Durante el 23 de mayo al 10 de junio se aplicó el examen de ingreso, a nivel licenciatura, en la UNAM. Siendo la primera vez que se aplicaba en su totalidad en la modalidad en línea. Para lo anterior, la UNAM contrató a una empresa especializada, la cual fue la encargada de diseñar un programa que permitiera el acceso al examen.
Dicho programa contaba con filtros de seguridad como son el reconocimiento facial para evitar la suplantación de identidad, el acceso a la cámara y micrófono de la computadora utilizada para presentar el examen con la finalidad de monitorear el entorno del estudiante con el propósito de detectar ayuda de terceros, seguimiento de las aplicaciones para evitar que los alumnos tuvieran abiertos exploradores u otros programas que pudieran utilizar para obtener ventaja, entre otros filtros.
Los datos que la UNAM publica de manera anonimizada empezaron a ser analizados por expertos, quienes notaron ciertas anomalías cuando se comparaban con respecto al examen presencial del año anterior. Entre las cuales podemos mencionar: El incremento de alumnos que sacaban calificaciones muy por encima del promedio, los que tenían puntaje perfecto y la aparición de casos con alumnos con muy pocos aciertos, entre 1 y 5.
Cuando el análisis se hacía por carrera y se comparaba con el del año anterior, el incremento de alumnos con calificaciones altas variaba significativamente. Por ejemplo, para Medicina, una de las carreras con mayor demanda, ese incremento fue del 30% en aspirantes con puntaje arriba de 100 aciertos; además, conforme se iban acercando a puntajes más altos, el incremento de alumnos era mayor.
Estos resultados llevan a preguntarnos: ¿Cómo se explica dicho comportamiento? Debido a la cantidad de personas que presentan el examen, su importancia y la notoriedad que empezó a ganar en los medios de comunicación -tradicionales y digitales-, la UNAM decide suspender las inscripciones y formar una comisión encargada de analizar y decidir los pasos a seguir. La comisión tiene como fecha límite el viernes 31 de julio.
Diversas voces relevantes dentro de la esfera pública han propuesto soluciones a la problemática. Esas soluciones se pueden agrupar en tres amplios grupos. Los que proponen la cancelación y reposición del examen aplicado de manera presencial. Otros proponen realizar el examen de manera presencial, pero solo para los alumnos que lograron tener un puntaje por encima del promedio del año pasado. Por último, los que mencionan que el proceso debe continuar y se debe permitir a los alumnos inscribirse.
La decisión que tome la UNAM resulta relevante no solo para aquellos directamente involucrados, sino también para la sociedad en su conjunto, ya que su decisión puede sentar un precedente positivo. Hoy fue un examen de admisión a una universidad, pero nadie garantiza que actualmente se esté utilizando la IA para hacer trampa en otro tipo de exámenes, por ejemplo, en los laborales. La aparición de la IA abre una discusión moral y ética.
Discusión que tiene que ver con la formación de alumnos en cuanto a conocimientos y valores adquiridos, pero también con el funcionario público que te atiende detrás de una ventanilla. Creo que una discusión seria debe empezar, tal vez no sea una opinión muy popular, por excluir aquellas voces que mencionan que la IA se puede usar de manera responsable, postura hegemónica actual, ingenua, que parte de la premisa de que los seres humanos no hacen trampa o, peor aún, la justifica mediante el término, por demás ambiguo, “uso responsable”.
¿Cómo se va a determinar ese uso responsable sin caer en relativismos? O, peor aún, seguir por esa ruta puede normalizar la trampa, llevándonos al cinismo. En otras palabras, se hace trampa mediante IA; el evaluador sabe que el aspirante hizo trampa y lo admite porque fue el que mejor uso de la IA hizo para hacer la trampa. Otro punto es dejar de ver a la IA como algo neutral y que depende del uso que cada quien hace de ella. Lo anterior funciona como un distractor; la atención no se debe centrar en las personas y sí en la tecnología, si tienes una herramienta que te permite hacer trampa.
Es más sencillo modificar la herramienta que convencer a millones de personas para que hagan un uso ético de la misma. De manera simultánea, se debe pensar y diseñar castigos para aquellas personas que hagan un uso ilegítimo, ilegal o tramposo de la IA. El castigo debe tener como función social desalentar el uso pernicioso de la IA. Por consiguiente, no basta con que el castigo sea ejemplar y el infractor sea señalado, ya que se corre el riesgo de despertar empatía por el castigado.
El castigo, como lo señala Foucault, debe actuar en el pensamiento del posible infractor. Ejemplo concreto y tema de esta columna: A todo aspirante que se le compruebe que hizo trampa debe quedar vetado de la universidad por el tiempo que dura su carrera; de tal manera que el castigo dirige el pensamiento del estudiante a dos cuestiones.
La primera. Si no hubiera hecho trampa, tendría otra oportunidad de presentar el examen dentro de un año.
La segunda. Si no hubiera hecho trampa, existiría una posibilidad, remota, de que hubiera pasado el examen. No creo que esa situación suceda y menos con el límite de tiempo impuesto por el rector.
Repetir el procedimiento para todos los estudiantes llevaría a modificar el calendario escolar y generaría problemas de logística, ya que es inviable que todos los aspirantes presenten en un mismo momento.
Parece ser que la UNAM optará por una decisión salomónica.
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