¡Hola, qué tal!
Te expreso mi profundo deseo de que te encuentres con bienestar y salud, al igual que las personas a
quienes amas y te aman.
El título de esta colaboración se relaciona con una experiencia maravillosa que tuve muy
recientemente en el Hospital General de Gómez Palacio, Durango, en mi muy querida Comarca
Lagunera.
Dicha vivencia tuvo como marco el Simposium “Calidad de Vida y Bienestar Emocional en el
Personal de la Salud”, organizado muy atinada y acuciosamente por la Sección 188 del Sindicato
Nacional de Trabajadores de la Salud, evento en el que las ponencias estuvieron a cargo de los
integrantes del equipo del IMPO-CAPED Filial Laguna, y al cual fui honrosamente invitado a disertar
la conferencia “Intervención Psicotanatológica ante el Diagnóstico de una Enfermedad”.
En la espera de iniciar mi participación, mientras conversaba con mi hermano Rodo, se acercó a
nosotros Luis, uno de los participantes del Simposium, a solicitarme le firmara un libro “Por qué a
mí”, de mi autoría.
Le pregunté para quien era, respondiéndome muy amablemente: “para Zelma”. Inquirí acerca de
algunos datos sobre ella, a fin de contextualizar y precisar más la dedicatoria.
Me contó que Zelma y él son los papás de Renata, quien a los cuatro meses de edad (hace cuatro años
aproximadamente) falleció.
Dialogamos muy brevemente al respecto, anoté en una página del libro las palabras que consideré
más pertinentes dirigidas a Zelma y llegó entonces el tiempo de dar inicio a mi conferencia.
Antes de despedirme de Luis (por el momento y sólo por ese momento), hubo unos instantes de un
silencio que para mí fue por demás elocuente. ¡Sí! Paradójicamente, una elipsis que habló más que
suficiente para decir puntualmente todo lo que se necesitaba expresar.
Fue un momento de comunión no sólo con él, a quien tenía físicamente cerca, sino también con Zelma
y ¡por supuesto! con Renata.
Con la venia de Luis de mencionar sus nombres, una de las primeras cosas que cité en la ponencia
fue: “dedico esta intervención a Renata; luego les diré quién es o tal vez lo sepan a través de algunas
líneas que pronto voy a escribir”.
Seguí diciendo: “Renata hoy ha sido un lindo y límpido enlace con seres humanos maravillosos;
gracias a ella tengo el enorme gusto de coincidir con ellos. Porque el hecho de que los ojos de mi
cuerpo no la vean, no significa que Renata no está”.
Al finalizar mi exposición, una persona se acercó a mí y conversó conmigo respecto a algo que había
sucedido en ella, muy adentro de su ser (dixit) en relación a un hijo hace años ausente.
Aludió que durante la conferencia, paulatinamente, fue desapareciendo una opresión que ya tenía
mucho tiempo en su pecho, y la señora consideró que ese cambio mucho tuvo que ver con el encuentro
que fue teniendo con su hijo, lo cual realizó a través de una frecuencia infinita e inmediata, como lo
es la “frecuencia del amor”. Si bien es cierto que con ese propósito se efectuó en un ejercicio en la
charla, yo creo que mucho tuvo que ver la presencia de Renata. Al menos, eso me dicta mi fe.
Ya no vi en el evento a Luis, pero sé que continuaremos en la fusión que aquel día inició, así que
esperando no suene tan repetitivo, le digo a la niña hermosa que ella es: ¡gracias Renata!
Con ello, en el profuso gozo de este bello y trascendente encuentro, me despido de ti con fe y
esperanza en Dios de que muy pronto nos reencontraremos.
¡Mi abrazo fraternal!
Dr. Raúl Carrillo García
www.caped.edu.mx
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