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El niño y la familia ante las pérdidas

Por: Redacción
julio 4, 2020
in Opinion
Sanar las relaciones…y dejar ir.

Hola, deseo fervientemente que estés gozando de cabal salud, al igual que las personas a quienes
amas.

Un tanto movido por la razón de que continuamente acuden al IMPO – CAPED -lugar en el que yo
trabajo- madres y padres de familia que solicitan servicios profesionales para la atención psicológica
y tanatológica para niños, el día de hoy quiero transcribir ideas de algunos autores que se relacionan
con la familia y con los niños, además de mencionar algunos aspectos que sobre este particular he
incorporado al modelo de intervención psicotanatológica que yo he desarrollado y durante años he
aplicado.

Algunas de esas citas tienen que ver también con manifestaciones y conductas que a veces nos son
incomprensibles a los adultos que permanentemente convivimos con niñas niños.

En el libro “Psicopatología del niño y del adolescente”, Wicks-Nelson y Allen escriben que “en todas
las sociedades la familia se considera un entorno importante, si no el más importante, para la
socialización del niño (Maccoby, 1992). La influencia de la familia es dominante a lo largo de la
infancia, cuando el grado de maleabilidad es elevado; es especialmente penetrante y resistente, y
puede durar toda la vida.”

De los mismos autores: “A menudo es un niño concreto de la familia quien es objeto de los malos
tratos. La investigación sugiere que los niños (…) que se encuentran en situación de alto riesgo para
recibir malos tratos, son los que manifiestan problemas de conducta y físicos, o que tienen estilos
de interacción que interactúan (sic) negativamente con las características de los padres o el estrés
familiar.”

Ituarte, en su obra “Adolescencia y personalidad” refiere que “la familia es la primera sociedad
natural en la que surge la vida humana y se desarrollan las personas. El padre y la madre no solamente
trasmiten la vida física, sino que, mediante sus cuidados y su amor, hacen que se desenvuelva el
mundo interior de sus hijos. Son ellos los que enseñan al niño sus primeras palabras, sus primeros
pasos; estimulan su sonrisa y consuelan su llanto, ayudan a desarrollar el sentimiento del amor;
quieren y aceptan a sus hijos; para ellos sus hijos tienen un gran valor. Esta aceptación y cariño son
muy importantes para que el niño crezca seguro de que puede ser querido y aceptado por los demás,
por ser una persona valiosa.”

“Suicidio. Medidas preventivas” es el título del libro en el que De la Garza cita: “Los problemas
familiares tienden a ser crónicos en padres alcohólicos o violentos o con conflictos como la
infidelidad. [El niño] tiende a verlos como irremediables y a tener pensamiento del tipo: `Mis padres
no van a cambiar nunca´, `Me da miedo que se divorcien´, `Qué van a decir mis amigos de lo que
estoy viviendo´.”

De la misma fuente: “Muchos padres expresan frases agresivas como `No sirves para nada´, `Eres
un vago´, `No sirves para la escuela´, `Cuando seas mayor te vas a morir de hambre, no sabes hacer
nada´ y convierten el ambiente familiar en una compacta red cultural de violencia.”

Wicks-Nelson y Allen citan que “cuando la mayoría de la gente oye el muy utilizado término <<malos
tratos a los niños>>, supone que se trata de agresiones físicas y lesiones graves. Sin embargo, la
definición legal general que ha ido evolucionando a lo largo de varias décadas incluye tanto el acto
de cometer lesiones, como los actos de omisión, es decir, no ocuparse ni proteger al niño (National
Institute of Mental Health, 1977).”

Respecto a “la agresión como conducta aprendida”, los propios Wicks-Nelson y Allen refieren que
“la agresión es un elemento esencial de la definición de los comportamientos disociales de la
conducta, y suele proponerse como base para diferenciar a los niños y adolescentes con
comportamientos disociales. La agresión es igualmente un problema corriente entre los niños
pertenecientes a poblaciones no clínicas. Los niños pueden aprender claramente a ser agresivos si
son recompensados por dicho comportamiento (Patterson, 1976b).”

En relación a las pérdidas que sufren los niños, en el libro “Días de Duelo. Encontrando salidas”,
Tizón y Sforza apuntan que “la gama de sucesos traumáticos que producen pérdidas afectivas y
sufrimiento es muy amplio y cada uno de ellos, en especial la pérdida de una persona querida, puede
provocar en el niño fuertes reacciones de sufrimiento y malestar, aunque las exprese de forma
diferente al adulto.”

De los mismos autores Tizón y Sforza: “Los adultos, al menos en principio, poseen una mayor
maduración psicoafectiva, que han podido construir a lo largo del tiempo y que les ha ayudado a
crear estrategias y defensas, más o menos eficaces, para afrontar los sufrimientos y dificultades de la
vida. Los niños, por el contrario, no han podido construir aún estructuras y hábitos similares. Se
hallan, pues, en una situación de mayor fragilidad ante el impacto de las situaciones vitales adversas.

La falta de integración de sus defensas y su desarrollo cognitivo y físico incompletos los colocan en
condiciones de necesidad e inferioridad y los llevan a la necesidad absoluta de depender de
personas, situaciones u objetos que les protejan. Su inmadurez afectiva no les consiente reconocer y
modular adecuadamente sus emociones y vivencias.”

Por lo mencionado y más, considero que reviste gran importancia el permitir participar a los niños en
las vivencias relacionadas con la pérdida de cosas y de cambios drásticos de situaciones; en
experiencias tocantes a la enfermedad propia o la de una persona afectivamente cercana, así como a
la muerte de un ser muy amado. Comunicarles asertivamente lo que verdaderamente está sucediendo.

