Muy apreciado lector, en este domingo de la Santísima Trinidad (Ciclo B), la Palabra de Dios nos enriquece con el Libro del Deuteronomio (Deu 4,32-34.39-40); el Salmo 32 (Dichoso el pueblo escogido por Dios); la carta de san Pablo a los Romanos (Rom 8,14-17); y el Evangelio de San Mateo (Mt 28,16-20). El tema central: la Santísima Trinidad es el Misterio de amor en el que debe sumergirse cada persona para que quede empapado del amor y del proyecto de Dios.
Deseo compartir esta reflexión en tres pequeños apartados:
El contexto de este domingo. Con la celebración de Pentecostés hemos concluido el tiempo de pascua, y aunque hemos re-iniciado el tiempo ordinario, lo hacemos reflexionando y celebrando el Misterio más grande del cristianismo; el Misterio de amor perfecto: la Santísima Trinidad.
Aclarando que, bíblicamente, ¨misterio¨ no es algo que no se pueda explicar, sino aquella realidad que es imposible agotar. Por más que intentemos, la experiencia de amor humano es muy limitada para entender el amor perfecto de Dios.
En este re-inicio del tiempo ordinario también celebraremos algunas otras fiestas importantes como: Corpus Christi, el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María, además de ya haber celebrado en esta semana a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Todas estas fiestas nos ayudan a hacer nuestro y acercarnos al amor de Dios.
Lo vuelo a repetir, intentaremos solo hacer un pequeño acercamiento al Misterio de amor que es la Trinidad, como seres humanos, jamás nos alcanzará para comprenderlo en plenitud. Eso solo será posible en la vida eterna.
Encuentro, Envío, Promesa, Presencia, Paciencia. Mateo concluye su Evangelio con un relato de encuentro, envío y promesa de Jesús a sus discípulos. La presencia de Dios en el mundo, una vez que los cielos se han abierto y Jesús se ha encarnado, es definitiva, pues su nombre es “Emmanuel” es decir, “Dios con nosotros”.
El encuentro fue en Galilea, donde Él comenzó la misión; y en un monte, como cuando Dios congregó a su pueblo en el Sinaí. En este encuentro Jesús constituye al nuevo pueblo mesiánico que continúa su misión. Es el momento del nacimiento de la Iglesia.
El envío que reciben los discípulos es continuación y participación de la misión de Jesús; pero ahora, la misión se extiende a todos los hombres y mujeres del mundo, no solo al pueblo de Israel. El fin de la misión es hacer discípulos, es decir, que el encuentro permita una relación personal y un seguimiento (sumergirse en el bautismo).
La promesa se cumple con las palabras: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Estas últimas palabras de Jesús son una invitación a volver al principio del evangelio, para escuchar de nuevo sus enseñanzas y contemplar sus signos (milagros) como resucitado. El Señor resucitado no se ha ido, permanece con nosotros.
La presencia de Dios en todo momento y en todo lugar es la fe que ha animado a las comunidades cristianas desde sus inicios. No estamos solos, Él está con nosotros. Olvidar o dudar que Dios está con nosotros es arriesgarnos a debilitar la raíz de nuestra esperanza.
La paciencia cristiana no consiste en adoptar una postura de dimisión ante la vida. Al contrario, el hombre la y la mujer pacientes resisten activamente a las adversidades, manteniendo un espíritu firme y fuerte ante el desgaste de los años. Hemos de aprender a respetar el ritmo de la vida, y nunca olvidemos que los tiempos de Dios, son siempre perfectos; y que Él siempre va con nosotros.
Y todo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. He aquí la revelación más accesible de Dios y de su misterio trinitario. La Trinidad no sólo es el ideal y modelo de unión, diversidad y comunión que la Iglesia debe intentar realizar entre sus miembros; es también la fuente de nuestra vida e identidad cristiana.
Dios, en su misterio más íntimo y en su revelación más honda, no es soledad sino familia; lleva en sí y nos comunica paternidad y maternidad, filiación y amor vivo y creativo.
La Santísima Trinidad es la mejor expresión para comprender nuestra vida en Cristo como encuentro, envío, promesa, presencia y paciencia.
Romper nuestros muros, para seguir a Jesús; ir al mundo y encarnarnos, para descubrir lo que somos y lo que estamos llamados a ser; consagrarnos al Dios de Jesús, para experimentar su revelación y compañía.
Así pues, si queremos acercarnos un poco al Misterio de la Trinidad, aunque sea de manera débil e imperfecta, podemos hacerlo cuando experimentamos el deseo de amar o de ser amados, o también, cuando somos capaces de saborear el amor sincero y transparente.
El misterio de la Santísima Trinidad nos recuerda que todo amor verdadero, por humilde que sea, tiene en su interior, sabor de Dios.
Estimado lector, pido a Dios te bendiga y te conceda todos los deseos y anhelos de tu corazón, además de que nos conceda el don de sabernos siempre amados por Dios, y ese amor lo hagamos efectivo en nuestra propia vida. Bendecido domingo, y por favor, no te olvides rezar durante toda esta semana para que tengamos un proceso electoral en paz.







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