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La Resurrección y la Vida Eterna

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario Ciclo C

Por: Sacerdote José David Huerta Zuvieta
noviembre 6, 2022
in Opinion
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“Nuestro tiempo es tan rico en conocimientos sobre el universo pero tan
pobre en sabiduría sobre la vida eterna”. Papa Francisco, Ángelus 10 de noviembre
de 2019.

En este domingo la Iglesia nos presenta las lecturas del segundo libro de los
Macabeos 7,1-2.9-14, el salmo 16, la segunda carta de San Pablo a los
Tesalonicenses 2,16.3,5 y el Evangelio de Lucas 20,27-38 para nuestra reflexión y
para sacar lineas de acción para la vivencia de nuestra fe en la vida diaria.

Nuestro Señor ha llegado ya a Jerusalén, la ciudad hacia la cual se dirigía
con tanta determinación (Lc 9,51). En el camino se ha encontrado con dificultades
así como con oportunidades para enseñar su doctrina. Una vez en el Templo
diversos grupos se le van acercando para hacerle preguntas y uno de éstos son los
saduceos.

Ellos se acercan y le hacen una pregunta sobre la resurrección. Conviene
recordar que no creían en la vida después de la muerte, y solo se centraban en la
Torá, es decir, los 5 primeros libros de la Biblia, llamados también el Pentateuco.

Estaban seguros que alli no decía nada sobre el tema, por lo que rechazaban
tajantemente la resurrección de los muertos y la doctrina sobre los ángeles.

Le presentan un caso: una mujer casada con 7 esposos, hermanos entre sí,
los cuales todos murieron. Es necesario recordar la Ley del Levirato descrita en
Deuteronomio 25,5-10 que dice lo siguiente: “Si dos hermanos viven juntos y uno
de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difundo no irá a casa de un extraño, sino
que la tomará su cuñado para cumplir el deber del cuñado. El primer hijo que tenga
retomará el lugar y el nombre del muerto, y así su nombre no se borrará de Israel”.

Luego viene la pregunta…”entonces, en la resurrección, ¿de cuál de ellos será
esposa?”
La aparente oposición que los saduceos veían entre la resurrección y la Torá
está implicita en la pregunta que hacen a Jesús. Sin embargo, en la respuesta el
Maestro señala que a Moisés en el episodio de la zarza Dios se le reveló como el
Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob (Éxodo 3,6), y ellos ya estaban muertos.
Entonces es un Dios de vivos, pues para él todos viven.

Los saduceos querían mostrar que la resurrección era ridícula, pues ni
siquiera se sabía de quién era esposa la mujer. Era una prueba a su favor de lo
absurdo que era el tema. Pero esto plantea una segunda cuestión: ¿qué se entiende
por resurrección? Quizá la prolongación de nuestra vida en la tierra, semejante a
ésta o una vida distinta. Jesús en su respuesta da a entender que será diferente a
la vida actual, será una vida nueva.

“Los que sean juzgados dignos de ella (de la vida eterna) y de la resurrección
de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir” dice el Maestro. Entonces para
participar de la vida futura debemos ser considerados dignos por el Señor. Y en este
sentido la primera lectura nos recuerda el valor a vivir: la fidelidad.

Tenemos que llevar una vida digna, una vida de hijos de Dios, y como nos
recuerda el Papa “la vida subsiste donde hay vínculo, comunión,
fraternidad…relaciones verdaderas”, es decir, cuando no vivimos solo para nosotros
sino para amar y servir a Dios en los demás.

La fe y la esperanza en la resurrección y en la vida eterna no son ingenuas,
sino que Dios nos lo ha revelado en su Palabra y en el testimonio de su Hijo
Jesucristo. Existen muchos pasajes donde se habla del tema. Pero para alcanzarlas
nos toca vivir en fidelidad a los mandamientos, al amor de Dios presente en nosotros
y en el prójimo y dedicando nuestra vida a ayudar a los demás.

La resurrección y la vida eterna comienzan ya desde ahora. Lo viven quienes
se dejan amar por el Padre y se transforman en imitadores suyos, en apóstoles de
las maravillas que Dios ha hecho en sus vidas y quieren contagiar, encender la
chispa de la eternidad en el interior del hombre. Solo Dios basta y “nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en Ti” (San Agustín).

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