En toda capital mexicana que se considere culta y tenga una plaza, debe existir una banda de serenatas domingueras. La gente de entonces recuerda los acordes de danzones y marchas, mientras despreocupados comían elotes y giraban alrededor del kiosco. No es por presumir pero desde hace más de una centuria, la capital tamaulipeca tiene una agrupación de lujo capaz de competir con las mejores orquestas.
Si alguien tiene duda, a las pruebas me remito. Recordemos que inicialmente
la mayoría de las bandas de música pertenecían a los regimientos militares. A finales
del siglo XIX, existió en Victoria una de ellas que ofrecía funciones dos veces por
semana en la Plaza Hidalgo. Desafortunadamente en agosto de 1893, azotó una
terrible crisis económica por la cual las funciones fueron suspendidas y desapareció
el conjunto filarmónico municipal. Para colmo de males, los victorenses se vieron
afectados por el desabasto de frijol, alimento muy popular entre las familias.
Dice el periódico La Patria que ese mismo año el Ayuntamiento abrió entre el
vecindario una suscripción, es decir una lista de voluntarios para salvar a la banda:
“…y parece que ha sido bien acogida. La redacción del Eco del Centro se apuntó
desde luego con algún dinero mensual.” Menciona que dentro de las aportaciones
que ilustran el espíritu en Victoria, destaca una sociedad literaria de jóvenes.
Paso a paso, la tradición musical de las bandas terminó por arraigarse en las
villas y ciudades. El reconocimiento de algunos funcionarios de gobierno sirvió para
su mejora material, salarios, profesionalización y otorgamiento de uniformes para
los músicos. Es justo mencionar que el gobernador Guadalupe Mainero, generó un
enorme impulso musical en Tamaulipas. Directamente nombró director de la Banda
del Estado al profesor Antonio Macías y proporcionó de instrumentos nuevos.
Macías fue un talentoso filarmónico, autor de varias piezas musicales y zarzuelas.
Además formó una Compañía de Teatro Infantil que actuó varias ocasiones en el
Teatro Juárez.
Las Lágrimas de Jaime Nunó
A finales de 1904, llegó procedente de Monterrey el músico Jaime Nunó,
autor del Himno Nacional Mexicano. En su libro Raigambre de la Revolución en
Tamaulipas, Emilio Portes Gil consigna algunos detalles de aquel memorable
acontecimiento en Ciudad Victoria. Después de recibirlo en la estación del tren, las
autoridades y una multitud se trasladó a la Escuela Primaria Anexa a la Normal,
donde el gobernador Pedro Argüelles y más de cinco mil niños entonaron el canto
patrio, acompañados de la Banda de Música dirigida por Macías.
Casi al final de su vida, el ex presidente de México comentó en una entrevista
con Alicia Olivera otra versión: “Don Jaime de casi ochenta años de edad era un
viejito bello de una barba muy larga, sonrosado. Nos fuimos a la Escuela Anexa que
habíamos fundado y cantamos el Himno Nacional.” El gobernador hizo la
presentación y recordó que ese año se cumplieron cincuenta años de entonarse por
primera ocasión, compuesto por el ahora profesor de música en Búfalo, Nueva York,
donde vivía pobremente en un hotel desde su exilio desde la caída del presidente
Antonio López de Santa Anna.
Don Jaime quiso hablar para contestar el discurso del
señor Mainero, se le rodaron las lágrimas pero en abundancia. Le dice -el
gobernador- no tenga usted cuidado, señor, el mejor discurso que nos ha
pronunciado, son las lágrimas que ruedan por sus ojos…lo reviró con mil pesos.”
Vale decir que después de su exilio, la primera ocasión que Nunó visitó a
México sucedió en septiembre de 1901, al cruzar la frontera por Nuevo Laredo, un
mes después de la muerte de Guadalupe Mainero, gobernador de Tamaulipas. De
acuerdo a un telegrama publicado en El País, fue recibido en la estación del
ferrocarril por el licenciado Argüelles, ex director de la aduana, pero ahora en su
calidad de gobernador electo. Además acudieron a los andenes, autoridades
municipales y numerosos pobladores.
