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Dos Leyendas Victorenses

Por: Francisco Ramos Aguirre
julio 13, 2022
in Opinion

Dentro del repertorio de leyendas victorenses, una de las más conocidas por sus
habitantes se relaciona con las urracas. Parte de su popularidad se debe a la abundancia de
esta ave negra desde tiempos ancestrales, además de ser inspiradora de pinturas, videos,
cafés, librerías y poemas. Uno de ellos corresponde a la autoría de la escritora Lupemaría
de la Garza, quien recrea metafóricamente este tema cercano a la memoria de los
pobladores de esta capital.

En los años cincuenta el licenciado Carlos González Tijerina, habla de las apariciones
nocturnas de un monje deambulando por la calle de Morelos, pero se conoce de este tema.
En cambio, en la misma céntrica calle el periódico bisemanario El Gladiador del 31 de julio
de 1924 dirigido por Rodolfo Cervantes, nos habla sobre la leyenda de una casa embrujada,
quizá uno de las narraciones más antiguas de este género en Victoria.
Las Urracas (1)

Todo esto sucedió en el transcurso de 1950, cuando las autoridades estatales
ordenaron el corte masivo de árboles ornamentales de la Plaza Juárez, para que el nuevo
Palacio de Gobierno recién construido por Enrique L. Canseco luciera su majestuosa y sólida
arquitectura. De la autoritaria y anti ecológica decisión, derivó que cientos de urracas
huéspedes ancestrales de las ramas de aquella ancestral fronda, se trasladaran a la Plaza
Hidalgo en busca de refugio.

Sucedió que en pleno vuelo, una de las oscuras pajarracas decidió separarse del resto
de la parvada, aprovechando los vientos del norte cuando iniciaban su peregrinar por los aires
sobre el lecho del Río San Marcos. Mientras tanto su pareja el urraco triste y alicaído, anduvo
buscándola desde su abandono varios días hasta el cansancio, recorriendo desde las alturas
todos rumbos de la ciudad.

Por fin herido en su orgullo, después de varios días de peregrinar entre el cielo azul
victorense, una tarde encontró a la pájara en su elemento resguardada en la sombra de uno
los añejos Laureles de la India en plena floración, plantado a principios del siglo en la
mencionada plaza del Ocho Hidalgo. Para desventura de su fiel amante, la urraca se
encontraba feliz de la vida acompañada de un enorme y atractivo cónyuge de plumaje sedoso
y brillante. Tal fue su reacción que después de increparla y reclamarle su infidelidad, el
enamorado emprendió el vuelo sin retorno sobre el cause del Río San Marcos, dirigiendo su
brújula a uno de los cañones de la Sierra Madre. Esa fue la última vez que la cio y nunca
jamás volvió a saberse del pájaro enamorado. (Versión modificada de la original escrita por
Prisca Báez/periódico La Opinión/mayo/10/1950).

La Casa de los Espantos (2)

Cuentan los antiguos pobladores de Victoria, que esta narración extraordinaria se
relacionaba con una vetusta casa ubicada en la calle de Morelos en pleno centro de la
ciudad. Para más precisión a unas cuadras del cementerio del Cero Morelos, donde
sucedían acontecimientos raros que los vecinos atribuían a una brujería. Por tal motivo la
llamaban La Casa de los Espantos, porque nadie atrevía entrar y menos habitarla. Ahí se
aparecía gente de otro mundo, almas en pena en busca de descanso o espíritus
chocarreros que asustaban a quienes se acercaban a esa residencia de gruesas paredes de
sillas y amplio traspatio de árboles frutales.

De acuerdo a testimonios de gente de razón, por las noches se aparecían duendes,
pequeños gnomos barbudos, trasgos, brujas y nahuales en un ambiente sobrenatural.
Según pláticas, estos seres habitaban el sitio maldito como fieles guardianes de un tesoro
que sepultaron los antiguos propietarios del predio. Para algunos, más bien se trataba de
individuos de carne y hueso que asustaban a gente ignorante y timorata.

Lo más sorprendente sucedía cuando el reloj de la iglesia de Nuestra Señora del
Refugio, anunciaba la medianoche. En ese momento emergían gemidos, ruidos de piedras,
terrones, maullidos de gatos, extraños sonidos de arrastre de cadenas, rechinar de
puertas, ladridos de perros hidrófobos, bufidos, gritos, aullidos, carcajadas y cualquier
resonancia capaz de poner los pelos de punta. “En fin se asemeja tanto ruido a un
zoológico jardín poblado de tantas fieras, o a las salvajes florestas de tierras africanas.”

A esas horas de la noche, mientras los gallos del. barrio cantaban desconcertados,
los vecinos de varias cuadras a la redonda bien resguardados en sus casas, se santiguaban
al tiempo de rezar al revés padres nuestros y aves marías, para evitar la presencia de algo
malévolo o fuera de lo común. Afirmaban los viejitos que cuando alguien se atrevía a
dormir en una de las habitaciones de esa casa maldita, individuos de otros mundos lo
pellizcaban, descobijaban y tiraban de los cabellos.

Otros testimonios afirman que todo al final lo tiraban de la cama; en caso contrario
los cajones de los muebles inexplicablemente se abrían, mientras en el suelo y cama entre
las sábanas aparecían cruces de sangre roja. Quien de manera valiente se introdujo a esa
casa para aclarar aquellos fenómenos demoníacos y descifrar sus misterios, salían a toda
prisa, jurando por la Virgen del Chorrito y el Sagrado Corazón no volver a introducirse a la
mansión encantada.

Tantos eran los sustos que causó entre los transeúntes nocturnos, que
definitivamente solicitaron el apoyo de un sacerdote de la iglesia de Nuestra Señora del
Refugio recién llegado de Zapotlanejo, Jalisco para que aplicara unos rezos y terminara
para siempre aquel maleficio. Así sucedió y en presencia de varios parroquianos arrojó
agua bendita en todos los rincones. Pero aún así, no se dieron los resultados porque las
apariciones y ruidos continuaron dando lata en el vecindario.

Cuando reclamaron al clérigo el fracaso del conjuro, simplemente dijo: “…son cosas
inexplicables porque en esa casa los demonios andan sueltos. Cuando en mi pueblo
pasaban cosas parecidas y ni los rezos son suficientes para apaciguarlos, significa que el
hechizo está muy arraigado y “…el diablo debe andar muy bravo…y uno tiene pocas
potencias.” (Periódico El Gladiador/1924; Juan Frajoza/Cronista de Mexticacán, Jalisco).

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