Japón ha dado un paso histórico y controvertido en su política energética. Este miércoles, la central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa retomó sus operaciones tras el desastre de Fukushima en 2011. Se trata de la instalación de este tipo más grande del planeta. Sin embargo, su puesta en marcha ocurre en medio de una fuerte división social.
El regreso operativo de un gigante
La compañía operadora, Tokyo Electric Power (Tepco), confirmó el encendido oficial. Tatsuya Matoba, portavoz de la empresa, indicó que el proceso inició a las 19:02 hora local. En esta primera fase, solo se reactivó el reactor número 6, uno de los siete que componen el complejo.
No obstante, el reinicio no estuvo exento de problemas técnicos. La operación tuvo un retraso de un día. Los técnicos detectaron un fallo en una alarma durante una prueba de seguridad previa, lo que obligó a posponer el arranque momentáneamente.
Polémica y oposición pública
La central nuclear de Kashiwazaki-Kariwa vuelve a funcionar con el visto bueno político, pero sin el consenso social. El gobernador de la prefectura de Niigata aprobó la medida el mes pasado. Por el contrario, la ciudadanía se muestra escéptica.
Los sondeos indican que el 60 por ciento de la población está en contra del reinicio. El recuerdo de la catástrofe de 2011 sigue muy presente en la memoria colectiva japonesa. A pesar de ello, el gobierno priorizó la necesidad energética sobre la opinión pública.
Una pieza clave para el gobierno de Takaichi
La planta posee una capacidad superior a los 8,000 megavatios (MW). Por consiguiente, es fundamental para el plan de suministro de Tepco. Además, se alinea con la estrategia de la primera ministra Sanae Takaichi.
El Ejecutivo busca impulsar la energía atómica para cumplir sus objetivos climáticos. La meta es reducir las emisiones de carbono drásticamente. Por ello, los reactores 6 y 7 pasaron revisiones exhaustivas desde 2017, superando las preocupaciones sobre seguridad antiterrorista que mantenían la planta inoperativa.







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