Fueron los vecinos quienes le hicieron notar que sus cachorros eran más grandes y salvajes de lo normal. Él solo había notado que eran más bonitos que el resto.
Basta con verlos uno junto al otro, para darnos cuenta de que ente los perros y los lobos no hay demasiada diferencia. Es cierto que los lobos son bastante más grandes, fuertes y tendientes a la violencia (todo esto lo decimos para que no se les vaya a ocurrir la catastrófica idea de tener un lobo como mascota), pero físicamente podemos notar que uno es un descendiente del otro. Los perros funcionan para nosotros con el mismo principio que los gatos: son una versión accesible de una bestia salvaje (y con accesible en verdad nos referimos a menos capaz de sacarnos la cara con sus dientes o garras).
Los perros están muy bien, pero mentiríamos si no dijéramos que no hemos soñado con tener nuestra propia manada de lobos. Historias de personas que han encontrado cachorros abandonados y los han logrado criar como si fueran mascotas domésticas hay por montones. Aun así, todos sabemos que se requiere de no poca suerte para conseguir que ese cachorro no desarrolle su personalidad agresiva y cazadora (léase, natural). La apuesta de nuestra vida y salud por tener una mascota un poco más atractiva de lo normal, no estamos seguros de si es la más conveniente.
¿Pero qué ocurre cuando esa apuesta ocurre sin que lo sepamos? Al igual que yo cuando me informaba sobre este caso, se deben estar preguntando cómo es que uno llega a no darse cuenta de que tiene un lobo de mascota. Resulta que algunas variedades de lobo no son tan disímiles a los perros domésticos, al menos en lo que respecta a su apariencia y comportamiento. El caso del lobo ibérico, una variedad que vive en las montañas de Galicia, es un buen ejemplo.
La historia del vecino que un día recogió a un cachorro abandonado, lo crió junto a su familia, permitió que tuviera cachorros propios con su perrita y luego se dio cuenta que estaba criando una familia de lobos, nos dejó a todos bastante impactados. Lo más difícil de asimilar de esta historia, es que los perros-lobos eran tan tiernos, que no había manera de sospechar lo peligrosos que podía llegar a ser.
Por suerte para todos los involucrados en la historia, las criaturas nunca desarrollaron una personalidad violenta. Aun así, su dueño tomó la decisión más sensata y los entregó a la sociedad protectora de animales local. Por mucho que los quisiera, tuvo que reconocer que eran un potencial peligro para la comunidad. Eso sí, se guardo los derechos de ser visitado un par de veces al mes por su manada, los que aun le guardan un enorme afecto.
México, 21 de febrero 2020

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