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La Verdad
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Cuando nos tocó saber

Por:  Yheraldo Martínez López
octubre 4, 2026
in Opinion
La estructura invisible
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Tu navegador no soporta la síntesis de voz.

Seguimos preguntando mucho después de haber aprendido a responder. Preguntamos si elegimos bien, si exageramos, si todavía debemos esperar o si ya es momento de irnos. La edad cambia el peso de las decisiones, pero no elimina la necesidad de encontrar una voz más segura que la propia.

Un día, mientras todavía buscamos esa voz, descubrimos que otras personas han comenzado a escuchar la nuestra. Nada dentro cambió; solo la dirección de las preguntas. Desde fuera, quien responde parece habitar un lugar distinto.

No vemos la pausa antes de elegir, la llamada para pedir consejo ni la noche revisando si se equivocó; recibimos la respuesta y construimos una ficción tranquilizadora: en alguna parte existen personas que saben. El cambio ocurre en escenas demasiado comunes para reconocerlo.

Una amistad nos llama porque no sabe cómo continuar; en el trabajo esperan una decisión; quienes nos criaron piden que expliquemos algo otra vez; una persona más joven observa nuestro rostro antes de decidir si debe asustarse.

Respondemos y la vida sigue, pero empezamos a ocupar para alguien el lugar al que antes acudíamos, sin saber cuándo una respuesta nuestra pesará en otra vida. Que nos pregunten incomoda: la confianza suele llegar antes que la preparación.

La carga aparece al advertir que ya no podemos trasladar la duda indefinidamente. Podemos consultar y pedir consejo; aun así, llega un momento en que la respuesta ya no puede venir de afuera.

Lo extraño es que nuestra voz puede tranquilizar a otra persona antes de convencernos. Convertirnos en referencia no elimina el miedo; el ajeno llega primero y no queremos entregarle también el nuestro.

El relevo se vuelve visible en una escena simple: quien durante años respondió nuestras preguntas ahora pregunta qué dijo el médico y qué viene después.

Podemos contestar con prisa porque la consulta parece sencilla, sin advertir que en esa espera cambia para siempre la dirección de la confianza.

Por primera vez, quien nos tranquilizaba busca en nuestra voz la calma que antes encontrábamos en la suya. La memoria también cambia cuando comprendemos que quienes nos protegieron no poseían toda la seguridad que les atribuimos, pues también buscaron ayuda y no siempre la encontraron.

Si su voz sonó firme, no fue porque conocieran el desenlace, sino porque necesitábamos descansar en alguna parte: gran parte de lo que llamamos protección consistió en contener la propia incertidumbre el tiempo suficiente para que la nuestra no ocupara toda la habitación.

La vida adulta comienza cuando descubrimos que nadie llegó a ese lugar de certeza que imaginábamos. Convertirnos en esa voz produce una soledad extraña. Podemos tener compañía, escuchar consejos y repartir responsabilidades, pero hay quien espera nuestra palabra.

Desde fuera parece confianza; por dentro puede sentirse como descubrir que no existe un lugar más seguro al cual entregarle todo. Seguimos necesitando, aunque rara vez lo admitamos, descansar por un momento del lugar que ahora ocupamos. ¿Cuándo nos tocó saber? Tal vez nunca.

Tal vez solo llegó el día en que alguien puso su miedo en nuestras manos y respiró después de escucharnos. Miramos alrededor buscando a quien pudiera decirnos qué hacer, pero nadie habló. Entonces entendimos por qué algunas voces parecían tan firmes mientras crecíamos: no tenían respuestas, tenían a alguien que necesitaba creer que sí. Nunca les tocó saber, solo les tocó responder.

Ahora nos toca hacerlo: hablamos mientras dudamos, tranquilizamos mientras buscamos dónde descansar y decimos «yo me encargo» con la esperanza secreta de que algún día alguien vuelva a pronunciar esas palabras y podamos sentir, aunque sea por un instante, que no tenemos que entenderlo todo para estar a salvo.

Yheraldo Martínez López Correo: [email protected]

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