Muy apreciado lector, en este quinto domingo de cuaresma (Ciclo A), la Palabra de
Dios nos enriquece con el Libro del profeta Ezequiel (Ez 37,12-14); el Salmo 129
(Perdónanos, Señor, y viviremos); la carta de san Pablo a los Romanos (Rom 8,8-11); y el
Evangelio de San Juan (Jn 11,1-45). El tema central: en el proyecto creador de Dios las
personas no están destinadas a la muerte, sino a la vida plena y definitiva.
Deseo compartir esta reflexión en cuatro pequeños apartados:
El contexto de este domingo. Teniendo de fondo los signos del Evangelio de Juan,
hemos constatado y reflexionado sobre nuestro bautismo: el ‘agua’, con la samaritana; la
‘luz’ con el ciego de nacimiento, además de la ‘unción’ del Rey David; este domingo se nos
presenta el tema de la ‘vida’.
La reanimación de Lázaro es una gran catequesis sobre la vida y la fe en la
resurrección. De todos los signos que hizo Jesús este es el más importante. Constituye el
último de los siete (signos) elegidos por Juan para manifestar que Jesús es más fuerte que
la muerte (Jn 11,1-45) y que su vida termina dando vida (Jn 11,46-54).
Así pues, el signo de Lázaro es punto de partida para la revelación de Jesús como
“la Resurrección y la Vida”, que él nos comunica en el bautismo.
El mensaje central. Iluminado con toda la Palabra de Dios, especialmente por la
muerte de Jesús que se nos presenta como la resurrección y la vida, se nos recuerda que
en el proyecto de Dios las personas no estamos destinados a la muerte, sino a la vida plena.
El profeta Ezequiel nos alienta recordando que Dios cumple las promesas, que Dios
nos hace salir de nuestros sepulcros (desalientos, pecados, tristezas desesperanzas,
preocupaciones) y nos infunde su espíritu para tener la seguridad de que estamos en su
presencia cuando la muerte es vencida y que no hay nada que encierre la vida y el espíritu.
El salmo 129 es la oración de una persona que se descubre necesitada porque se
enfrenta a la muerte y a la desesperación, pero es también una oración de confianza en la
misericordia de Dios. Pues no hay pecado que no pueda ser perdonado, ya que nuestro
lugar es aguardar al Señor.
San Pablo nos recuerda que vivimos en el Espíritu de Dios, pues Dios habita en
nosotros. Y que, gracias a la resurrección de Jesús, nuestro espíritu habrá de conocer la
plenitud de la resurrección de nuestro propio cuerpo.
San Juan: La plenitud de la fe es entender que la muerte física no es la interrupción
de la vida, sino la plenitud, por la resurrección que Jesús nos comunicó.
La cultura de la vida. Desde 1995 San Juan Pablo II en la encíclica Evangelium
Vitae denunciaba una serie de acontecimientos de una cultura de la muerte: las guerras, el
terrorismo, la violencia, la explotación, las injusticias, todos los atentados contra la vida de
los más débiles, niños, enfermos, ancianos, hambrientos… Y lo que es peor, sigue
creciendo y expandiéndose una insensibilidad entre lo que favorece y perjudica la vida y la
dignidad humana.
Frente a esta cultura de muerte tan presente en nuestros tiempos es urgente que
trabajemos y testimoniemos una cultura de vida, por la dignidad humana, por los derechos
humanos como la mejor manera de expresar las mejores condiciones de vida
verdaderamente humana.
No se trata solo de garantizar la subsistencia o la supervivencia humana, como nos
ha recordado el Papa Francisco (Fratelli tutti), se trata de crear una cultura para una vida
nueva, digna de toda persona, basada sobre todo en el respeto, la tolerancia, la solidaridad
y el amor fraterno.
Creer en Dios es creer en la vida. La fe en la resurrección es fe en la vida, la cual
no se debe entender como una vida indefinida sin más o simplemente la vida después de la
muerte. Es vivir esta vida (presente) como don de Dios, en plenitud, luchando contra todo
lo que mortifica y reprime la vida: la pobreza, la violencia, la exclusión, la injusticia y un largo
etc.
La fe en la vida es fe rebosante de esperanza, empeñada en la transformación de
nuestra familia, de nuestra colonia, nuestra ciudad, nuestro estado, nuestro país, que frente
a los que anuncian y tratan de construir una cultura de muerte, anuncia, y se esfuerza por
hacer vida el evangelio de la vida.
Estimado lector, pido a Dios te bendiga y te conceda todos los deseos y anhelos de
tu corazón, además de que nos conceda el don de ser testigos y promotores del evangelio
de la vida. Bendecido domingo, y por favor, no te olvides de rezar por la conversión de un
servidor y la de todos los sacerdotes de nuestra iglesia diocesana.

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