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Negrito sandía.

Por: Alejandro de Anda
diciembre 18, 2022
in Opinion
Mil maneras de morir, coctel mortal
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“No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre” Frase popular.

LO CLAROSCURO. En la ciudad norteamericana de Detroit, Michigan; el
caucásico joven Robert Pattison acudía a su primer día como bombero en una
de las estaciones de los ‘traga humos’.

El calor veraniego obligaba a tomar medidas para refrescar las bochornosas
tardes y para esto, Robert se provisionó de senda fruta tropical que calmaría su
sed y compartiría con sus compañeros con esta vianda ‘rompehielos’. Una
fenomenal y fresca sandía.

La emotiva iniciativa del recién llegado, tuvo consecuencias inmediatas.

Cese a su contratación con efecto instantáneo por parte del comisario de
bomberos Eric Jones.

“En el departamento de bomberos de Detroit tenemos cero tolerancia a
conductas discriminatorias, donde uno de los compañeros se mostró de
manera ofensiva y racialmente insensible. Se determinó el despedir al
empleado como mejor acción”.

La guerra de secesión que tuvo curso en la Unión Americana, donde el ejército
del Norte combatió al del Sur, logrando la emancipación de la esclavitud de
afroamericanos que servían a los empoderados caciques sureños, tenía en la
sandía una historia peculiar.

Los esclavos negros eran los protagonistas de las frecuentes rebeliones en
contra de las injusticias. Una peculiar manera de convivir, era degustando este
fruto silvestre.

A juzgar por parte de quienes les observaban, los negros en general eran
holgazanes que conformaban su vida y tranquilidad en comer sandía.

Desde entonces, se relaciona la holgazanería, la sandía y la raza
afroamericana como sentimiento racial que ofende a quien aun en el presente
osa mencionarlo.

La campaña presidencial de Barack Obama no escapó a este fetiche, a quien
en discursos públicos rumbo a la primera silla era objeto del desprecio de
contrincantes quienes arrojaban precisamente sandías, para recordarle su
origen esclavo.

Pero no, los latinos y en especial los mexicanos no somos tan diferentes.
La reciente justa de futbol mundial celebrada en Qatar, nos devolvería un poco
de ese sentido de cómo nos ve el mundo y la lucha intestina hacia adentro de
nuestro país, que enfrentamos sin distingos.

Un periodista argentino –Flavio Azzaro- nos refería la mediocridad del
mexicano en general en el aspecto futbolístico (reconoció el talento mexicano
para el box, en contraparte) y dio pie a que ese México que recién perdía la
contienda ante Messi, uniera sus voces para desestimar el ‘ninguneo’ en el que
colocaba a la nación, derivado del balompié.

Y esos estereotipos cunden, mucho con la ayuda de la cinematografía, donde
caracteriza a los latinos, su preferencia por las armas y la violencia, tráfico de
estupefacientes y una medianía y conformismo en general.

No existirá un porcentaje importante de la población que acepte como símbolo
a Yalitza Aparicio o Danny Trejo (machete). Apenas Salma Hayek o Thalía
sería algo más aceptado por el patriotismo nacional.

Pero el mundo no sabe en realidad cómo se subdivide este país, donde los
verdaderos genes se encuentran divididos entre neoliberales, fifís, chairos,
corruptos y los que reciben apoyos gubernamentales.

Así nomás. No hay criollos, mestizos, blancos, sefardíes ni mezcla alguna.
Por eso, ante un ataque extranjero –el himno lo menciona- la base social hace
causa común y desconoce al atacante.

El nopal en la frente, el ser ‘prietos’, prófugos del petate, bajado del cerro a
tamborazos y tantos adjetivos que nos descalifican y señalan como la sandía a
los afroamericanos, nos impide ver naturalmente la grandeza mexicana, que
fue capaz de inventar el televisor a color, la pastilla anticonceptiva, ¡la lluvia
sólida!, el cinturón volador (jet pack mexicano), la nano medicina contra el
cáncer y tantas cosas que nos engrandecen ante los ojos del mundo.

Les dimos un pentapichichi y le dijeron indio.

¿Cuánto más falta para dejar de lado la segregación de razas, donde somos el
producto de la suma de todas? Desde antes de la conquista española.

COLOFÓN: Tenoch Huerta es ‘Namor’, en la película de Hollywood “Wakanda
Forever”. Es el nuevo Black Panther y retrata a un semi dios mutante de
Talokan, nativo de la cultura maya.

Sí nos representa el joven de cuarenta años ante el mundo. Está de moda.

La pregunta –muy seria- implica un razonamiento… ¿bajo cuál personaje le
infiere ser reconocido por usted, como nuestra imagen ante el mundo?

Namor… o Caro Quintero.

El ‘fifí’, neoliberal o chairo, son adjetivos domésticos…

[email protected]
@deandaalejandro

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