El día que se inauguró el Museo del Mezcal en San Carlos, Tamaulipas, hubo una
multitud de personas que asistieron; había entre los invitados, funcionarios de
primer nivel del gobierno del estado, así como un ramillete de diputadas locales
llamativas en su aspecto físico y que se notaba desde lejos que traían junto con los
funcionarios una parranda que habían empezado desde temprana hora.
Un día antes, la Secretaría de Desarrollo Económico informó al equipo
museográfico que no podrían estar todos en la inauguración porque la lista de
invitados ya estaba completa y los accesos estarían controlados, así que pidieron
una lista con pocos nombres para autorizarla. Se colocó una malla sombra en el
patio del edificio que alberga el museo y se dispusieron mesas para un banquete de
200 personas.
Cerca del mediodía, los lugares se llenaron, pero las puertas de las salas de
exhibición permanecieron cerradas hasta la llegada del gobernador, que después
de develar una placa inaugural que pusieron cuidadosamente al nivel de su estatura
“para evitar que se agache” según dijeron los expertos de logística, entró a recorrer
la exposición museográfica, permitiéndosele a unas cuantas personas más
acompañarlo, cerrando el acceso para mayor seguridad y un cómodo recorrido.
El equipo encargado del discurso museográfico se preparó con varios guías,
el plan era que, al salir el gobernador del recorrido de las salas, se condujera al
resto de los invitados en grupos de 10 personas para hacerles la visita guiada.
Pero cuando el gobernador salió al patio, todos los invitados se apresuraron
a aplaudirle, para entonces ya se había servido suficiente mezcal; así, la euforia y
la tristeza de un sexenio que moría se juntaron.
Ese fue el momento de gloria del Museo del Mezcal, al salir el gobernador de
las salas de exhibición museográficas, las puertas se cerraron (hasta el día de hoy
así permanece), porque nadie de sus acompañantes o invitados pidió hacer el
recorrido; bebieron, comieron y se fueron.
Días después me enteré que ninguna autoridad, ni ningún mezcalero
artesanal (esos a los que los comercializadores les compran el producto a bajo
precio, para después de ponerles sus etiquetas y venderlos en tiendas de lujo a un
alto precio), ni nadie de la comunidad de San Carlos y San Nicolás había sido
invitado al magno evento.
Desde entonces las puertas del Museo permanecen cerradas, nunca nadie
ha vuelto a visitarlo y a casi un año de este suceso el edificio se encuentra
abandonado y se ignora la condición en la que se encuentran las piezas que ahí se
exhiben, que van desde el periodo prehispánico hasta la actualidad.
Tal parece que nadie tiene ni el interés, ni la preocupación de lo que pasa
con esa obra millonaria y, aunque la Universidad Autónoma de Tamaulipas ha
manifestado su preocupación por ese patrimonio cultural, las agendas federales y
estatales simplemente no se empatan en un acuerdo, perdiéndose en asuntos de
cumplimiento de leyes y “gestión planificada”.
La historia la traigo a la memoria porque hace algunos días estando en San
Carlos en un taller de patrimonio cultural con los niños del lugar, les pregunté en un
ejercicio de reconocimiento de sus tesoros arquitectónicos el nombre de los edificios
más bonitos de su pueblo y la mayoría me contó que tenían un Museo del Mezcal y
a la pregunta de ¿cuántos lo habían visitado? respondieron que nadie lo conocía.
Me sorprendió el orgullo que mostraban cuando hablaban de que tenían un museo.
Viendo las fotos del Festival del Mezcal que se realizó hace algunos días en
Ciudad Victoria, reconocí varias caras de comercializadores que se abrazaban
gustosos con el gobernador anterior el día de la inauguración del museo y que ahora
posan con las nuevas autoridades, entonces recordé a los niños de San Carlos que
esperan algún día conocer el museo.
Pero ¿a quién le importa eso? Si por sobre todas las cosas hay que ser
policías del patrimonio cultural, evitando que se use esa inversión millonaria para
disfrute de una población que pocas cosas tiene para su distracción en San Carlos;
si no hay tiempo para empatar agendas y tomar acuerdos que beneficien a la
población.
Sí, poco importa la comunidad, la promoción de la cultura, la conservación
del patrimonio, la preservación de la memoria y el fortalecimiento de la identidad
ante la hoguera de las vanidades estatales y federales que, en busca de la
eficiencia, pierden la sensibilidad.
E-mail: [email protected]

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