(Sofonías 3,14-18; Salmo Responsorial tomado de Isaías 12;
Filipenses 4,4-7; Lucas 3,10-18)
El tercer domingo de adviento es conocido también como domingo de “gaudete” o del gozo. La Iglesia nos invita a alegrarnos porque ya está llegando el Señor. Por eso la Liturgia nos habla hoy de alegría, de esperanza, de paz. Esta alegría se refleja de una manera profunda en la segunda lectura. Es como una invitación, un imperativo, que se conecta también con la primera lectura que dice “da gritos de júbilo, gózate y regocíjate…porque el Señor, tu Dios, tu poderoso salvador, está en medio de ti”.
La alegría cristiana
“Alégrese siempre en el Señor; se los repito, alégrense” (Filipenses 4,4-Segunda lectura). “Para los cristianos, la alegría no es el resultado de una vida fácil y sin dificultades, o algo sujeto a los cambios de circunstancias o estado de ánimo, sino una profunda y constante actitud que nace de la fe en Cristo” (Vicente Bosch, Opus Dei). Como decía nuestro Obispo en una homilía: Dios nos ha creado para ser felices (alegres), para alcanzar la realización plena en Cristo, y para vivir en comunión.
En los Evangelios se nos narran muchos encuentros con Cristo que son fuente de alegría: Juan el Bautista en el seno de su madre Isabel cuando llega María embarazada de Jesús, los pastores a quienes se les anuncia el nacimiento del Salvador, los Magos al volver a ver la estrella que les conducía al Rey de los Judíos, la viuda de Naín al ver resucitado a su hijo, Zaqueo que al encontrarse con Jesús se desborda en alegría y comparte un banquete, los discípulos de Emaús al reconocer al Maestro como compañero de camino, etc.
¿Cuál es su naturaleza? Es una pasión producida por el encuentro con aquello o aquél que se ama. Gálatas 5,22 la considera un fruto del Espíritu Santo. De esta manera, la alegría cristiana es consecuencia de poseer a Dios por la fe y la caridad.
¿Cuál es su fundamento? Decía San Josemaría Escribá de Balaguer que “Si nos sentimos hijos predilectos de nuestro Padre de los Cielos, ¡que eso somos!, ¿cómo no vamos a estar siempre alegres? -Piénsalo” (Forja, no. 266). Por eso la alegría del cristiano nace de saberse hijo de Dios, hijo amado del Padre. Continúa diciendo “La alegría es consecuencia necesaria de la filiación divina, de sabernos queridos con predilección por nuestro Padre Dios, que nos acoge, nos ayuda y nos perdona” (Forja, no. 332).
¿Cuál es su contrario? Es la tristeza, causada por no poseer el bien amado. El Papa Francisco dice que “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza con la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (Evangelii gaudium 2)
Ahora, debemos decir que la alegría es compatible con circunstancias dolorosas, dificultades y adversidades. Lo vemos en muchos santos que, a pesar de estar pasando por la cruz o cercanos a la muerte, su semblante, su actitud, su temple era la fortaleza y la alegría de saber que Dios estaba con ellos y que ellos eran sus hijos.
El Evangelio de hoy
Debemos considerar que se divide en tres partes: la primera parte es una llamada a la conversión (Lucas 3, 1-9). Ante esta invitación los oyentes le preguntan a Juan el Bautista “¿Qué debemos hacer?”. Ante ello el profeta los invita a practicar la caridad (dar una túnica si tienes dos, e igual con la comida). Después, para quien acepta entrar en esta dimensión se le ofrece el bautismo con agua, diferente al bautismo con fuego que traerá Jesús.
El Bautista era un hombre alérgico a la falsedad: predicaba el arrepentimiento, la conversión y la apertura a la venida del Señor, dice el Papa Francisco. El Bautista acompaña nuestra vivencia del Adviento con su palabra, con sus gestos y con su propia persona. Sus palabras son fuertes, directas y verdaderas. Sus gestos nos hablan de la sencillez, de qué es lo más importante, nos indican hacia dónde debemos apuntar nuestros pasos y nuestra vida. Su persona nos habla de un hombre que tiene como misión “preparar el camino del Señor”; es un catequista, un mistagogo.
Queridos hermanos: la Palabra de Dios de este domingo nos invita a ponernos en movimiento. ¿Cómo? Primero reconociendo que somos pecadores y aceptando la llamada a la conversión. En estos días observamos el bullicio de la gente: preparando las posadas, la cena de navidad, la visita de los familiares, vemos luces y adornos por todos lados; pero no olvidemos lo fundamental…hacerle un espacio, un lugar en nuestro corazón y en nuestra familia a Jesús que viene para ofrecernos la salvación.
Esta espera debe darse en la alegría de aquél que espera con gozo la venida de alguien importante, querido, esperado, anhelado. ¿Cómo se puede ejercitar esta alegría? Pues en la medida que profundicemos en nuestra filiación divina: somos hijos de Dios. En la medida que le creamos a la Palabra de Dios.
Conversión que nos lleva a la alegría. Pero está un tercer elemento: acompañar nuestra preparación con gestos concretos, con actitudes hacia el prójimo, en este caso, la práctica de la caridad. Nadie es tan pobre que no tenga nada que ofrecer y nadie es tan tico que no tenga ninguna necesidad. Así que busquemos compartir nuestra conversión y alegría aliviando las necesidades de tantos hermanos que en estos días se sienten solos, que no tienen lo esencial para vivir, que necesitan de nuestro testimonio y nuestra cara alegre porque sabemos que la Navidad es Jesús entre nosotros.
Que tengan un bendecido domingo. Cordialmente: P. José David Huerta Zuvieta






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