Hermanos en Cristo el Señor, han pasado cuarenta días desde la resurrección. Tras resucitar, Jesús dedicó momentos para preparar a sus discípulos para su Ascensión. Les dijo que iba al Padre, pero les aseguró que no los abandonaría y que su partida sería una bendición.¿Cuál es, entonces, el significado de la Ascensión para nosotros?
Primero, cuando Jesús ascendió, nos dice que el CIELO es real. En la Segunda Lectura, Pablo explica: «Cristo no entró en un santuario hecho por manos humanas, copia del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante Dios en nuestro nombre. Jesús fue al cielo, a la casa del Padre, para prepararnos allí un lugar. E incluso ahora, Jesús ora al Padre por nosotros para que tenga misericordia de nosotros y nos permita entrar al cielo en su tiempo más perfecto».
Esto es muy importante para nosotros. Estamos vivos hoy no solo por la buena salud y la medicina. Estamos vivos porque el Padre escucha a Jesús y nos da la oportunidad de cambiar nuestro comportamiento, de ser mejores y de prepararnos para entrar al cielo. ¿Qué hacemos con el tiempo que tenemos? ¿Estamos agradecidos de estar vivos? ¿Cómo expresamos nuestra gratitud a Dios? ¿Solo le damos gracias en nuestros cumpleaños?
Cuando decimos que celebramos la vida, ¿solo la disfrutamos? San Pablo nos aconseja: «Acerquémonos con corazón sincero y con absoluta confianza, purificados nuestros corazones de mala conciencia y lavados nuestros cuerpos con agua pura». En otras palabras, dado que la Ascensión del Señor nos asegura que Jesús ora al Padre por nosotros para que podamos entrar al cielo, tenemos que hacer nuestra parte para prepararnos. Tenemos que ser limpios. Tenemos que ser puros. Tenemos que retribuir, ya que hemos recibido mucho.
En segundo lugar, la Ascensión del Señor nos capacita para ser TESTIGOS cotidianos. Cuando Jesús ascendió al Padre, no solo nos preparó un lugar, sino que también nos hizo sus testigos. Somos testigos de Jesús para los demás. Lo compartimos a quienes conocemos. San Lucas capta muy bien este mandato: «Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».
Debemos tener claro que no solo el sacerdote o el religioso son quienes proclaman el Evangelio y llevan a Jesús a la gente. Cuando hacemos bien nuestro trabajo, según nuestros uniformes y puestos, también proclamamos el Evangelio. Con nuestros pensamientos, palabras y acciones, podemos ser testigos siempre que defendamos la verdad y el bien.
¿Cómo nos va en este sentido? No tengamos miedo de luchar por lo que es justo. No sintamos vergüenza de orar en público ni de hablar de Dios. Finalmente, la Ascensión del Señor nos invita a esperar al ESPÍRITU SANTO. En nuestro Evangelio de hoy, tras la ascensión de Jesús, los discípulos no se dispersaron. «Le rindieron homenaje y regresaron a Jerusalén con gran alegría, y estaban continuamente en el templo alabando a Dios».
Esperar al Espíritu Santo no es quedarse de brazos cruzados. Esperar al Espíritu es valorar la vida de oración, porque es allí, en el silencio, cuando nos consagramos y dedicamos tiempo al Señor, que comenzamos a comprender su voluntad para nosotros.
¿Cómo oramos? ¿Tenemos prisa? ¿Acaso oramos y buscamos su consejo? ¿Será que, en nuestras ocupaciones, nos hemos olvidado de Dios y hemos decidido afrontar todo por nuestra cuenta? Oremos, pero oremos escuchando primero a Dios. El Espíritu Santo nos conectará con el Padre y el Hijo, y esa es toda la ayuda que necesitamos.
Queridos hermanos y hermanas, la Ascensión del Señor es una buena noticia para nosotros. Nos dice, primero, que el cielo es real y es nuestro hogar. Segundo, nos dice que somos testigos cuando proclamamos el Evangelio con nuestra vida. Y, finalmente, nos dice que el Espíritu Santo viene, pero debemos esperar no solo con paciencia, sino con oración, permitiendo que Dios nos hable y nos guíe.
Con mi oración, cercanía y gratitud.
Pbro. Andrés Figueroa Santos







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