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La otra pandemia

Por: Agencias
junio 19, 2021
in Opinion
¿Usted ya vió su fecha de caducidad?
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Como todos los días especiales para los que la ONU hace llamados a la
conciencia y al compromiso de contribuir en la prevención y atención de algún
problema específico, el del 15 de junio en que conmemoró el Día Mundial de
Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. En esta ocasión se nos
invitó a que expresáramos nuestro rechazo a los abusos y sufrimientos a los que
son sometidos muchos adultos mayores.

La OMS estima que 2 de cada 6 adultos mayores son violentados y que el 85%
han sido maltratados de alguna forma, por lo menos una vez en su vida. Por lo
menos en México muy raramente un adulto se queja o presenta alguna denuncia
de que es violentado. Sobre todo cuando, frecuentemente el victimario es un
cuidador o un familiar.

La realidad es que el abuso, la violencia o el maltrato de que son víctimas miles de
millones de adultos mayores en el mundo, se expresa en todas las formas y
niveles, desde las más sutiles, ocultas y personales, hasta la más brutales,
públicas e impersonales. Los legisladores y científicos e instituciones de asistencia
y bienestar social han estudiado, descrito y catalogado al detalle, las modalidades
de ese maltrato físico, psicológico, sexual o financiero, o como negligencia y
abandono.

Puedo decir que los expertos y la gente común, conocen mucho de este tema y
pueden dar muchas opiniones sobre ello. Pero del saber al hacer, hay todavía
muchísima distancia.

Y no es que no se haya intentado resolver o al menos reducir la violencia sobre los
adultos mayores con diversas estrategias y programas gubernamentales y de la
sociedad civil. Pero los resultados muestras que no solo no se ha logrado
detenerla, sino que está en franco incremento.

Esto deja claro, que se trata de un problema de profundas raíces en el mismo
modo en que está construida y funciona la sociedad de nuestro tiempo.

De manera que mientras las propuestas oficiales no incidan en las causas
estructurales de esa y otras violencias, no se conseguirá cambiar el panorama y
las perspectivas de este problema social y humanitario.

Así por ejemplo, algunas de esas iniciativas institucionales afirman que “para
erradicar esta problemática es necesario que se eliminen los estereotipos y los
estigmas sobre el envejecimiento y que se propicien dinámicas familiares,
fomentando una cultura del respeto”. No dudamos de la buena fe de estas
explicaciones sobre el origen y la solución de la violencia en adultos mayores,
pero la falta de resultados señala que es hora de rebasar lo cultural y lo discursivo
para ir hasta el origen y motor de la violencia.

En ese sentido, en la dimensión jurídica se promulgaron desde 2001 Leyes de
nivel nacional y estatal para la protección de los adultos mayores, partiendo de los
derechos humanos. Es el caso de la Ley de los derechos de las personas adultas
mayores y la Ley de los derechos de las personas adultas mayores en el estado
de Tamaulipas, promulgada en 2001 y que fue reformada en julio de 2020 para
precisar en su artículo 3 Ter, la descripción las modalidades de la violencia contra
las personas adultas mayores de acuerdo al ámbito en que ocurre, como es el
familiar, el institucional, el de la comunidad y el de los establecimientos de
cuidado prolongado o larga estadía- También hizo adiciones al artículo 6º para
enfatizar la obligación, de la familia para cuidar a sus adultos mayores,
estableciendo.

En general el marco jurídico es el ideal, pero de nuevo los resultados no son aún
satisfactorios

La tendencia mundial a la normalización de las tensiones, disputas y violencia, ha
ocasionado que estos llamados a la no violencia contra los adultos mayores y
otros grupos vulnerables, se diluyan en la dureza con que personas y naciones
luchan por su sobrevivencia, agravada ahora por la pandemia de la COVID-19, y
en la que muchos de ellos no priorizan la naturaleza legal, ética o humanitaria de
los medios a utilizar para ubicarse en la punta de la pirámide de poder o por lo
menos para no quedar bajo el peso de la fría maquinaria económica.

Ante esta realidad, no puedo evitar recordar lo expuesto en 2007, por la
multipremiada película No Country for Old Men (Un país, no para los hombre
viejos), escrita, dirigida y producida por los Hermanos Coen, basada en la novela
publicada en 2005 por Cormac McCarthy, la cual narra una historia trágica,
ocurrida en la frontera entre Estados Unidos y México (Piedras Negras, Coahuila),
en que unos cuantos personajes encarnan la codicia , la cruel y maldad extrema
de la violencia, el miedo, la decepción y la impotencia ante las fuerzas que
desencadenan la posesión de riqueza mal habida, en este caso producto del
narcotráfico.

Esta película constituye un paradigma del derrumbe del sueño americano y más
extensamente de la utopía del mundo feliz e inclusivo, que nos prometieron
llegaría en este siglo y que ha resultado en un espacio, en el que los viejos y los
“débiles”, con sus anhelos, valores y seguridad física, quedan totalmente fuera de
lugar, desplazados por la nueva ética impuesta por la lógica del poder y el dinero.

Por eso no debe extrañarnos como en 2012 el Fondo Monetario Internacional, en
su Informe sobre la estabilidad financiera mundial, “alertó” a la élite económica del
mundo, sobre “las implicaciones financieras potencialmente muy grandes del
riesgo de longevidad; es decir, el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.

En este contexto, la pandemia de COVID-19, más allá de la veracidad o falsedad
de las teorías de complot, ha sido contundente. En el mundo se estima han muerto
alrededor de 2.5 millones de adultos mayores, en EEUU el 95% de los fallecidos
tenían más de 55 años y en México más de 124 mil tenían 60 y más años.

¿Qué más violencia que esta? No tanto por la violencia natural de un virus que
puede llegar a ser grave y letal en poblaciones envejecidas y con pandemias
agregadas de enfermedades crónico-degenerativas, sino por la estructura de una
sociedad que no ubicó a sus adultos mayores en su primer lugar de prioridad. La
omisión como lo dice la ley y los derechos humanos, es también una forma de
violencia.

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