Desde 1931, al considerar el Dr. José Castro Villagrana a las enfermeras como “un regalo de Reyes para los pacientes”, instituyó en México el 6 de enero como el Día de la Enfermera. La coincidencia de los dos días acrecienta los significados y emociones relacionadas a los valores de: ternura, gratitud, cuidado y servicio.
Con respeto a todas las creencias religiosas y espirituales, expreso mi admiración de como para el cristianismo, Dios no elige nacer como un hombre adulto, todo poderoso, acaudalado, sobredotado, guerrero, voluntarioso y autosuficiente que no necesita nada de nadie, sino como un ser tan dulce, vulnerable y frágil como lo es un bebé, que depende enteramente de su madre para cubrir sus necesidades básicas y de su padre, para poder sobrevivir en la sociedad hostil que nació.
Así al tomar Dios, la condición vulnerable de humano recién nacido, nos genera sentimientos y motivaciones espontáneas, que no son las de pedirle nos resuelva nuestros problemas y nos dé lo que necesitamos y deseamos; sino que nos provoca el apremio por ofrecerle abrigo, calor, cuidado, protección, no por interés o miedo, sino por una emoción profunda de felicidad causada por su llegada y por la luz que con sus necesidades de vida nueva, enciende en nuestros corazones, disponiéndonos a hacerlo centro de nuestra preocupación, atención y dedicación.
Parece que con esta personificación de niño, Dios quiso que los humanos desarrolláramos y ejerciéramos plenamente, el don de ser cuidadores de otros humanos en estado de necesidad y vulnerabilidad cotidiana o/y extrema. Tal vez por eso se afirma que “cuidar nos hace humanos”.
Ya hace más de 2 mil años Aristóteles, nos definió como seres sociales por naturaleza, porque necesitamos de los demás para sobrevivir. Dijo que un hombre para llegar a ser lo que en potencia “es”, requiere de coexistir y colaborar en ayuda mutua con otros hombres. Por lo tanto no solo “es” sino sobre todo “co-es”.
Pero también desde la biología podemos entender porque el cuidado está en la esencia del ser humano. Linneo en 1775, nos ubicó en el género homo de la orden de los primates, denominándonos “homo sapiens”, es decir “sabio”, racional, inteligente y que habla. Destacó la característica de un gran cerebro, la habilidad de crear herramientas materiales, pero también lenguaje, comunidad y cultura.
Los humanos somos los mamíferos que más tardamos en alcanzar nuestro desarrollo corporal y madurativo. A diferencia de otras especies como la del caracol marino, que de una sola vez ponen cientos de huevos, de los que nacen individuos inmediatamente autosuficientes, el camino evolutivo “exitoso” para la sobrevivencia que como especie tomaron los mamíferos y de manera extrema, los primates del género homo, consistió en privilegiar el crecimiento y desarrollo del cerebro sobre el del cuerpo. Para proteger ese tiempo de desarrollo de este órgano que nos da ventaja evolutiva, se requiere el cuidado parental.
Esto implicó reducir el número de gestaciones, alargar la etapa de infancia, aumentar en gran medida el gasto energético de padres, para alimentar (dar de mamar), criar, cuidar y proteger (aún acosta de sus desgaste, salud y vida) a sus hijos, hasta que alcancen la capacidad de ser autosuficientes e independientes.
Otras especies para salvaguardar la sobrevivencia del grupo, eliminan, abandonan o apartan a los individuos pequeños, débiles, no funcionales, enfermos, viejos o ajenos a la progenie. Pero los humanos desde hace 70 mil años según evidencia de la paleontología, ya cuidaban a los niños, embarazadas, lesionados y viejo
La revolución neolítica (hace 12 mil años) en que surge la agricultura, la ganadería y la vida sedentaria; y más recientemente (siglo XVIII) la revolución industrial en que se crea la producción y consumo en masa de bienes y servicios, han resultado en complejas y superpobladas sociedades, en que la responsabilidad del cuidado parental se ha extendido a todos los periodos del ciclo de vida. Es decir la necesidad el cuidado se hizo continuo, integral y social.
Por lo tanto ninguno de los pertenecientes a los grupos vulnerables arriba mencionados, queda de principio excluido del cuidado. Así hoy, la población de 8 mil millones de humanos que producen, consumen y cuidan en este planeta, no podría sostenerse sin una planeación y gestión eficiente e integral del cuidado.
Con esto se puede comprender porque ha causado tanto daño el individualismo, la competencia sin piedad, la desacreditación de la solidaridad y del servicio a los demás sin interés en el beneficio propio, que el neoliberalismo en los últimos 70 años ha querido imponer como naturaleza del hombre. El catastrófico impacto social, humano y económico, de la pandemia de COVID-19 en sociedades y Estados debilitados por políticas de cambios estructurados impuestos por la actual economía global, demuestran el alto costo de abandonar el camino del cuidado.
Las afirmaciones neoliberales son ideológicas, sin base en la teología, filosofía y práctica humanista clásicas, más bien, la abrumadora evidencia biológica antropológica y económica de nuestra historia como especie, prueba lo contrario. No somos solo un animal racional, y “economicus”, surgido para dominar, someter y “derrotar” a la naturaleza y a otros hombres, sino “seres que se cuidan y protegen” creándose a sí mismos y a su entorno. No reconocer la centralidad del cuidado, dará fin al “éxito evolutivo” de 70 mil años en medio de las demás especies que se han o las hemos extinguido. Una sociedad que abandona o deja en últimos lugares de prioridad a sus niños, mujeres, personas enfermas, ancianas, discapacitadas, moribundas y marginadas, deja de ser humana y viable.
La sociedad sustentable que hoy se requiere para poder sobrevivir como especie, no solo descansa en la adopción de energías limpias, autos eléctricos y aerogeneradores, sino fundamentalmente de que recuperar el paradigma del cuidado, creando el sistema, la infraestructura física, material y de recursos humanos que pongan por encima del lucro y la ganancia económica o política, el cuidado humano personal, familiar y comunitario. Las mujeres y las enfermeras son pieza básica de esta estrategia de sobrevivencia. Por esta razón no pueden seguir dejándose solas o con la mayor parte del trabajo de cuidar.
Los que vieron morir a sus seres queridos en la pandemia de COVID-19 o estuvieron gravemente enfermos y sobrevivieron, saben que la vida es lo único que vale la pena, lo que nos da sentido y que el cuidado es su base.
Los que recibieron la atención, la compañía y el consuelo de las enfermeras, en esos momentos críticos o trágicos, no tienen ninguna duda de que son seres de una naturaleza genuinamente humana, que el pago que puedan recibir nunca alcanzará a compensar el valor integral de sus servicios y que son imprescindibles para nuestra vida, familia, instituciones de salud y nuestra sociedad.
A estos seres angelicales es que están dedicados los merecidos homenajes y reconocimiento que cada 6 de enero les rinden diversos sectores de la sociedad.
Felicitaciones a todas y cada una de las enfermeras (y enfermeros) por su día.
Gracia por ser la personificación misma del cuidado, don con que Dios nos creó.
Finalmente, con el permiso del amable lector, me permito enviar una felicitación personal a mi esposa Susana Mendiola, Doctora en enfermería, que en cada día de 45 años de convivencia, me ha dado abundantes razones para constatar, que ser enfermera no solo es una profesión más, limitada al ámbito de las instituciones de la salud, sino una forma avanzada de ser persona, que trasmite emociones de confianza, seguridad y amor, derramando su luz y acción bienhechoras en todos los que tienen la fortuna de tratar y convivir con ellas..

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