Este domingo XXIV del Tiempo Ordinario escuchamos las parábolas de la Misericordia que se
encuentra en San Lucas: la de la Oveja perdida, la Moneda perdida y la del Padre Misericordioso;
enseñanzas que vienen a fortalecer la vida del Discípulo.
Recordemos que el domingo pasado Jesús nos señalaba las exigencias para seguirlo: dejarlo todo y
cargar la cruz. Que lejos de romper las relaciones, principalmente nos invita a resignificar el
corazón para marcar la identidad del Discípulo. Identidad que este domingo comienza con la
certeza de saber que hay un Padre que no guarda para sí la herencia, ni juzga los descuidos del
Discípulo.
El texto comienza señalando que los fariseos y escribas murmuran contra Jesús ya que recibe y
come con pecadores, refiriéndose a la presencia de los publicanos. Cuántas veces no queremos
seguir a Jesús por el temor de ser juzgados por nuestro pasado, por nuestro poco compromiso en
la respuesta hacia Él o por miedo a ser señalados por las manchas de nuestra ropa.
Y es ahí lo fundamental, Dios es capaz de dejarlo todo con tal de encontrarnos a pesar de ser
despistados (Oveja perdida), se alegra al hallarnos cuando nos hemos perdido (Moneda perdida) y
sale siempre a nuestro encuentro cuando tomamos la firme determinación de regresar a Él (Padre
Misericordioso).
Así, lejos de preocuparse por las actitudes de los otros, tengamos la seguridad de que Dios
siempre está para nosotros. Experimentémonos amados por Dios.
¡Feliz y bendecido domingo!
Pbro. Fernando Emmanuel Reséndez Amaya

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