La Liturgia de hoy nos propone para nuestra reflexión los siguientes textos: Hechos 6,1-7; Salmo 32; 1ª carta del apóstol San Pedro 2,4-9 y el Evangelio de San Juan 14,1-12. Yo me quiero detener en el tema de la paz.
El evangelio de este domingo está situado en los llamados discursos de despedida. Jesús se está despidiendo de sus discípulos en torno a la última cena porque viene la hora de la Pasión. Y en este ambiente de cercanía, de amistad, de intimidad, les deja su testamento, aquello que considera fundamental para que ellos continúen su misión y sigan unidos a Él y al Padre. Y un elemento de éste son las palabras “no pierdan la paz”.
Una enfermedad, la falta de trabajo, la muerte de un ser querido, un robo, la violencia que vivimos en nuestro país y en nuestro estado, el miedo a un futuro incierto, no tener claro el camino y la meta hacia donde vamos y muchas otras situaciones que vivimos al interior de la familia y en nuestra sociedad nos pueden dejar inquietos y robarnos la paz. Y hoy Jesús en el Evangelio nos invita a la confianza, recordando también aquel texto de Mateo que dice “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (28,20).
“Les dejo la paz, mi paz les doy; no la doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde” (Jn 14,27), “no los dejaré huérfanos” (Jn 14,18) dirá más adelante. Por eso la paz es un fruto de la Pascua: es desarmar el corazón y llenarlo de serenidad, es deshacer las rigideces y apagar las tentaciones de agredir a los demás, es recordar que somos hermanos y no adversarios, es la fuerza para perdonar, para recomenzar. Pero esta paz no la podemos lograr con nuestras fuerzas, sino que es un don de Dios que es posible con la ayuda del Espíritu Santo (Papa Francisco, 22 de mayo de 2022).
En la primera lectura aparece una necesidad en la Iglesia naciente, y era la urgencia de elegir varones para ser consagrados como diáconos y que ayudaran en la atención de la comunidad. Esto nos recuerda que todos estamos llamados a construir la Iglesia, a poner nuestros carismas, dones y talentos al servicio de los demás. Hoy necesitamos misioneros, cristianos que asuman su compromiso bautismal y sean artífices y tejedores de la paz. Primero en nuestros corazones, luego en nuestro entorno más cercano como la familia y después en la sociedad como miembros de ella.
La segunda lectura nos recuerda la dignidad que tenemos como hijos de Dios, necesaria para lograr la paz. Dice “ustedes son estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad […] son piedras vivas, que van entrando en la edificación del templo”. Cuando negamos, olvidamos o invisibilizamos nuestra identidad, entonces podemos caer en los más bajos instintos hacia los demás: los violentamos, los dañamos, los aplastamos, etc. Solo podemos construir un mundo mejor si nos reconocemos como iguales, pero sobre todo, como hermanos.
El Papa Francisco hacía un llamado a todos los hombres, diciendo: “Necesitamos al Crucificado Resucitado para creer en la victoria del amor, para esperar en la reconciliación. Hoy más que nunca lo necesitamos a Él, para que poniéndose en medio de nosotros nos vuelva a decir: ¡La paz esté con ustedes! ¡Dejemos entrar la paz de Cristo en nuestras vidas, en nuestras casas y en nuestros países!” (Papa Francisco 17 Abril 2022). Esta es la invitación que deseo resuene en nuestros corazones y en nuestra vida.
Jesús nos invita a no perder la paz, porque quien lo recibe a Él, recibe este don, que luego deberá compartir con los demás y construir relaciones que reflejen la armonía de ser una familia, la familia de Dios, sus hijos predilectos. Pensemos: ¿somos constructores de paz?, ¿en nuestras familias promovemos el diálogo y la armonía?, ¿qué podemos hacer para tener una ciudad, un estado, un país y un mundo donde reine la paz?. La respuesta está en pedir este don al Señor y recibirlo en el corazón.
Que tengas un bendecido domingo. Saludo especialmente a las mamás, que este próximo miércoles celebrarán el don de la maternidad (día de las madres). Que Santa María virgen las proteja siempre y les ayude a imitarla.
P. José David Huerta

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