Queridos hermanos en Jesús Maestro y Pastor.
Cuando vamos de viaje o de paseo, siempre tenemos un momento para descansar, ver el mapa
o consultar cuanto tiempo nos falta para llegar a nuestro destino final. Las largas horas en el
camino, la incomodidad y los sacrificios que hacemos para hacer ese viaje nos dan la
esperanza de llegar a ese lugar que hemos elegido para descansar o para disfrutar unas
vacaciones.
Ese es el sentimiento del IV domingo de Cuaresma que se le conoce como domingo de
Laetare. Esta palabra en Latín, significa regocijarse y nos alegramos estando a más de la
mitad del tiempo de la Cuaresma porque vemos los cambios en nuestras vidas, vemos
nuestro crecimiento espiritual, pero sobre todo, porque nos estamos preparando para
acompañar al Señor en su pasión, muerte y resurrección.
Las lecturas de este día nos dan tres consejos prácticos para ayudarnos a estar alegres en
nuestra preparación para Semana Santa.
Primero, tenemos que estar DESPIERTOS. San Pablo dice, “Despierta, tú que duermes;
levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”. Prácticamente nos está diciendo que no
seamos dominados por la pereza espiritual, que no seamos indiferentes, y que no
permitamos que la oscuridad nos impida hacer el bien. Los católicos tenemos que despertar
a una vida de fe en Dios.
Segundo consejo, si queremos encontrar la alegría, tenemos que recordar que somos
UNGIDOS. De la misma manera que David fue ungido, como lo escuchamos en nuestra
primera lectura de la Misa de hoy, así también nosotros fuimos ungidos para un propósito
especial.
Recordemos nuestra Confirmación, cuando fuimos sellados con el don del Espíritu Santo.
De esta forma cada uno de nosotros tiene la posibilidad de hacer el bien, de cambiar
nuestras vidas y la de los demás para mejorar sus condiciones. Somos ungidos no por
nuestro valor nominal o por nuestras habilidades y talentos. Somos ungidos por el gran
amor que Dios siente por nosotros.
Finalmente, si queremos estar alegres, tenemos que RECONOCER a Jesús y las milagrosas
acciones que hace en nuestras vidas. En nuestro Evangelio de hoy, Jesús cura a un ciego de
nacimiento, pero tristemente, la gente a su alrededor no quiere aceptar el milagro. Siguen
señalando que Jesús no puede venir de Dios. Estaban ciegos, más ciegos que el ciego que
Jesús curó.
Que importante es analizar como recibimos los milagros que Jesús sigue haciendo por
nosotros. ¿Somos como los fariseos que piensan que no necesitan a Jesús en sus vidas?
¿Tenemos miedo como los padres del ciego que no quisieron reconocer el milagro de Jesús?
Queridos hermanos y hermanas, estamos a más de la mitad de nuestro viaje de Cuaresma.
Seamos alegres mientras seguimos preparándonos para acompañar a Jesús en la Semana
Santa. Mantente despierto, sé ungido, y reconoce a Jesús en tu vida.
Con mi oración, cercanía y gratitud.
Pbro. Lic. Andrés Figueroa Santos

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