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La verdadera alegría está en servir siempre al Señor

Por: Obispo Oscar Efraín Tamez Villarreal
noviembre 13, 2022
in Opinion
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Muy apreciado lector, en este domingo XXXIII del Tiempo ordinario (Ciclo C), la
Palabra de Dios nos enriquece con el Libro del profeta Malaquías (Mal 3,19-20), el Salmo
97 (Toda la tierra ha visto al Salvador), la segunda carta de san Pablo a los Tesalonicenses
(2Tes 3,7-12), y el Evangelio de Lucas (Lc 21,5-19). El tema central: la alegría que provoca
el saber leer y entender los signos de los tiempos.

Deseo compartir esta reflexión en cuatro momentos: el contexto; y la enseñanza que
nos ofrecen cada una de las tres lecturas.

El contexto de este domingo. Al llegar al penúltimo domingo del año litúrgico, toda
la liturgia nos invita a reflexionar en el final de la vida. Hoy tenemos la oportunidad de hacerlo
de manera personal y comunitaria, sin tener el corazón afligido o entristecido por estar
viviendo la muerte (velación-sepultura-cremación) de un ser querido. La liturgia nos invita a
reflexionar en el momento inevitable en el que cada uno de nosotros estaremos de frente a
Dios y tendremos que darle razón de nuestra vida.

Para lograrlo, la Palabra de Dios, nos ofrece la categoría teológica “signos de los
tiempos, o la apocalíptica” (es decir, el hoy nuestro) como una oportunidad para hacer
esta reflexión que nos permita encontrarnos con nosotros mismos, con la misericordia de
Dios, y posteriormente iniciar entonces el camino de conversión y experimentar la alegría
que genera una vida de servicio en Cristo. (Que es lo que le pedimos a Dios en la oración
colecta).

Es importante recordar que la categoría teológica “signos de los tiempos, o la
apocalíptica” tuvieron mucho auge desde el final del Antiguo Testamento, especialmente
con los Macabeos, y algunos profetas; y se extendió en el Nuevo Testamento. Contrario a
lo que se piensa, la apocalíptica no es una presentación catastrófica de los acontecimientos.
Es más bien un movimiento amplio y vigoroso, que busca leer la historia en clave de
esperanza.

El profeta Malaquías. El signo de los tiempos presente en su momento era la
reconstrucción del judaísmo, el profeta no se calla ante las injusticias y hace una distinción:
la vida del israelita, debe ser una vida de justicia (que en términos bíblicos significa camino
de santidad y no solo la virtud griega de darle a cada quien lo que corresponde) que luego
lleva a la salvación; en cambio una vida de injusticia, de falta hacia Dios que se manifiesta
en el daño al prójimo, es una oportunidad para empezar un camino de conversión; pues no
hacerlo, llevará a la tristeza, y obviamente, a la condenación eterna.

El Apóstol Pablo. El Apóstol convierte su experiencia laboral y de apostolado en
una categoría teológica para que los Tesalonicenses puedan reflexionar sobre el quehacer
de su vida y su respuesta de fe.

Pablo trabajó con sus propias manos en la construcción de tiendas, además de
dedicarse al apostolado y a la predicación. Pero los Tesalonicenses haciendo una incorrecta
interpretación de la segunda venida de Cristo, abandonaron sus ocupaciones diarias y están
en la holgazanería, además de meterse en la vida de todos. Bien decían los padres antiguos:
“la pereza es la madre de todos los vicios.”

Así el apóstol, nos recuerda que el trabajo no solo nos da el sustento diario, también
nos dignifica y nos permite practicar la caridad y hacernos prójimos.

Jesús en el Evangelio de hoy. Jesús, ha llegado a Jerusalén, contempla la
grandeza y belleza del Templo, y lo convierte en un signo de los tiempos con un discurso
apocalíptico, que es el evangelio que hemos escuchado este domingo. ¿Qué nos enseña
Jesús con este discurso?

Primero, la oportunidad de hacer un alto, y hacer de nuestra vida diaria un signo
teológico, es decir, saber leer todo lo que nos acontece hoy de manera personal y
comunitaria: si hoy me tuviera que presentar ante Dios, ¿cómo me iría? Bendito Dios, que
siempre nos ofrece su misericordia y que mientras estemos vivos tenemos esperanza, es
decir, la oportunidad de empezar o reiniciar nuestro proceso de conversión.

Segundo: recordar las implicaciones de la vida apostólica, el discípulo debe ser
testigo, en todo lugar y en toda circunstancia un referente por hacer viva la experiencia de
la fe. Solamente quien se descubre en su día a día testigo de fe puede experimentar la
alegría que no es un sentimiento, tampoco algo pasajero fruto del instante, sino una manera
de vivir, pues, el discípulo, sabe que todo está en manos de Dios.

Estimado lector, pido a Dios te bendiga y te conceda todos los deseos y anhelos de
tu corazón, además de que nos conceda la alegría que es fruto de trabajar por su Reino.

Bendecido domingo, por favor, no te olvides de rezar por un servidor y por todos los
sacerdotes de nuestra iglesia diocesana.

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