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Herencias indeseables

Por: Alejandro de Anda
octubre 19, 2026
in Opinion
Los cambios electorales dolorosos
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LO CLARO. La Universidad Autónoma de Tamaulipas UAT, con el impulso del rector Dámaso Anaya Alvarado, demuestra que la educación superior también debe traducirse en oportunidades de desarrollo para la sociedad.

Mediante investigaciones aplicadas a las necesidades de Tamaulipas, la institución involucra a estudiantes, docentes e investigadores en proyectos que fortalecen su formación académica y generan beneficios para las comunidades.

Un ejemplo es el aprovechamiento del laurel en Jaumave, donde el conocimiento científico se transforma en productos con potencial comercial, capacitación y herramientas para el emprendimiento rural.

Así, la UAT vincula la enseñanza con la realidad económica y social del estado, formando profesionistas mientras contribuye al bienestar de las familias tamaulipecas.

LO OSCURO. A Claudia Sheinbaum le heredaron la Presidencia, el bastón de mando, una maquinaria electoral aceitada y una cuenta enorme por pagar.

Andrés Manuel López Obrador se marchó a Palenque envuelto en aplausos, mientras dejaba sobre el escritorio de su sucesora una factura que alguien tendría que solventar. Y como suele ocurrir en este país, la fiesta fue de unos cuantos, la cuenta terminó repartida entre todos y los intereses seguirán corriendo durante muchos años.

México cerró 2024 con un déficit fiscal de 1.9 billones de pesos, equivalente al 5.7 por ciento del Producto Interno Bruto. Una barbaridad de dinero.

Para entenderlo en cristiano, el gobierno gastó muchísimo más de lo que ingresó y tuvo que financiar la diferencia. Fue uno de los mayores desequilibrios fiscales de las últimas décadas, precisamente durante el último año de un presidente que convirtió la austeridad en sermón cotidiano.

El dinero se fue entre obras emblemáticas, programas sociales, pensiones, apoyos a empresas estatales y una estructura de compromisos cada vez más costosa. El Tren Maya, Dos Bocas y el aeropuerto Felipe Ángeles quedaron como monumentos políticos de una administración que apostó buena parte de su prestigio a las grandes construcciones.

Su rentabilidad económica merece examinarse por separado, porque inaugurar una obra y conseguir que produzca beneficios para justificar su costo son asuntos bastante diferentes. Una cosa es cortar el listón… y otra cosa es otra cosa.

Y luego Pemex, ese orgullo nacional que lleva décadas necesitando que le pasen la charola. La empresa petrolera continúa reclamando apoyos, refinanciamientos y soluciones financieras mientras arrastra obligaciones enormes. Tenemos petróleo; empresa petrolera y tenemos que sacar dinero de otros bolsillos públicos para ayudar a sostenerla.

La soberanía energética luce estupenda en los discursos; en los balances financieros exige explicaciones bastante más complicadas.

Sheinbaum prometió poner orden y durante 2025 el déficit ampliado bajó a aproximadamente 4.3 por ciento del PIB. Hay que reconocerlo, la reducción existió. Pero … reducir el déficit significa seguir necesitando dinero prestado, aunque en menor cantidad.

Es como el ‘mexicano normal’ que gana veinte mil pesos, gasta treinta mil y ahora presume disciplina porque solamente gasta veinticinco mil. Mejoró, desde luego, pero continúa debiendo hasta la camisa.

La deuda pública ampliada llegó a alrededor del 52.6 por ciento del PIB al cierre de 2025. El porcentaje por sí solo está lejos de significar una quiebra nacional, aunque obliga a mirar cuánto cuesta mantener esa deuda y qué capacidad tiene la economía para pagarla. Los intereses cobran puntualmente, gobierne quien gobierne.

Cada peso destinado a cubrirlos reduce el espacio para hospitales, carreteras, escuelas, seguridad y servicios públicos. Los acreedores cobran primero; las necesidades ciudadanas terminan haciendo fila.

El problema de Sheinbaum es que heredó también los compromisos políticos de su antecesor. Debe sostener programas sociales, atender pensiones, financiar infraestructura, respaldar a Pemex y encontrar recursos para gobernar. Todo mientras intenta reducir el déficit y mantener la confianza de quienes prestan dinero al país. Una suerte de malabarismo presupuestario donde cada pelota representa miles de millones de pesos y cualquier equivocación termina golpeando al contribuyente.

Conviene hacer una precisión que incomoda a los fanáticos de ambos bandos.

Los programas sociales representan un ingreso importante para millones de familias y su permanencia merece una discusión seria. Precisamente por eso necesitan financiamiento estable. Repartir recursos públicos genera simpatías; conseguir que esos recursos existan durante veinte años requiere crecimiento, inversión, empleos formales y recaudación suficiente. La popularidad ayuda a ganar elecciones, pero sirve de muy poco al vencimiento de una deuda.

Lo irónico es que por seis años escuchamos que la austeridad había llegado para quedarse. Se combatieron gastos administrativos, se eliminaron estructuras y se convirtió el ahorro gubernamental en bandera moral. Sin embargo, el sexenio terminó con un déficit extraordinario. La austeridad de oficina resultó una cosa y las cuentas generales del país, otra distinta.

Ahorrar en papelería mientras crece la necesidad de endeudamiento puede producir buenos discursos, aunque difícilmente resuelve el problema de fondo.

Ahora toca a Sheinbaum administrar la herencia sin renunciar al apellido político de quien se la entregó.

Necesita corregir parte del desequilibrio fiscal mientras defiende la continuidad del proyecto que lo dejó. Cada recorte puede interpretarse como una rectificación; cada nuevo gasto exige encontrar dinero y compromete recursos futuros. La lealtad política tiene sus recompensas, pero Hacienda lleva las cuentas con una frialdad que desconoce los afectos.

México aún tiene margen para ordenar sus finanzas. Necesita crecimiento económico, inversiones productivas y decisiones que resistan algo más que una conferencia mañanera.

López Obrador se quedó con la despedida multitudinaria. Sheinbaum, con el compromiso político. Y los mexicanos, como de costumbre, con la factura.

COLOFÓN: El ‘López’ anterior, nos había prometido prepararnos (sic) “para administrar la abundancia”. Hay de López, a López. ¡Vaya herencias!

[email protected]

@deandaalejandro

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