Apenas son cinco letras, acompañadas del artículo en singular, las que titulan el espacio de hoy que se entiende como la capacidad de una persona -o grupo- de provocar que algo ocurra.
En lo político y social es la capacidad de un individuo o un grupo para liderar, influenciar o dominar a otros. Dicho sea, con verdad, en ocasiones a la fuerza, para que se hagan u omitan ciertas cosas. Es decir, someter a la voluntad, como puede ser el que un padre ejerce sobre sus hijos y un gobierno sobre sus ciudadanos.
Existen tratados importantes sobre el tema con aportaciones significativas que concluyen que, en las sociedades contemporáneas, la idea de poder está asociada también a la de autoridad.
Incluso solemos llamar ‘autoridades’ a quienes ejercen funciones directivas o de mando en diversas instituciones, ya sean sociales, políticas, militares o empresariales, aunque el sociólogo alemán Max Weber llamó autoridad al poder ejercido de forma legítima.
Para profesionales el poder es toda capacidad de liderazgo, influencia o dominación, incluso si se basa exclusivamente en la violencia, mientras que la autoridad es la capacidad de influir en los demás a partir de la legitimidad.
Es claro que en nuestro Tamaulipas de hoy existe un poder sin rostro, siempre oculto, eternamente incógnito y que lo podemos identificar claramente en lo subliminal. Es decir que se entiende como aquello que se ubica por debajo del umbral de la conciencia y lo vemos en las redes sociales.
Las redes en los últimos tiempos son capaces de ‘linchar’ a inocentes, considerando la multiplicación de las imágenes y los audios, como en el caso de las dos médicos residentes del Hospital Infantil de la capital cueruda, cuando nos enteramos de que dos mujeres dicen haber sido violadas en las propias instalaciones del nosocomio.
De alguna parte surgió la acusación directa a Carlos ‘La Rana’, un empleado del mismo Hospital y la primera versión de una de las afectadas no reconocerlo como el autor de la comisión de los delitos, aunque se sabe no hubo pruebas ni peritajes en su contra.
Sin embargo, hasta donde estoy enterado, nadie, ninguna persona de los medios, del sector salud o del sindicato de esta secretaría, de la Fiscalía General de Justicia de Tamaulipas o de la sociedad civil, ha sido capaz de cuestionar la veracidad de las acusaciones y el poder de las redes sociales han llevado tras las rejas a dos muchachos acusados del mismo delito.
Las mismas redes usaron su poder para provocar la excarcelación de Carlos La Rana, que gracias a la organización de familiares y amigos que presentaron pruebas de su inocencia, lograron el objetivo, incluso las mismas redes reunieron dinero para pagar los honorarios de los abogados que, dicho sea de paso, no cobraron barato.
Desgraciadamente para las autoridades de la Fiscalía tamaulipeca, detienen a un segundo individuo como responsable de la doble violación, Fernando Antonio… Aunque sucede algo similar al capítulo de La Rana: acusado y detenido sin pruebas concluyentes, solo similitudes, aunque ahora el poder no ha permitido la organización familiar ni amistades para exigir la liberación de este joven que, quienes le conocen, aseguran no sería capaz de cometer esos delitos.
“El poder -dicen algunos políticos- es para ejercer… El poder no se delega, no se transmite… El poder es personal o colectivo…”
Finalmente, registro para el lector las conclusiones de los psicólogos estadounidenses French y Raven que se aventuran a clasificar el ‘poder’ en seis formas que llaman Bases del Poder Social: El poder coercitivo, el poder por recompensa, el poder legítimo, el poder referente, el poder del experto y el poder informativo.

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