LO CLARO. La consolidación de alianzas estratégicas entre la Universidad Autónoma de Tamaulipas y organismos nacionales como la ANAM, la Suprema Corte de Justicia de la Nación y el Puerto Industrial de Altamira representa un paso trascendente para acercar la formación profesional a las oportunidades reales de empleo.
Este tipo de vinculación fortalece la competitividad de los egresados, responde a las necesidades del mercado laboral y contribuye al desarrollo económico de Tamaulipas al generar talento especializado que permanece y aporta al estado.
Cuando la academia y los sectores público y privado trabajan de manera coordinada, el beneficio trasciende las aulas.
Gana el estudiantado, gana la iniciativa privada y gana toda la comunidad tamaulipeca.
LO OSCURO. Mientras los discursos, las conferencias y las redes sociales fabrican escándalos de veinticuatro horas, la geopolítica (la verdadera) se mueve con la paciencia de los siglos.
México descubrió esa realidad en 1848. La firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo puso fin a la guerra con Estados Unidos y modificó para siempre el equilibrio político del Continente.
La pérdida de más de la mitad del territorio nacional representó mucho más que una derrota militar. Inauguró una relación determinada por la geografía. Desde entonces, cualquier proyecto estratégico concebido en Washington ha incluido, ‘para mal o para mal’… a México.
La misma historia ofrece ejemplos. La Doctrina Monroe de 1823 definió a América como espacio de interés estratégico para Estados Unidos. La ocupación de Veracruz en 1914, las tensiones derivadas de la expropiación petrolera de 1938, el Programa Bracero durante la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1994 y su transformación en el T-MEC en 2020 responden a la misma lógica, que significa preservar la estabilidad de la frontera sur de Estados Unidos y garantizar su liderazgo económico en el Continente.
Durante tres décadas, la globalización pareció consolidar un modelo exitoso.
Las empresas trasladaron fábricas hacia donde la mano de obra ofrecía mayor competitividad; el libre comercio multiplicó cadenas de suministro y México encontró en la manufactura el motor de su crecimiento.
Hoy, el 83 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino Estados Unidos. El intercambio comercial entre ambos países supera los 900 mil millones de dólares anuales. Las relaciones económicas más grandes del planeta. Millones de empleos mexicanos dependen directa o indirectamente de ese vínculo.
Sin embargo, el mundo dejó de parecerse al de 1994.
China pasó de convertirse en la fábrica del planeta a disputar el liderazgo tecnológico mediante inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones, baterías eléctricas y desarrollo militar. Rusia volvió a colocar la seguridad europea en el centro del debate internacional. Oriente Medio conserva el control de buena parte de las rutas energéticas globales. El comercio, más allá de representar únicamente prosperidad; adquirió la categoría de instrumento de seguridad nacional.
En Washington se previno esta estrategia antes que muchos de sus aliados.
El concepto de nearshoring jamás consistió exclusivamente en acercar fábricas a la frontera. Representa la construcción de un cinturón industrial capaz de reducir la dependencia asiática.
La revisión del T-MEC, la presión arancelaria, las restricciones tecnológicas hacia empresas chinas, la relocalización de industrias estratégicas forma parte del plan de gobierno norteamericano –sin considerar colores demócratas o republicanos- para asegurar la competitividad de América del Norte frente al ascenso de China.
Bajo esa perspectiva, México deja de ser únicamente un vecino. Se convierte en una pieza estratégica.
Resulta paradójico. El socio comercial más importante de Estados Unidos también es el receptor de los mayores reclamos políticos. Migración, comercio, energía, agua, seguridad y narcotráfico aparecen a diario como asuntos bilaterales, aunque cada uno forme parte de un escenario más amplio.
El caso del fentanilo ilustra esa complejidad.
La narrativa política concentra el reflector sobre México, mientras la realidad dibuja una cadena infinitamente más extensa. Los precursores químicos provienen de Asia; el lavado de dinero utiliza sistemas internacionales; las organizaciones criminales mantienen presencia en decenas de países. Y el mayor mercado consumidor continúa localizado en Estados Unidos.
Cada eslabón alimenta al siguiente. La oferta existe porque la demanda paga. La demanda persiste porque el mercado genera ganancias extraordinarias.
La responsabilidad, entonces, trasciende cualquier frontera. (No es exclusividad de la presidenta).
Estados Unidos descifró que la seguridad constituye un argumento capaz de justificar presiones diplomáticas, revisiones comerciales y mayores niveles de cooperación en inteligencia.
La seguridad se convirtió en el lenguaje político del siglo XXI, del mismo modo que el libre comercio definió las últimas décadas del siglo XX.
Y México continúa respondiendo a las coyunturas sexenales, cuando el momento histórico exige una visión de Estado capaz de proyectarse durante generaciones.
La pregunta jamás ha consistido en descifrar el siguiente mensaje publicado desde la Casa Blanca ni en interpretar el siguiente desencuentro diplomático. La real pregunta consiste en descubrir cuál será el lugar de México dentro del nuevo orden mundial que comienza a construirse.
Y mientras la discusión pública permanece atrapada en declaraciones y confrontaciones personales, las grandes potencias rediseñan cadenas industriales, corredores energéticos y alianzas militares.
La historia ofrece una lección tan incómoda como persistente. Las naciones que entienden el teatro global participan en la partida; las que solamente reaccionan terminan convertidas en el reparto de actores secundarios.
Y la geografía, esa vieja estratega que jamás concede treguas, ya eligió el lugar donde México habrá de jugar durante el resto del siglo.
COLOFÓN: Es Innegable. Somos parte del discurso, de la estrategia y de la Doctrina Monroe. No hay colores… si entendemos eso, podemos construir nuestro desarrollo en esa base política.
@deandaalejandro.

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