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Cuando lo mágico te es ajeno

Por: Clara García Sáenz
marzo 20, 2026
in Opinion
Las simulaciones del 8M
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Hace varios meses que no visitaba Ciudad del Maíz, mi pueblo natal, así que aprovechamos el puente de marzo para ir a ver a mi hermano y su familia que viven allá. Este viaje siempre implica rituales gastronómicos y visuales que desde hace muchos años realizamos: salir muy temprano de Ciudad Victoria, pasar a San Rafael carretera para degustar una gorditas pasadas por ceniza, llegar a comer a casa de mi cuñada Felipa ya en el Maíz para disfrutar de su exquisita comida que siempre nos sorprende (mole, guiso blanco, nopales con costilla de puerco, cecina en caldo, etcétera.

Luego disfrutar de la tarde fresca abajo del nogal que ha crecido inmensamente en el patio de la casa, recordando anécdotas y gente del pasado, salir a caminar a la plaza o como le llaman allá al “jardín”, cenar enchiladas maicenses, ir temprano a la misa dominical, almorzar barbacoa, irnos de compras al centro del pueblo para traer chorizo, queso, cecina, espinazo de puerco, orégano y todos los sabores y aromas que extrañamos en Victoria.

Siempre, regresar al origen reconforta el alma, nos recuerda de dónde venimos, nos permite evaluar nuestra vida, retomar nuestros sueños primigenios, volver a ser un tanto niños, venerar a los que ya se fueron y reencontramos con la memoria bendita de nuestros padres.

Sin embargo, en esta ocasión algo cambió; la obsesión de las autoridades porque este lugar tuviera la marca de Pueblo Mágico ha llevado a una trasformación del paisaje

que paulatinamente se empieza a ver maquillado y empiezo a sentir nostalgia por su centro histórico viejo y desaliñado.

Nunca entendí la arquitectura posmoderna de la puerta, que décadas atrás un ocurrente presidente municipal construyó en la entrada del pueblo, en medio de la nada y sin propósito justificado, ahora vandalizada.

No sé el propósito de la construcción de una torre con reloj en la curva de la carretera federal, ya dentro del pueblo; que es una copia barata de la que se encuentra en la plaza principal de Santa María del Río, que no abona en nada a la arquitectura colonial y neoclásica del paisaje del centro histórico.

Más hubiera valido invertir esos recursos en restaurar la maravillosa joya arquitectónica que es el templo de la Inmaculada Concepción, porque ¿Cuál es el sentido de adornar el pueblo con obras inútiles y mediocres que en nada compiten, suman, abonan y enriquecen el patrimonio inmueble del centro histórico?

Ahora, en esta visita me encuentro con las fachadas de la calle principal bien alineadas, pintadas, con grandes y hermosos murales, una banqueta ancha, bien construida, bonita fisonomía para un pueblo mágico que no me fue familiar, íntimo, conocido.

Un pueblo que espera turistas, un pueblo para “ver”, un Pueblo Mágico para vender al visitante, pero no mi pueblo, ese que en su desorden y rusticidad me recordaba mi infancia, a mis padres, a mi raíz. Refugié la mirada en el templo, en sus interiores soberbios, sus retablos impresionantes, sus imágenes inamovibles, ahí el tiempo está detenido, tan intacto como el recuerdo de mi infancia, mi memoria, ahí donde mis muertos se sienten vivos.

Ahora, este pueblo mágico ya no es para mí, sino para quienes quieran sorprenderse con su belleza, ya ajena. Pero los retos son grandes y las mejoras solo de apariencia, el pueblo entero está sufriendo una terrible escasez de agua, que por décadas nadie ha querido ni ha podido resolver y que en los últimos años parece haberse agudizado.

El asunto es que los turistas nada más no llegan, hay que competir con otros 176 pueblos mágicos diseminados por todo México, la evidencia fue ver el hotel donde nos hospedamos vacío en el fin de semana largo.

Y el atractivo dominical, un tianguis de ropa de segunda en el jardín que contradice la imagen del Pueblo Mágico donde la historia y tradición debería ser sus principales símbolos.

Reencontrarme con la calle de mi infancia ya no será posible, aunque los viejos santos de la iglesia sigan inamovibles, las calles de la periferia sigan intactas y los sabores de su cocina se conserven, algo se ha perdido en aras de vender un paisaje maquillado y un pueblo que no ha podido resolver por décadas sus problemas básicos.

Ahora Ciudad del Maíz es un Pueblo Mágico entre un montón de pueblos mágicos, donde los turistas no llegan y quienes vamos hasta ahí, lo hacemos buscando nuestras raíces y memoria que empiezan a desaparecer en aras del progreso económico prometido que simplemente no se sabe cuándo llegará.

E-mail: [email protected]

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