Cerca del 86% de los usuarios de internet recurre a un segundo dispositivo mientras ve televisión, según la consultora de mercado GWI, una cifra que entre seguidores de deporte se mantiene alta: el último Sport Fan Insights de Deloitte, basado en una encuesta a más de 3,000 aficionados estadounidenses, encontró que el 77% hace varias cosas a la vez durante los partidos. Análisis de marketing en torno al Super Bowl LVIII calcularon además que el 64% de los espectadores interactuó con contenido en una segunda pantalla mientras veía la final.
La razón es estructural. La transmisión principal pertenece a quien compró los derechos —un grupo reducido de cadenas y plataformas— y el espectador no manda sobre esa señal. La segunda pantalla, en cambio, es territorio abierto, y por él compiten cuentas anónimas que producen memes, ligas con sus aplicaciones, medios deportivos, redes sociales y casas de apuestas. En lo que respecta a las casas de apuestas, сada uno invierte cada vez más en herramientas en directo —streaming propio, momios sincronizados, estadísticas en tiempo real, alertas— para retener al espectador. Esas funciones ya pesan tanto que se han vuelto un criterio habitual en cualquier comparativa de casas de apuestas para las clasificaciones que elaboran los expertos.
La Fórmula 1 enseñó a vender los datos
El automovilismo fue el laboratorio. La Fórmula 1 cobró durante años por una profundidad de información que casi nadie ofrecía: su plataforma F1 TV Premium reúne en una sola pantalla la señal principal, las cámaras a bordo y el cronometraje en vivo mediante la función Multiview, suma el audio de los equipos y permite seguir hasta seis dispositivos a la vez.
Según la propia categoría y su socio tecnológico, Amazon Web Services, cada monoplaza lleva alrededor de 300 sensores que generan cerca de 1.1 millones de puntos de telemetría por segundo. Aquello tenía sentido para el seguidor exigente del muro de boxes. El resto de los deportes acabó replicando el modelo.
Las ligas montaron su propia capa
La NBA es probablemente el ejemplo más nítido fuera del automovilismo. La NBA App superó los mil millones de reproducciones de video en una sola temporada, según cifras divulgadas por la propia liga, y para la campaña 2024-25 sumó una función Multiview que permite ver hasta cuatro partidos a la vez en NBA League Pass, estadísticas interactivas sincronizadas con el juego y “NBA Insights”, una herramienta de inteligencia artificial sobre Microsoft Azure que destaca jugadas y récords en directo.
A esa base se añaden transmisiones alternativas: feeds en español, portugués y coreano, un canal táctico llamado Strategy Stream y otro conducido por exjugadores, HooperVision. La idea es ofrecer al aficionado la versión del partido que prefiera consumir sin abandonar la pantalla principal.
Las cadenas tradicionales respondieron con sobreimpresiones de datos y análisis en vivo. Las ligas europeas y los torneos de la MLS han ido por el mismo camino con sus propias apps. La capa estadística dejó de ser un lujo del especialista; hoy se reparte por defecto.
La conversación se mudó a las redes
La capa social pesa tanto como la de datos. Durante el Super Bowl LVIII, la herramienta de monitoreo Brandwatch registró 2.65 millones de publicaciones de más de 500,000 cuentas, a un ritmo de 11,000 menciones por minuto. La actividad en X creció ese año, según datos de la propia red, un 31% en impresiones, un 41% en publicaciones y un 75% en reproducciones de video respecto al año anterior. La firma de medición Comscore contabilizó 52 millones de interacciones sociales generadas únicamente por el espectáculo de medio tiempo de Usher.
México tiene su propio caso reciente. En el Gran Premio de México 2024, en el Autódromo Hermanos Rodríguez, el tapatío Sergio “Checo” Pérez largó en el lugar 18, recibió una sanción de cinco segundos por una salida en falso, chocó con Liam Lawson y terminó en el sitio 17 sin sumar puntos. Mientras la carrera transcurría en la pantalla principal, X se llenó de memes durante las 71 vueltas: la afición vio la prueba y la comentó en el mismo gesto.
Esa conducta cambia el papel del primer plano. La transmisión informa de lo que ocurre; la red social devuelve al espectador la lectura colectiva de lo que ocurrió, con humor, polémica o reproche, en tiempo casi real.
El que apuesta mira distinto
Una capa más corre en paralelo: la de quien apuesta. Un estudio de la consultora Altman Solon, con 14 mil encuestados, documentó que ese grupo sigue el deporte de forma notablemente más regular que el resto, y no por afición a un equipo sino por interés en el propio pronóstico. El partido se vuelve la verificación de un análisis, y el dinero apostado amplifica la emoción del resultado.
Esa atención no decae aunque el marcador se vuelva abultado. Según datos difundidos por el medio especializado Variety, el 29% de los apostadores sigue atento a un partido sin emoción cuando tiene dinero en juego, frente al 10% de quienes no apuestan.
“El apostador no sigue el partido por el equipo, lo sigue por su propio acierto, y esa expectativa engancha”, explica Artem Mitko, experto de Legalbet, un sitio web que elabora rankings de casas de apuestas y ofrece otra información útil para apostadores deportivos. “Seguir el directo ayuda a leer mejor el encuentro, pero solo si uno no se calienta y empieza a apostar para recuperar lo perdido. Ahí la segunda pantalla deja de informar.” Sus guías de la Escuela de Apuestas insisten en un mismo orden de análisis —motivación, calendario, alineaciones y estado de forma— antes de contrastar las probabilidades con los momios disponibles.
Hincha y apostador no miran igual
La distancia entre las dos capas, la social y la de los momios, es menor de lo que parece. El hincha que abre X para confirmar su lectura del partido —que el técnico se equivocó, que tal jugador no rindió— se parece más al apostador de lo que admitiría: los dos buscan que la realidad les dé la razón.
La diferencia está en lo que ponen sobre la mesa. El aficionado invierte un rato y su orgullo; cuando el partido se decide, suelta el teléfono. El apostador, en cambio, tiene dinero comprometido, y por eso la segunda pantalla funciona para él como un instrumento de control y no como una conversación. Son dos mentalidades que terminan compartiendo el mismo dispositivo.
Una sola acción se volvió varias
Diez años atrás, ver deporte era una sola acción. Ahora la transmisión sigue siendo el centro, pero a su alrededor se ordenan capas que antes no existían: las aplicaciones de las ligas con telemetría y multivista, las redes sociales que devuelven en directo lo que piensa el resto, los datos estadísticos y los momios. La segunda pantalla dejó de ser un añadido. Pasó a ser parte de cómo se mira el deporte.

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