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La memoria viva de los padillenses

Por: Agencias
enero 15, 2022
in Opinion
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Motivada por mis lecturas recientes de Viejo y Nuevo Padilla, Tamaulipas,
contrario a lo que se pensaría de ir a visitar las ruinas del viejo pueblo que fueron
sumergidas por la presa Vicente Guerrero y que ahora están expuestas a toda clase
de agresiones tanto naturales como humanas al bajar los niveles del agua, optamos
por ir a “ver” el nuevo asentamiento, lo pongo entre comillas porque después de mi
indagación histórica y las pláticas que tuve con algunas personas acerca de su
construcción, me surgió la necesidad de constatar ciertos datos y de tratar de
responderme algunas preguntas que me habían surgido del lugar, recordé que en
la Nueva Villa de Padilla había estado un par de veces pero entonces me pareció
un pueblo anodino, sin nada interesante que admirar.

Llegamos a media mañana a la plaza principal y el primer lugar que visitamos
fue la iglesia, es el edificio más imponente y al parecer, es una réplica del construido
en Viejo Padilla, solo que de mayores dimensiones, en el atrio se conserva a manera
de memoria la cruz que coronaba la fachada del antiguo templo de fines del siglo
XVIII, del cual ya no queda nada por el reblandecimiento que provocaron las aguas
de la presa que en 50 años han subido y bajado de nivel dejando sus ruinas
expuestas a la destrucción.

Dentro del edificio del ayuntamiento hay una serie de murales que van
contando la historia del pueblo desde su fundación en el antiguo asentamiento en
1750 por José de Escandón, el memorable fusilamiento de Agustín de Iturbide en
1824, la inundación del antiguo Padilla y el traslado de la población.

Después recorrimos algunas de sus calles, en la escuela primaria que está
frente a la plaza principal, han construido recientemente una fachada que evoca a
la que originalmente tenía la escuela en el antiguo pueblo, no con sus dimensiones
colosales de la que aún se mantiene en pie, ni tampoco totalmente, es como una
especie de breve homenaje para alimentar la memoria.

De anchas calles, bien trazadas, sin duda, la Nueva Villa de Padilla es un
pueblo moderno, diseñado y construido hace ya 50 años; en cada cuadra aún se
pueden ver algunas de las casas que originalmente se construyeron cuando la
población fue trasladada ahí.

Aunque la mayoría han sido modificadas o algunas otras derruidas para
levantar casas de dos o tres pisos, resulta interesante ver que existe un buen
número que aún se conservan en su estado original y que sirven como una memoria
viva de su fundación, aunque con techo de concreto, porque las entregadas a los
pobladores tenían asbesto, el cual se arruinó con la primera tromba que pasó por el
lugar, teniendo que intervenir el entonces senador Enrique Cárdenas González para
que el gobierno federal arreglara el entuerto y les pusiera lozas de concreto.

Dos cosas me llamaron poderosamente la atención, la primera fue la evidente
preocupación de sus habitantes por conservar la memoria histórica, manteniendo
en un hilo discursivo que ambos pueblos están hechos de la misma esencia, es
decir, son los mismo pobladores solo cambiaron de lugar, y la segunda, es su forma
de recrear la memoria para alimentar la nostalgia a través de las réplicas de sus
edificios emblemáticos, la escuela y el templo. Aunque según algunos la traza de
su plaza principal y el kiosko también están construidos como los antiguos.

El traslado de las familias padillenses del antiguo al nuevo pueblo, no fue un
éxodo en el sentido bíblico, no creo que a ese doloroso hecho se le pueda llamar
así porque, si bien fue una salida, no lo fue por voluntad propia ni para buscar la
tierra prometida. Pienso en el dolor de dejar lo que se ama, en extraviarse en los
recuerdos sin tener una evocación material de sus lugares de infancia, el primer
amor, etc.

Pienso en el sufrimiento de las mujeres y hombres que cambiaron su vida
cotidiana, su rutina y hasta su trabajo al salir; volverse pescadores siendo
agricultores, la honda soledad de no ver su paisaje cotidiano nunca más, guardarlo
en el imaginario, en la nostalgia, en la tristeza de tener que sentir como propio algo
ajeno, desconocido, nuevo. Ahora los ancianos de Padilla fueron los hombres y
mujeres de 20 y 30 años que salieron entonces con sus familias cuyos recuerdos
de aquel pueblo inundado aún permanecen vivos.

Después de andar e intentar comprender con conocimiento de causa
histórica su paisaje, fuimos a la calle Zaragoza a comprar pan de dulce; mi amiga
Minerva, oriunda del lugar nos dijo que era el mejor del pueblo; estaba delicioso,
según calificó mi madre, uno de los paladares más exigentes que conozco.

E-mail:[email protected]

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