He realizado muchos viajes con mis alumnos universitarios recorriendo Tamaulipas
y otros estados de la república, con el propósito de comprender “in situ” el patrimonio
cultural.
Pero el viaje más reciente, sin duda en muchos sentidos, fue diferente a todos
los anteriores. Aunque en noviembre del año pasado ya me había aventurado a
viajar a Tula con un pequeño grupo de alumnos en medio de las olas del Covid,
antes de la llegada de Ómicron; este sin duda representó la transición de encierro
a la convivencia abierta, la confianza de compartir, la alegría de estar juntos
nuevamente.
Un sentimiento de extrañeza me invadía cuando circulábamos por la
carretera interejidal en un microbús de la Universidad, porque la mayoría de mis
alumnos viajaban conmigo por primera vez; ahí ya no estaban los de hace dos o
tres años, que conocía bien y sabía de sus manías, filias y fobias.
Pero finalmente eran mis alumnos, los mismos de siempre, aquellos que
tienen el gusto por viajar, por conocer, convivir, sentir un poco de libertad fuera de
casa. Eran los mismo, respetuosos, atentos, compartidos, ávidos de conocer, pero
con otros nombres, otras caras, otras historias. Eran la magia que mantiene viva a
la universidad, la fuerza que permanentemente se renueva, la juventud perenne que
le da sentido al trabajo que hacemos los profesores.
Ahí estaban puntuales a las siete de la mañana abordando el trasporte,
bañados, alegres y con lonche en mano. Las risas y las conversaciones no pararon
hasta llegar a la Hacienda Santa Engracia, la que recorrimos después de escuchar
la clase correspondiente sobre la historia del lugar; después paramos en la plaza
del poblado donde se hizo la multiplicación de las flautas de harina con un suculento
desayuno donde se intercambiaron sabores y sazones. Visitamos el puente de
hierro por donde todavía pasa el ferrocarril, que es una obra de ingeniería y se
mantiene en pie sobre el río Purificación.
Pasamos por El Carmen, antigua hacienda ganadera, para de ahí llegar hasta
La Mesa, hacienda productora de azúcar en el siglo XIX, que aún conserva su
acueducto, su nave industrial y su chimenea. Una pieza arquitectónica que se
mantiene en pie más por la calidad de su construcción que por su cuidado y
preservación por parte de los habitantes del lugar.
De ahí nos fuimos al Chorrito, el santuario más importante de Tamaulipas, su
paisaje natural y su gastronomía lo hace un lugar digno de visitar, además de ser
parte de la antigua hacienda de la Mesa, que durante mucho tiempo usufructuó el
santuario en beneficio de sus propietarios.
Degustamos un rico asado de puerco y emprendimos el camino de regreso,
paramos a comprar gorditas de elote o las llamadas gordas de acero, pasamos por
el templo de San José y después al de Santo Domingo de Guzmán ambos
construidos en el siglo XVIII cuya arquitectura habla de la austeridad de materiales
con que fueron edificados así como de la variedad de estilos con que fueron
levantados en aquella época.
Con el calor de la tarde regresamos a Ciudad Victoria, de uno de los viajes
de estudio más cortos y cerca de casa que he tenido, el cansancio venció a mis
alumnos al poco tiempo de tomar la carretera, el silencio se apoderó del microbús
hasta que una falla mecánica los obligó a bajar y a empujarlo entre risas.
Retomamos el camino a los pocos minutos agotados, asoleados, sedientos,
pero felices, conscientes de que la vida nuevamente regresa a su cauce, que el
miedo se escabulle y volvemos a reír juntos, tal vez no como antes, porque ya no
somos los mismos, ya no estamos con los mismos, pero la vida sigue, la esperanza
de que algo mejor está por venir nos mantiene de pie, viviendo el presente,
planeando el futuro.
Para despedirnos agradecí el tiempo que pasamos juntos ese día, les dije
que esa experiencia servía no solo para cerrar este semestre accidentado (que
entre lo virtual y presencial acrecentó la confusión en el aprendizaje), que era un
viaje que nos traía de regreso a nuestra vida universitaria.
Tuve también la fortuna de compartir el viaje, además del Maestro Ambrocio,
con el doctor Oscar Pizaña, quien fue mi alumno hace algunos años y ahora tengo
el orgullo de verle como mi par en la licenciatura de Historia y gestión del patrimonio
cultural y con la maestra Mercedes Certucha, investigadora de la UAT, a quien
conocí hace poco tiempo y me ha contagiado su entusiasmo, su capacidad de
asombro y habilidad de adaptarse a las circunstancias en ocasiones incómodas del
viaje. Todos, maestros y alumnos fueron buenos compañeros de esta aventura, que
anuncia el regreso a las andadas. E-mail:[email protected]







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