Conmovido, el general Ricardo Trevilla Trejo, secretario de la Defensa Nacional, cerró su intervención proponiendo que la captura y muerte de El Mencho era muestra contundente de la fuerza del Estado mexicano. Sí, pero no.
El Estado nuestro, el que constituía la proeza mexicana del siglo XX, a decir del historiador Héctor Aguilar Camín, no puede presumir de fortaleza alguna cuando es fiscalmente pobre, cuando buena parte de sus haberes registran los niveles más bajos de nuestro continente y de la OCDE y, cuando los hechos mismos de la referida captura, puestos en perspectiva, delatan una fragilidad institucional formidable.
El país entero calló y se declaró inmóvil, trayendo silencio mortuorio a calles y escuelas ante el deceso de un criminal buscado y vuelto a buscar por más de una década.
Así que Estado fuerte no tenemos más; una de sus alas, la que resumimos como Sedena, se mostró más que eficaz, pero sus frutos no hacen sino poner de relieve las otras muchas carencias y fragilidades que rodean y corroen ese otrora más que poderoso aparato de dominación, encauzamiento, apertura de avenidas para el desarrollo y, sí, ciertamente, represión y arreglo de –y entre– camarillas burocráticas. El “ogro filantrópico” a decir del poeta Paz.
Del Estado como instrumento elemental del dominio de una clase, las sociedades pasaron a la construcción de diversas especies de Estados sociales, inspirados por la proeza británica del Welfare State, Estado de bienestar, que ofrecía protección para todos “de la cuna a la tumba”, feliz y promisoria frase de Lord Beveridge que se volvió divisa de contienda durante la guerra fría y, a la vez, resultó ser una poderosa palanca de reconstrucción social e institucional.
En varios países europeos formaba parte de la plataforma reformadora de la segunda posguerra que prometía que “aquello” (la guerra, la dictadura nazi fascista) no se repitiera jamás.
En parte inspirados en estas enormes empresas de reforma capitalista, que en su momento encabezara el gran presidente Roosevelt en Estados Unidos de América, en muchos de nuestros países se emprendieron una serie de proyectos de reforma, faros que alumbraban aquella magna tarea de (re)construcción de un orden apabullado por la guerra y la caída estrepitosa de las democracias. Luego vino el recrudecimiento de la disputa global y nada menos que en nuestras costas se buscó una transformación total con sentido comunista.
La descubierta de esta ambiciosa marcha caribeña fue siempre, hasta su derrumbe, la creación de un Estado protector con alcances universales.
Cuba fue así, por varios lustros, fuente de aliento y atracción de revolucionarios de diverso origen y horizonte, hasta que aquellas ofertas de redención toparan con la crueldad de la penuria y la inepcia que siempre rodea y distorsiona horizontes, carentes de visiones históricas que se hagan cargo de realidades complejas y veleidosas, que no obedecen receta alguna, que sólo la soberbia burocrática puede presentar como pasajera.
En el centro de nuestros sinsabores y desventuras, reaparece aquel “figón maldito” del Estado, como alguna vez lo llamara el filósofo francés Henri Lefebvre, cuyo concurso es necesario para evitar que las comunidades pierdan rumbo y reflejos y tiendan a hacer de la anomia la fuente de sus esperanzas de redención. Sabemos que no es así y que persistir en esta suerte de tránsito sin coordenadas ni objetivos sólo deriva en la descomposición política y mental, y en la ruina económica y social.
Salir al paso de esta demolición entrópica, que agobia y ofusca, es y será tarea de muchos, suma de voluntades. Un gradualismo, redefinidor de esfuerzos, que tenga como sendero mayor la construcción de una sociedad pacífica y de respetuosa reciprocidad, dialogante y plural, podrá tener en un Estado social sólido un soporte maestro de articulación e innovación, promotor de un desarrollo basado en objetivos de igualdad con democracia, que nos urge.

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