La casa del viejo se está cayendo a pedazos, ya casi no resiste el abandono al que está siendo sometida y el paso del tiempo, tan inexorable, muestra ya las grietas que el matiz ocultó por tanto tiempo.
Se acabó la alegría que ahí se reunió, la falta del dueño ha convertido en gris lo que antes fue de brillantes colores.
Pero todo esto fue fácil predecirlo, pues aún antes de que el viejo se fuera, eran pocas las visitas que la prole prodigaba.
La enorme mansión, que hoy luce cual bodega abandonada, ya no la recorren los chicos sonrientes, es más, los más chicos ni siquiera la conocen. A pesar de lo prolijo, el viejo no supo dejar su cuidado en buenas manos.
Las manchas se notan, poco puede hacerse cuando la humedad penetra, y nadie, absolutamente nadie, se percató en un principio, de lo que el viejo sufría.
El hombre puso todo su empeño en hacer grande la casa, en dejar los cimientos fuertes, en mostrar la fortaleza construida con el esfuerzo propio, pero los hijos a veces resultan tan ingratos, que la máxima obra del viejo no representa para ellos nada, absolutamente nada.
Los cuidados que el viejo tenía no fueron imitados por la descendencia y el hermoso jardín se convirtió en un desierto, pero solo en ciertas partes, pues otras se convirtieron en bosque, gracias a las fugas de agua que por ahí surgieron.
Las viejas murallas de la enorme mansión hoy parecen paredes de cárcel vieja, su enorme altura, que impidió por siempre la mirada de intrusos, hoy luce desgastada, gris y sucia.
Pudiendo ser un albergue, su tamaño impone condiciones, y aunque no tiene valor sentimental, seguramente el terreno vale mucho y en dólares, pero lo que ahí se asienta es la ausencia pura y verdadera de todo lo que se relacione con la palabra: Amor.
Los buenos oficios se fueron perdiendo y a la muerte del Don, la rebatinga no incluyó su máxima obra. Como suele suceder, la liquidez siempre resulta mejor.
A nadie de la familia parecer preocuparle el desmoronamiento continuo, mientras otros, los antiguos enemigos, gozan con el espectáculo del deterioro y sueñan con la posibilidad de ir a recoger los pedazos, a cambio de una bicoca.
Se pueden heredar muchas cosas, pero no se pueden heredar los sueños, estos para que sean auténticos deben de ser propios, y en esto influye en mucho, la ley de la oferta y la demanda.
El viejo soñó siempre en grande, grandes fueron sus logros y también grandes sus fracasos, grande fue la casa que lo protegió del sol, altos los techos que impidieron que la lluvia lo mojara y también grandes las tapias que pocos, muy pocos, pudieron brincar.
El abandono de hoy permite que los intrusos ingresen a la vieja casona, las paredes están siendo horadadas ante la mirada incrédula de los viejos vecinos.
Los cimientos están a punto de colapsar, pero ninguno de sus hijos lo quiere entender, las manos extrañas y ambiciosas están cavando sin control, buscando tal vez lo que el viejo sembró, pues antes, sí, mucho antes, la gente acostumbró a esconder bajo tierra los grandes tesoros.
Es una lástima, porque no es una, son muchas y de diferente estirpe, en cada rincón del viejo casco antiguo se escucha el lamento de quienes lo admiraron, se está cayendo LA CASA DEL VIEJO.

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