Este invierno ha sido un poco duro y por primera vez agradecí que no estuvieras. Te he
recordado desafiante diciendo con mucha energía “este ni es frío, fríos duros los de
Torreón” y tu último invierno, con un intenso dolor de huesos, tu impedimento para
comer por la sensibilidad en los nervios de la boca y una sumisa aceptación del
calentador eléctrico. Me alegré de saber que ya no sufrías por las noches frías y los
días sin sol.
Se acerca la primavera cargada de recuerdos, el crespón empieza a retoñar, el
año pasado se negó a florear, creo que te extrañaba, sin embargo, el jazmín floreó
abundantemente, como a ti te gustaba verlo; con tanta flor supe, que te rendía
homenaje. Las cunas de Moisés están alegres a pesar de la helada de diciembre que
quemó gran parte de sus hojas.
Catalina, mi gallina ponedora finalmente ha muerto, te acuerdas que te enojaste
porque le puse nombre, siempre decías que a los animales no se les ponían nombres
cristianos y desde niños nos prohibiste que a las mascotas les llamáramos como si
fueran personas. Pero cuando te expliqué que su nombre era por estar tuerta como
Catalina Creel te reíste y terminaste llamándola también así. Me dio tristeza encontrarla
muerta, ya estaba vieja; recuerdas que la había indultado después que enfermó de
coriza al mismo tiempo en que yo estaba confinada por COVID. Al final las dos
sobrevivimos y eso estableció un lazo afectivo con ella.
He limpiado el jardín esperando la primavera, eso siempre te alegraba, era para
ti la época más bonita del año, te gustaba preguntar en que día caería tu cumpleaños y
cuánto te faltaba para llegar a los 100. Recuerdo que decías no saber qué era estar
deprimido o con agruras; la cuchara grande de salsa la vaciabas en el jocoque que
almorzabas acompañado de Nescafé, sin ninguna molestia estomacal.
Siempre alegre, animada, rezando, regañando, pidiendo salir al jardín para
disfrutar un poco de aire fresco, revisar tus plantas, desahijar tus cactus, recordar a tu
hermana Jovita y decir que esta o aquella flor le gustaría. Esperando que alguien llegara
de vista, alegrarte con su presencia y ofrecerle algo de comer.
Ahora, es distinto sin ti.
Después de tu partida vino un nubarrón laboral, el cambio de oficina trajo una
luz en mi camino, porque he conocido a mucha gente desde entonces, que me valora,
me estima y me procura. Una amiga me ha dicho que eres como un dron, ahora ves
todo desde arriba, tu mejor ángulo para cuidarme. Eso debe ser, porque, aunque tu
ausencia cala hondo, las cosas caminan.
He pasado muchas horas frente al televisor, como nunca en mi vida, para no
recordarte; Ambrocio me acompaña en silencio, él también te extraña. “Ya no hay quien
me defienda de ti” dice entre risas cuando recuerda que siempre estabas pendiente de
que lo atendiera correctamente, como esposa a la antigua.
Las retamas están floreciendo, pronto empezaran también los framboyanes, los
naranjos, la ciudad entera y como dice Silvio “Pueden ser casualidades u otras rarezas
que pasan, pero donde quiera que ando todo me conduce a ti, especialmente la casa
me resulta insoportable…”
Ahora me consuela saber que todos cada día morimos un poco y es inevitable.
Entonces te recuerdo cuando moríamos de la risa por alguna tontería, sentadas las dos
en tu cama, riendo, riendo, riendo. Cuando te contaba algo triste y me tocabas la pierna
y me decías “Ay hija, todo pasa”, cuando llegaba del trabajo agotada y me acostaba en
tu cama, me veías y guardaba silencio para no molestarme, cuando a pesar de tus años
y enfermedades siempre contabas una anécdota, recordabas a alguien o simplemente
te ponías a cantar.
Te recuerdo tejiéndome las trenzas cuando niña mientras me dabas consejos,
cuando me tomabas del brazo pasa sostenerte al caminar, cuando cocinábamos juntas
y me contabas historias de tu mamá, cuando íbamos muy tempranito a la misa diaria;
cuando rezando el rosario, te quedabas dormida; cuando salíamos al patio y nos
quedamos en silencio durante largo tiempo; cuando íbamos al café “para
desestresarnos” como decías; cuando íbamos a comprar la fruta los jueves por la
noche.
Las retamas están floreciendo y ya no te puedo gritar “nos vemos en primavera”
como aquella ocasión que, desde la terraza, aislada por el COVID, vi cómo te sacaban
de casa para resguardarte en otro lugar y volteando me mandaste un beso. La promesa
se cumplió y volvimos a ser felices.
Ahora que la primavera se acerca debo recordar tu frase “Ya no llores hija” y tu
mano cálida en mi pierna, recordar tu alegría permanente, tu oración constante,
recordar tantas, tantas cosas. Decirte que te mando un beso y que nos vemos en la
eternidad.
E-mail: [email protected]

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