En la guerra que, de la mano con Israel, ha emprendido EEUU contra Irán, extendida ya a diversos países del oriente medio e involucrado a otros de Europa y Asia, queda algo muy claro, la vida y el bienestar de la población no son prioridades de su proyecto político.
Al contrario: el bombardeo de hospitales, el bloqueo al ingreso de insumos médicos, alimentos, personal de salud y de asistencia internacional, en países con crisis sanitaria y humanitaria que, consideran una amenaza para su seguridad y un estorbo para su plan de hegemonía y dominio regional y mundial, demuestra que están usando la angustia, el miedo, la enfermedad y la muerte como estrategias de guerra.
Tal como en la antigüedad lo hicieron los reyes de Asiria, en la edad media los mongoles, los españoles en la conquista de Tenochtitlán, los alemanes en la primera y segunda guerras mundiales y EEUU en sus más de 70 intervenciones militares durante la segunda mitad del siglo XX.
A estas alturas, cuando se ha nulificado el derecho internacional (Carta de las Naciones Unidas, 145; Convenios de Ginebra, 1949, ) y hay evidencia del fracaso de la ONU para prevenir y mediar conflictos, fortalecer la paz y la calidad de vida de la humanidad, a nadie debería sorprender la violencia extrema e impune contra países que han calificado como “enemigos de sus seguridad”, provocando una reacción en cadena y consecuencias de todo tipo en todos los países del mundo, incluyendo los que iniciaron esta crisis.
Porque ante la avanzada tecnología de guerra que existe, caracterizada por la innovación constante de armas letales de daño masivo y efectos prolongados, seria inocente pensar que el impacto ampliado de esta guerra no afectará a la población de sus propios países.
Lo que hemos escuchado y visto en tantas experiencias del pasado y presente siglo es que los tomadores de esas decisiones de alto nivel, en sus balances contables asumen la pérdida de vidas, el sufrimiento humano y la quiebra económica de los más débiles e inocentes, como “daños colaterales”, “costo en sangre que bien vale la pena pagar”, “sacrificios inevitables” por la patria, la libertad, la democracia, la grandeza nacional, el destino manifiesto o cualquier otro pretexto con que cubren los verdaderos fines que son: el poder, la riqueza y el dominio.
Pero peor aún, es lo que estamos presenciando, un gobierno que además de hacer la guerra a otros países, violenta también a su propia población, no solo a los inmigrantes que llevan varios años y generaciones viviendo en el país donde trabajan, consumen y pagan impuestos, sino también a sus ciudadanos, incluyendo a los que votaron por ellos para encumbrarlos en el gobierno.
Achille Mbembe, un historiador de Camerúm, filósofo y politólogo de reconocimiento internacional, llama Necropolítica a este modelo de ejercicio de política de Estado, que aplica estrategias de guerra y de “campos de concentración” a sus propios ciudadanos para lograr y mantener el control y el poder, mediante la violación sistemática de los derechos humanos y la práctica de formas extremas de violencia, crueldad y terror, para causar o agravar deliberada y “científicamente” la angustia, la incertidumbre, la confusión, la polarización, la pobreza, el hambre, las enfermedades y la muerte sobre los territorios y poblaciones objeto de sus fobias.
Desde esta perspectiva teórica señala Mbembe, el gobernante necrófilo, se asume como soberano con poder sobre la vida, la libertad y la muerte de sus ciudadanos.
Ante él, la opción de los ciudadanos cautivos, ya no es ni siquiera la alternativa entre sumisión o eliminación, porque obedecer y no rebelarse tampoco asegura la sobrevivencia. Gobernante humano con poder sin control, convertido en dios, sin ninguna obligación moral, solo sujeto a sus intereses y estado de ánimo.
En la siguiente colaboración, abordaré el tema del uso en EEUU de la salud en esta estrategia contra su propia población.

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