Uno de los elementos que están incluidos en mi Modelo de Intervención Psicotanatológica que se
denomina “Reconocimiento Consciente de mis Ganancias”, se refiere a “Hablar con los infantes
acerca de la muerte y de pérdidas significativas”.

En él, he agrupado información proveniente de diversas fuentes en una estructura que originalmente
leí (hace ya muchos años) en el libro titulado “Curso de Administración Moderna”, de Koontz y
O´Donnell, Dicha estructura se denomina “Las 5 W”, que he retomado para el particular.

“Las W´s”, se refieren a las palabras what, who, when, where y how, respectivamente: qué, quién,
cuándo, dónde y cómo, que sirven como referentes en el proceso de planeación.

Pues bien, para el caso de hablar con las niñas y los niños respecto de la muerte, el “qué”, se refiere
a la pérdida específica, lo cual obviamente implica un momento complicado, complejo, difícil de
abordar.

Entre otros aspectos, sencillamente porque la persona que hablará de ello ya está pasando por las
emociones desarmonizantes que dicha pérdida ha provocado, y a pesar de ello, necesita explicárselo
a un ser que dada su condición de niño se encuentra de cierta manera en un estado de indefensión
ante tales sucesos.

Los niños “se hallan, pues, en una situación de mayor fragilidad ante el impacto de las situaciones
vitales adversas. La falta de integración de sus defensas y su desarrollo cognitivo y físico incompletos
los colocan en condiciones de necesidad e inferioridad y los llevan a la necesidad absoluta de
depender de personas, situaciones u objetos que les protejan.” (Tizón, 2007, p.141).

¿Quién (who) es el individuo indicado para hablarle al pequeño sobre la pérdida? La persona más
cercana afectivamente al menor.

Esto significa que su madre, padre, abuela, abuelo, hermana o hermano, será la persona que requiere,
quizás sacando fuerza de flaqueza, explicar al niño o a la niña lo que ha sucedido.

El recordar que los infantes, independientemente del nivel que les corresponda según su edad y
algunas otras circunstancias de su entorno, son altamente inteligentes y sumamente perceptivos, hace
que la respuesta al “cuándo” (when) sea: ¡entre más pronto, mejor!

Quizás los pequeños no entiendan qué significa la palabra “divorcio”, si es que se trata de la
separación de sus padres o sus abuelos, o no tengan claridad momentánea en las diversas maneras en
que puede ocurrir la enfermedad o la muerte, tal vez incluso tampoco alcancen a medir consecuencias
de los eventos dolorosos, sin embargo, se dan cuenta inmediatamente que algo en su contexto está
diferente, ya que algunos de los adultos gritan, otros lloran, unos más corren y no falta quién esté
abstraído en sus pensamientos de tristeza, de impotencia, de rabia.

Independientemente de cual sea la reacción, las personas alrededor del pequeño están distintas a lo
habitual.

El sitio para hacerlo, respondiendo al “dónde”, (where) es en un lugar en el que la niña o el niño se
sientan seguramente y muy protegidamente.

Esto está vinculado al “cómo” (how), porque al darle la noticia, es menester permitirle al niño o a la
niña la libre expresión de sus emociones, la cual tendrá manifestaciones por demás imposibles de
precisar.

De manera que puede ser que se mantenga tranquilamente, que haga algunas preguntas sobre el
asunto, que solloce de manera calmada o tal vez llore con intensidad, grite negando el suceso o corra
desaforadamente.

En el cómo hacerlo, es importante considerar que los niños más pequeños no poseen aun la capacidad
de elaborar pensamientos abstractos, sólo lo hacen de modo concreto. Es decir, si a un niño le
preguntamos: ¿qué tienes en la cabeza?, pretendiendo cuestionarle acerca de lo que está pensando,
posiblemente nos conteste: pelo, una cachucha, sudor.

Por tal motivo, la noticia debe dársele al niño de modo breve y directo: por ejemplo: “tu abuelito ha
muerto”, recordando que muchas veces lo que los adultos creemos que les pasará a los niños al
escuchar la noticia jamás llegará a ocurrir, ya que suelen ser más grandes los temores de nosotros los
mayores que lo que realmente les acontece a los propios infantes.

Evitar eufemismos al dar la noticia es altamente trascendente.

Eso significa que es importante evitar textos como: “tu mamá se fue al cielo”; “tu papá anda en un
largo viaje”; “tu abuelita ahora está en una estrella”.

Recuerda, generalmente, el niño lo interpretará de manera literal, quizás volteando hacia arriba
continuamente o preguntando qué tan prolongado puede ser el viaje de una persona.
Resumo entonces en las respuestas a “las W´s”.

Para hablar de muerte y pérdidas significativas con los niños y las niñas, necesita hacerlo,
preferentemente, la persona más cercana afectivamente, lo más pronto posible, en un lugar seguro y
protegido para los pequeños, de manera directa, evitando eufemismos y permitiéndole la libre
expresión de sus emociones.

Algo por demás relevante que puedo compartirte ante diversas experiencias en intervención
psicotanatológica con infantes que han tenido alguna pérdida altamente significativa, y además
consciente de que las niñas y los niños saben mucho más de lo que los adultos creemos que saben, es
que al paso del tiempo me he dado cuenta que, como seres humanos que son y dado que tienen derecho
a ello, a su manera personal y al modo que dada su edad les es posible hacerlo, ante situaciones
desarmonizantes: ¡ellos exigen conocer la verdad! ¡SIEMPRE LA VERDAD!

Te reitero mi gratitud por acompañarme en estas líneas y, a mi manera habitual, por el momento y
hasta el momento, me despido de ti con fe y esperanza en Dios de que pronto nos reencontraremos.

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