad conseguidos antes de la
pandemia. El resultado es que se estará profundizando la brecha de pobreza y
resurgiendo la pobreza extrema, sobretodo en personas jóvenes de 25 a 34 años,
precisamente cuando son potencialmente más productivos y abrigan proyectos de
formar su familia.
Anticipa el informe que para 2022, en los mercados emergentes y economías en
desarrollo, la reactivación será a partir de 4.7%, lo cual no será suficiente para
superar las pérdidas de 2019 y 2020. En el panorama para estos países esta la
reducción de ingreso per cápita, inflación, aumento en precios de alimentos,
deficiencias en salud, educación y el nivel de vida. Para enfrentar estos efectos,
recomienda no implantar subsidios, ni controles de precios, sino establecer
políticas que amplíen los “programas de redes de protección social, que mejoren
la logística y la resiliencia frente al cambio climático del suministro local de
alimentos”.
En América latina, hasta el 30 de junio, se registraban 1.260000 fallecidos por
COVID-19, el porcentaje de vacunados es solo del 13,6%, la tasa de pobreza es
del 33.7% y la de pobreza extrema de 12,5%. Por esto, para Alicia Bárcenas,
directora de la CEPAL, aún con la recuperación en 2021 de la economía en los
países Latinoamericanos, no se alcanzarán a revertir los efectos sociales adversos
de la pandemia, pues será un crecimiento con persistentes problemas
estructurales: desigualdad, pobreza, poca inversión y baja productividad.
Por lo tanto, recomienda que tal crecimiento debe ser aprovechado por los países
de la región para establecer políticas económicas y sociales que permitan lograr
una recuperación sostenida con énfasis en la inversión industrial y tecnológica, así
como la “reestructuración de los sistemas de salud y de educación, manteniendo
las transferencias, la universalizar un ingreso básico de emergencia,
implementando bonos contra el hambre, asegurar el acceso a una canasta básica
digital, fortalecer el apoyo a las mipymes”. En resumen impulsar políticas
transversales y sectoriales para avanzar hacia un nuevo modelo y estilo de
desarrollo.
La pandemia no ha terminado y el panorama con sus riesgos y oportunidades está
a la vista, no hay engaños. De los errores y aciertos de los que conducen las
economías y las políticas mundiales, regionales y nacionales, dependerá que
tengamos no solo un presente menos abrumador, sino sobre todo se construya un
futuro posible para nosotros y nuestros hijos.
Como ya antes se ha dicho en situaciones extremas: nunca tantos (ahora todos)
hemos dependido de tan pocos.

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