Para nadie es un secreto que el entramado institucional construido para mantener los equilibrios y las relaciones más o menos simétricas entre países después de la segunda guerra mundial está llegando a su fin. El mundo, en pleno periodo de transición, ofrece oportunidades tanto políticas como económicas, que difícilmente se repetirán.
Ante este escenario el gobierno de México está llevando a cabo acciones principalmente con respecto a las políticas del presidente Donald Trump, que en el corto plazo está dando sus resultados, pero que a mediano y largo plazo no parece ser lo más adecuado.
El actuar de la presidenta Claudia Sheinbaum, con un enfoque de “cabeza fría”, le ha permitido superar muchos de los retos impuestos por Donald Trump. Ha optado por un enfrentamiento no directo- estratégico- con gobierno del vecino del Norte.
Según algunos sondeos de opinión, (bis) el 75% de los mexicanos aprueba el manejo de la presidenta ha tenido ante las amenazas de Trump. Contar a una líder racional como Sheinbaum, ante un Nacionalista muy emocional como Trump es, hasta cierto punto una ventaja.
Sin embargo, esta manera de hacer política, ante la primera economía mundial, perfila resultados poco alentadores a largo plazo.
En el corto plazo, el enfrentamiento estratégico permite ir sobrellevando las vicisitudes políticas, establecer ciertos límites, pero flexibilizar otros, con el objetivo de mantener una relación bilateral sin grandes cambios. Un ejemplo es la imposición de aranceles hasta del 50% a los productos Chinos.
Como en política no hay coincidencias, la medida busca alinear la política comercial de México con la del vecino país del Norte. Dichas acciones buscan imponer en la práctica una barrera comercial de entrada a China al mercado estadounidense, ya que un arancel del 50% eleva considerablemente los precios de los productos chinos.
Si China utilizaba al mercado mexicano, mediante un proceso de triangulación comercial: enviando productos casi terminados para que en México se hiciera el último proceso de finalización y así acceder al certificado de país de origen. Esto le permitía, gracias al tratado de libre comercio firmado entre México y Estados Unidos, acceder al mercado estadounidense sin pagar tarifas adicionales.
Es en última instancia un problema de Estados Unidos. La práctica beneficiaba a México debido al alto volumen de productos chinos que eran terminados con mano de obra mexicana. Sin embargo, alinearse con las políticas económicas del vecino país del Norte conduce, al largo plazo, a la dependencia perpetua y en última instancia, a la subordinación.
Por otro lado, el enfrentamiento directo con nuestro principal socio comercial sería la ruta más rápida hacia el desastre. Entonces ¿Qué hacer? ante tal escenario. Para el gobierno, la ruta a seguir es clara, por lo menos en el discurso: diversificar la economía y fortalecer el mercado interno.
En cuanto a la primera, poner aranceles a la segunda potencia económica no parece ser una manera de diversificar la económica.
En cuanto a la segunda, la estrategia “Hecho en México” es un buen comienzo para fortalecer el mercado interno, aunque es demasiado pronto para evaluar sus resultados.
Debido a los cambios en la manera de como los Estados se relacionan, México se encuentra en un momento clave que requiere de una audacia estratégica que le permita lograr la independencia económica del vecino país del Norte.
Las acciones tomadas hasta ahora son contradictorias, pero como menciona Foucault el gobierno es el punto de encuentro en donde los ciudadanos son gobernados por otros y al mismo tiempo, se articula con la manera en que ellos mismos se gobiernan y ese equilibrio, que conduce a la aparición de los gobiernos es inestable y contradictorio.
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