Lo ocurrido la madrugada del sábado del 3 de enero en Venezuela marcó un episodio que, aunque no novedoso en esencia, si lo es en la forma: el descaro con el cual se hace no tiene precedentes. Trump sin ningún tapujo declaró que Venezuela le debe entregar entre 30 a 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos. Además, anunció que las empresas estadounidenses remodelarán las instalaciones petroleras venezolanas con el fin de explotar directamente el hidrocarburo.
Por si fuera poco, también ha mencionado que no le dará su apoyo a la disidente y líder de la oposición venezolana María Corina Machado y sentencia diciendo que una transición política en Venezuela “por el momento” no es prioridad, este entrecomillado es importante: ya que, si la situación política se polariza aún más, entiéndase si no se le da acceso al petróleo entonces su prioridad sería cambiar de régimen.
Antes había un esfuerzo por la parte agresora de justificar sus acciones enarboladas en causas “nobles”, como impedir que las armas de destrucción masiva cayeran en manos de terroristas, justificación para la guerra en Irak.
Ahora, ya no es necesaria justificación noble. Los tiempos actuales de incorrección política son reflejo de un cambio mucho más profundo, ese cambio tiene nombre propio y se llama cesarismo -más adelante se aborda el fenómeno-. Lo que hay que dejar en claro es que el no respetar las reglas y llevar a acabo una acción militar de manera unilateral no algo nuevo.
La primera vez ocurrió en 1992 cuando la OTAN decide de manera unilateral bombardear la antigua ex Yugoslavia sin autorización del consejo de seguridad de la ONU. Desde entonces, el orden institucional creado tras el final de la segunda guerra mundial basado en reglas e instituciones como el Banco Mundial, la ONU y el Fondo Monetario Internacional se encuentra en crisis.
El orden institucional creado después de la segunda guerra mundial había creado las bases para que los países convivieran de una manera más o menos orgánica, es decir armoniosa, actualmente ese sistema entró en crisis. Actualmente vivimos un cambio de época que Gramsci definía de la siguiente manera “lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer” las señales de este cambio son evidentes:
Crisis de legitimidad política: producida cuando múltiples grupos sociales no reconocen a los líderes políticos tradicionales como representantes propios. En otras palabras, la crisis, ante la sociedad, es de los partidos políticos y del sistema que los respalda.
Nuevas formas de conducción política: a través de un líder carismático que realiza soluciones arbitrarias de problemáticas políticas de carácter catastrófico. En otras palabras, el líder plantea su solución en tono de emergencia ante una situación que amenaza la existencia de su país.
Ruptura de la legalidad institucional: Los parlamentos y las instituciones pierden poder el cual es concentrado en el líder político, bajo esta nueva configuración el líder toma atribuciones más allá de las permitidas por su marco regulatorio legal.
Relación casi mística con la masa. La fuerte personalidad y las resolutivas soluciones a problemáticas añejas establecen un fuerte vínculo con la masa a un nivel cuasidivino.
El momento de inestabilidad actual del sistema internacional permite suplantar el derecho por el uso de la fuerza como nueva forma de relación entren los Estados. Si no se actúa con coordinación y prontitud frente a las acciones de Estados Unidos, el fin del derecho se vislumbra en el horizonte.
Si la fuerza se normaliza y se convierte en el nuevo derecho el orden institucional que dio forma al mundo durante ocho décadas dejará de existir y ante nosotros emergerá, posiblemente, una nueva forma de feudalismo.
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