Es realmente maravilloso platicar con una niña de 4 años, sobre todo
para quienes no tuvimos hijas. Mi nieta me ha enseñado a partir de
los 60 años de edad, la diferencia abismal que existe entre la forma de
educar a un varón y a una hembra.
No es una cuestión hormonal, tampoco de estereotipos, es más bien
algo ancestral, mientras en la era inicial del género humano el varón
salía a cazar y debía mantenerse en silencio para lograr su cometido,
la hembra se quedaba en la cueva y debía mantenerse hablando
continuamente para que las fieras no invadieran su propiedad y
perdiera a su descendencia.
Si algo aprendieron las mujeres en 315 mil años, fue a hablar, y lo
practican guturalmente desde antes de aprender a articular palabras,
me consta.
Victoria, así se llama mi nieta, es la verdadera imagen del homo
sapiens, tiene una gran capacidad para inventar, una verdadera
intención de aprender y hace lo correcto al utilizar la música para
comunicar sus preocupaciones.
Realmente me embeleso al escucharla cantar con entonada melodía,
una historia de muchos Coronavirus que tratan de entrar por la
ventana de su casa, la intención sin duda es alejarlos y creo que a
pesar de la manipulación de los números de la Pandemia, ella lo está
logrando.
Ya tendré oportunidad de compartir en mis redes, este esfuerzo social
extraordinario, que en lo personal me brinda la tranquilidad de saber
que ella sola se está cuidando, que se preocupa por los demás y que
en su análisis, al saber que algo tiene que hacer, ella lucha cantando.
Por lo pronto en su estructura mental demuestra saber usar la lógica,
va por buen camino. Sin duda, en el largo trayecto de su educación,
aprenderá a discernir, podrá diferenciar el bien del mal, tendrá la
habilidad de saber que es verdadero y que es falso.
El fin de semana pasado me convertí en su Maestro de Pintura, sus
trazos son burdos, todavía no tiene la destreza suficiente para no
transgredir las líneas que delimitan los colores, ya aprenderá y sin
duda disfrutará mucho el resultado final, pues veo los esfuerzos que
hace por no salirse de los limites, algo que la humanidad todavía no
aprende.
Ver sus ojos azules monumentales cuando califico su trabajo, me
causa una gran felicidad, sobre todo cuando escucha mi critica a lo
realizado, donde de forma sutil desenmascaro los errores cometidos,
pero alabo con firmeza los colores escogidos, entiende entrecerrando
los ojos lo que está mal, pero los abre desmesuradamente al escuchar
que la combinación de tintes fue perfecta y su sonrisa es enorme al
recibir la máxima calificación, 100.
Mi ausencia entre semana provocó un conflicto familiar, al no acudir a
la clase su Maestro favorito, recurrió a su padre para la calificación
respectiva, él, en un exceso de bonhomía lo calificó con 95, ella al ver
la evaluación, tomó su “Coloring Book” y con un mohín soltó el
reclamo: “Coco (así me dice), siempre me pone 100”.
No la veré hasta el mes que entra, pero iré acumulando un 100 cada
día, para tenerle disponibles muchos para ese entonces, su abuela ya
le compró colores nuevos, espero encontrar un libro grande para
dibujar, con objeto de que tenga más espacio para identificar las
líneas, su incursión en el arte sin duda servirá para hacerla aún más
sensible, ya tendrá tiempo en la primaria para enfrentarse a las
matemáticas, a la geografía y a la historia.
El futuro de mi nieta como el de las nuevas generaciones será sin
duda el de ser conscientes de sí mismos, hurgarán en el pasado
gracias a los adelantos tecnológicos con mayor rapidez que nosotros,
planearán su futuro con una visión totalmente diferente a la nuestra.
Sin duda tendrán la habilidad para realizar proyectos que
transformarán al mundo, encontrarán también el equilibrio entre los
dogmas y los preceptos morales, pero sobre todo, aprenderán más
fácil que nosotros, que todos los gobernantes comienzan sus arengas
con una frase muy conocida en su infancia: HABÍA UNA VEZ.
Jorge Alberto Pérez González
www.optimusinformativo.com
[email protected]







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