(Isaías 8,23-9,3; Salmo 26; 1ª Corintios 1,10-13.17; Mateo 4,12-23)
Queridos hermanos en la fe de Nuestro Señor Jesucristo, los saludo con el gusto de siempre.
Este domingo la Liturgia de la Iglesia Católica nos propone varios motivos para celebrar nuestra fe: es el Domingo de la Palabra, es la conversión de San Pablo (aunque por caer en domingo no se celebra), es la conclusión de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos y es el tercer domingo del Tiempo Ordinario (seguirán tres domingos más y luego comenzaremos el tiempo de la Cuaresma). Qué hermoso es ver a las familias participando en la Eucaristía dominical dando gracias por las bendiciones recibidas durante la semana que transcurrió.
Las lecturas que se proponen aparecen arriba señaladas. Poniéndonos en actitud de discípulos y desde esos textos les comparto la siguiente reflexión:
Contexto: en los domingos anteriores habíamos escuchado los textos del bautismo del Señor (11 de enero) y la presentación que Juan hace de Jesús a sus discípulos, así como su propia misión (18 de enero). Ahora, el texto nos da a entender que Jesús asume continuar la encomienda de Juan.
El lugar: no inicia su ministerio o su vida pública en el Templo de Jerusalén, ni tampoco en una ciudad importante para su época, sino que inicia “al otro lado del Jordán, en la Galilea de los paganos”. Existe una similitud con la primera lectura donde el Señor “llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos”. Son las “periferias”, como lo señalaba el Papa Francisco.
El mensaje: Jesús comienza hablando, sembrando la “Palabra de Dios”, e invitando a algo concreto: “conviértanse porque ya está cerca el Reino de los cielos”. Es decir, conversión como “metanoia” (en griego) es una invitación a un cambio de mente o corazón, un darse la vuelta o volverse a Dios, un cambio de dirección o un retorno a Él; una transformación. Así, la conversión, en el amplio sentido de la palabra, es un cambio del o de los principios que rigen la dirección de nuestra vida (Y. M. J. Congar).
La importancia de la Comunidad: el Evangelio pone enseguida de las palabras de Jesús el relato del llamado de los primeros discípulos. Podemos pensar que lo que nos quiere transmitir el texto es que la conversión y la presencia del Reino “de Dios” (como lo llaman otros evangelistas, y que Mateo omite para no decir el nombre de “Dios”) tienen un rostro (el de los Discípulos que luego serán los Apóstoles) y solo se puede vivir y alcanzar su plenitud en comunidad. Es esa misma comunidad a la que se le confía la Palabra de Dios, quien se reúne para escuchar y para recibir el mensaje.
¿Qué hacía aparte de anunciar un mensaje? El texto evangélico señala que enseñaba, proclamaba la buena nueva del Reino y curaba o sanaba a la gente de sus enfermedades y dolencias. Y en la primera lectura el profeta Isaías también anuncia gestos concretos de parte de Dios para el pueblo: quebrantar el pesado yugo, la barra que oprime sus hombros, quitará el cetro de su tirano… Es decir, el anuncio, la predicación, la enseñanza, va acompañada de signos o gestos concretos; es una fe encarnada. Como dice otro texto: muéstrame tu fe sin obras que yo por mis obras te mostraré mi fe (Santiago 2,18).
La luz y la unidad: para el creyente, la Palabra de Dios representa una luz que ilumina sus tinieblas, y que propone nuevos criterios y una nueva forma de vivir. También como consecuencia, la Palabra de Dios debe provocar y generar unidad en la diversidad de dones y carismas. Una comunidad que está divida es una comunidad que no está dando testimonio de la comunión y unidad de Dios-Trinidad.
Queridos lectores: para todos, estos textos nos deben recordar que la misión que nos pide Jesús debe hacerse también en las periferias, que todos necesitamos “cambiar de mentalidad”, que no podemos vivir una fe desencarnada, sin rostros concretos, y tampoco sin una comunidad de referencia. Además, debe ir acompañada de obras de caridad concretas. Y solo lo podremos lograr en la medida que su Palabra entre en el corazón y en la vida de cada uno.
Que el Señor nos bendiga y que María nos mantenga unidos.
¡Buen domingo para todos!
P. José David Huerta







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