De alguna manera, el apoyo económico para las bandas musicales se amplió
en las administraciones gubernamentales del porfiriato. En 1901, se creó la Banda
de Música integrada por alumnos de la Escuela Correccional del Estado, establecida
por Mainero. Para dotarla de instrumentos se aprobó un gasto de mil cien pesos. El primer concierto se realizó durante la inauguración de la Colonia Mainero al sur de
la ciudad. Posteriormente actuaron en desfiles y actos cívicos oficiales.
Al llegar al poder, el gobernador Pedro Argüelles anunció una nueva Banda de Música
del Estado integrada por jóvenes de la localidad. En octubre de 1904, nuevamente
transitó por tierras cuerudas el célebre compositor barcelonés Jaime Nunó, quien
descendió del tren y se trasladó directo al Teatro Juárez, donde le rindieron
homenaje y dirigió el Himno Nacional Mexicano acompañado de una elegante
banda-orquesta, dirigida por el profesor Molina con instrumentos de viento,
percusión y cuerdas.
Ese mismo año, nombró director al profesor José María Molina y sub director
Alfredo Argüelles, quien su único mérito musical, era formar parte del coro de la
iglesia de Nuevo Laredo. En cambio Molina era un músico experimentado que
ofrecía audiciones semanales nocturnas en la plaza con obras de: Verdi, Codina,
Hofmann y Martínez. La primera función del grupo, estuvo dedicada al gobernador
quien asistió con sus invitados a la Plaza Hidalgo. En medio de gran entusiasmo, los
asistentes se congregaron alrededor del kiosco metálico traído de Inglaterra para
escuchar los acordes del paso doble El Peninsular de J. Cuevas, La Bella Poblana –
danza- y la polka Los Cocineros de Valverde. La función se prolongó cerca de la
media noche, cuando la luna y las estrellas de octubre brillaban en su esplendor.
En septiembre de 1905, el gobierno y varios particulares contribuyeron con
donativos para adquirir instrumentos nuevos y uniformes, estrenados ese mes
durante una audición al aire libre relacionada con los festejos patrios. El programa
incluyó obras de Crey, Hofmann, Caballero y Castro. En este concierto destacaron las
interpretaciones de José González Treviño con un solo de cornetín y el profesor
Sabás R. García en el clarinete.
En 1905 por acuerdo del gobernador Argüelles, se inauguró en la capital
tamaulipeca una Academia de Música, con matrícula sin costo y clases nocturnas
para todos los alumnos de escuelas locales que desearan asistir. El periódico La
Patria de México de Ireneo Paz, informó en su edición del 4 de mayo que el plantel
fue dotado con instrumentos nuevos.
Era común en aquel tiempo que por diversos motivos, el gremio filarmónico manifestara su inconformidad laboral. En diciembre de 1907, varios integrantes de
la Banda de Música, encabezados por Elfego Herrera, Hilario Rojas, Albino Barrera,
Fernando Álvarez y otros, enviaron una carta a Juan B. Tijerina, director del
periódico El Progresista, donde se quejan de nepotismo, malos maltratos y retención
de salarios por Nicolás Gil director de la banda: “…pues este señor al pagarnos la
nómina nos detiene todo o parte del sueldo, que nos asigna el presupuesto…Pobres
como somos, nuestros exiguos sueldos apenas nos bastan para cubrir las
necesidades más urgentes.” En 1908, encontramos nuevamente al profesor Molina
como titular del conjunto. Posteriormente continuaron Pedro Oyarzábal -1910-
1911-, Martín Aquino -1912-1913 quien después se trasladó a Monterrey, Nuevo
León- y Miguel Frienz -1913-1922-

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