Durante uno de mis viajes a la ciudad de Monterrey, Nuevo León, la amiga Carmina
León Olvera ofreció su departamento para que me hospedara en un fin de semana,
por lo que me entregó las llaves, asegurando que la vivienda contaba con los
servicios básicos de agua potable y electricidad.
Casualmente me instalé en esa confortable morada, de noche, de tal manera que
al subir el switch de la luz, me percaté que no había energía eléctrica, de pronto
tuve varias conversaciones negativas en mi diálogo interior, sin embargo ya estaba
ahí y tenía que mostrar una actitud positiva ante dicha situación.
Para mi fortuna la habitación se ubica en la segunda planta y se encuentra a un
costado de la lámpara mercurial de la calle, propiedad de la Comisión Federal de
Electricidad, esa vez comprobé que a pesar de la oscuridad, los rayos de luz del
exterior mejoraban la visibilidad adentro.
En esa estancia en la “Sultana del Norte”, me hice distintos cuestionamientos: ¿Qué
haría la gente hoy sino dispusiera de electricidad? ¿Cómo funcionaban sin luz las
escuelas, hospitales, fábricas y reclusorios hace 70 años? ¿Por qué le tenemos
miedo y pavor a la oscuridad?
Consultando en el internet detecté el interesante artículo “Vámonos a lo oscurito”,
de Fernanda de la Torre, publicado en Milenio.com (2014-10-05), donde da sus
puntos de vista acerca de este tema, que parece sacado del mundo de las tinieblas.
De la Torre en su material periodístico refiere de la charla que tuvo con Paul Bogard
(nativo de Minnesotta), autor del libro “El fin de la oscuridad”, quien en sus
elocuciones expone: “buscamos la luz artificial, queremos todo rápido, fácil, feliz y
olvidamos que vivir en la oscuridad es parte de la naturaleza humana”.
Agrega Paul en su entrevista con Fernanda en el “Hay Festival de Xalapa”: “a veces
estamos tristes, deprimidos, no comprendemos, no sabemos a dónde ir y es una
parte de la vida. Las civilizaciones antiguas entendieron esto y le daban su lugar a
la oscuridad, pero ahora pensamos que podemos vivir sin ella”.
Es este texto se hace referencia a la contaminación lumínica, vemos millones de
luces en todas partes, en los arbolitos de navidad, antros, tiendas, anuncios
espectaculares, lo que puede interrumpir un sueño reparador, causando
enfermedades como el cáncer, diabetes, hipertensión, etc.
La oscuridad surge ante la carencia de iluminación, cuando la luz no se percibe en
el ambiente, puede decirse que el lugar está oscuro, la ausencia absoluta de luz no
existe, debido a las condiciones del universo, la oscuridad es una situación de
escasa luminosidad en la que el ojo humano no logra detectar luz.
Curiosamente en mi pueblo de Ocampo, Tamaulipas, en la década de los setentas
y ochentas, los mayores narraban de generación en generación, un sinfín de
leyendas urbanas, que hablaban de “La Llorona”, muertos, seres demoníacos,
espíritus chocarreros, brujas, fantasmas, duendes y apariciones.
Seguro que esas historias de ultratumba, eran producto del oscurantismo de las
personas de la época, puesto que en esa región tamaulipeca, imperaba la pobreza,
la ignorancia y las falsas creencias, las que se convertían en caldo de cultivo para
la producción y reproducción de relatos malignos y angustiosos.
La oscuridad aparte de ser una invitación para observar las estrellas y la luna llena,
es motivo para el sosiego, análisis, introspección y meditación, para conocernos
más, perdonarnos, amarnos y aceptarnos como somos, en ese viaje por la vida hay
que aprender a brillar y a extinguirse. Que perdure tu ADN.
Facebook/olimpobaezcedillo Twitter: @guiadelbien

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