Continuamos con la lectura del evangelio de san Mateo, del texto llamado “Discurso misionero”, en el capítulo 10. En este discurso, Jesús indica a sus discípulos la misión que realizarán, como lo escuchamos el domingo anterior; les predice las persecuciones; les pide tener valentía para anunciar la Palabra; los invita a asumir las renuncias que implica ser discípulo, y finalmente les anuncia el premio a la fidelidad. Todo lo que se realiza por Dios y en favor de la evangelización, tendrá su recompensa en esta vida y en la otra, aunque también implicará en el presente algunas dificultades.
Tres veces, en el pasaje del evangelio de hoy, nos repite Jesús su invitación: “No tengan miedo”. Parece como el desarrollo de la última de las bienaventuranzas: “Bienaventurados cuando los persigan”.
Jesús nos anunció varias veces, por una parte, que íbamos a tener dificultades. Los discípulos no pueden tener mejor suerte que el Maestro; ser creyentes fieles en medio de este mundo les va a traer dificultades.
Pero, por otra, nos invita a la confianza, por diversos motivos:
a) lo escondido no quedará así, sino que lo llegarán a saber todos: el tiempo dará la razón a los que la tienen;
b) todos estamos en las manos de Dios: si él lleva cuenta hasta de los cabellos de nuestra cabeza y de los gorriones del campo, cuánto más no cuidará de nosotros, que somos sus hijos;
c) los que persiguen a los discípulos de Jesús podrán matar el cuerpo, pero no el alma; si los cristianos están convencidos de lo que creen y lo que anuncian, los podrán meter en la cárcel, pero nadie les podrá arrebatar la libertad interior; d) el mismo Jesús, ante su Padre, dará testimonio de nosotros si nosotros le hemos sido fieles.
El mejor ejemplo no lo tenemos ni en Jeremías ni en Pablo, sino en el mismo Jesús, objeto de contradicciones, que acabó en la cruz, pero nunca cedió, no se desanimó y siguió haciendo oír su voz profética, anunciando y denunciando, a pesar de que sabía las consecuencias que eso iba a traerle. Así salvó a la humanidad y fue elevado a la gloria de la resurrección.
Cuando se escribió el evangelio de Mateo debía haber ya una larga experiencia de persecuciones en las comunidades cristianas. Por eso él incluye aquí las palabras que dice Jesús a los suyos para que no se desanimen: “no tengáis miedo a los hombres … que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” ni la libertad interior. Más aún: “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo”. Testimonio por testimonio: no quedará sin recompensa nuestra fidelidad a Cristo. Y al revés: “si alguien me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre”. A eso sí que tendríamos que tener miedo: a defraudar a Cristo Jesús en nuestra vida.
Las pruebas y dificultades de la vida no nos deben extrañar ni asustar: ni las que nacen de nosotros mismos ni las que nos vienen de fuera. La comunidad de Jesús lleva un mensaje que, a veces, choca contra los intereses y los valores que promueve este mundo.
No nos tenemos que cansar, ni avergonzarnos de dar testimonio de Cristo, sino seguir anunciando, en lo escondido y a plena luz, a los cercanos y a los lejanos, la buena noticia de la salvación que Dios nos ofrece. No nos desanimemos ante las persecuciones, más bien, pidamos a Dios nos conceda su fuerza y su Espíritu para ser valientes en el anuncio de la fe. Confiemos y no nos avergoncemos de la fe, anunciemos a Cristo con convicción, para que un día nos reconozca en la presencia del Padre.
Paz y Bien

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